Opinión

Magnífica celebración de la pluralidad en Rusia

Esta Copa se distinguió por la diversidad étnica y racial de los jugadores de los equipos europeos.

17 de julio 2018 , 12:00 a.m.

Al ver el eufórico despliegue de nacionalismo en la Copa del Mundo en Rusia, mi usual reticencia al patriotismo excesivo se debilitó. Me repugna el populismo nacionalista de Donald Trump o Marine Le Pen, pero la Copa me ha hecho pensar que el nacionalismo, al igual que el colesterol, puede ser bueno o malo.

El nacionalismo de Trump, que añora la uniformidad cultural en términos de lengua, historia, cultura o religión, excluye, por definición, a los inmigrantes que arriban al país con la ilusión de ensanchar el bagaje cultural de la tierra de adopción.

Pero hay otro nacionalismo que, como atinadamente describió el historiador Benedict Anderson, celebra las “comunidades imaginadas”. Comunidades de ciudadanos sienten la necesidad de establecer conexiones humanas con todos sus compatriotas, incluso con aquellos a quienes no conocen. Un nacionalismo inclusivo que defiende los derechos cívicos y políticos de las minorías y fortalece la democracia.

Lo que vi en esta Copa del Mundo fue una convivencia humana a lo largo y ancho de la vasta geografía rusa, en la que neovikingos islandeses coronados con cascos de cuernos alternaban con tunecinos enfundados en impecables jebbas blancos. También oí a improvisados charros mexicanos con sombrero y sarape cantando el Cielito lindo a grupos de bávaras en Lederhosen que parecían recién escapadas de una ópera de Wagner.

Quienes tuvimos la suerte de ver esta Copa Mundial pudimos reafirmar la buena voluntad de los participantes, sin distingos de clase social, raza, ideología o diferencias religiosas.

Quienes tuvimos la suerte de ver esta Copa Mundial pudimos reafirmar la buena voluntad de los participantes, sin distingos de clase social, raza, ideología o diferencias religiosas. Una reconfortante realidad que en los hechos contradecía la perspectiva del gran ensayista inglés George Orwell, quien, reaccionando desproporcionadamente a la propaganda nazi, en 1941 escribió que las competencias deportivas internacionales eran “una causa infalible de mala voluntad”.

En Rusia, en esta ocasión, los enfrentamientos entre aficionados ingleses y rusos que muchos pronosticaban por los recientes roces políticos entre ambos países afortunadamente resultaron infundados. Pero lo más importante es que, más que en ningún torneo anterior, esta Copa se distinguió por la diversidad étnica y racial de los jugadores de los equipos europeos. Diecisiete de los 23 jugadores del equipo de Francia que ganaron la Copa son hijos de inmigrantes, y la mitad de ellos, y de los jugadores belgas, son de ascendencia africana. Si al equipo titular inglés le restáramos los jugadores que son inmigrantes de primera y segunda generación, tendría que jugar con cinco en vez de once jugadores. Casi el 50 por ciento son hijos de inmigrantes.

Dados el sorpresivo e inesperado desempeño de la selección de fútbol rusa y la tentación de los políticos para utilizar cualquier evento a su favor, muchos se preguntan si el éxito de la Copa beneficiará a Vladimir Putin. Yo no lo creo. Pienso que la experiencia total tendrá un efecto benéfico en la psique del país, pero también que la apertura al mundo que significó la Copa hará que los jóvenes rusos exijan mayor libertad política y mejores expectativas económicas.

Por otro lado, sería ingenuo suponer que la diversidad evidenciada en esta Copa Mundo es reflejo fiel de la armonía y tolerancia a la diversidad en sus respectivos países. Viendo una fotografía del actual equipo francés, Marine Le Pen, al igual que su padre, Jean-Marie Le Pen en 1998, dijo que no reconocía a Francia ni a sí misma. Y no olvidemos que en la pasada elección presidencial, la derecha antiinmigrante francesa de Le Pen ganó el 17 por ciento del voto.

Y si bien es evidente que las hazañas de Mbappé, Lukaku, Walker o Rakitic no van a resolver las discrepancias sociales que hoy afectan a Europa, no tengo duda alguna de que van a tener una influencia positiva en el debate migratorio actual.

SERGIO MUÑOZ BATA

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