Opinión

El sueño colombiano

Colombia está podrida. Y la culpa es de las familias. De los maestros. Del Estado. 

13 de marzo 2017 , 12:07 a.m.

Si la justicia norteamericana no hubiera ventilado los sobornos de Odebrecht, no habríamos descubierto que la corrupción nos devora hace décadas. Aunque temo que la indignación general sea más por la envidia individual de saber cómo varios se enriquecieron que porque exista en Colombia un patrón moral colectivo de admirable nivel.

De aquella comunidad religiosa de ética robusta que fuimos hasta los 70 del siglo XX queda nada. Colombia es un país de avivatos; la corrupción y el saqueo de lo público son asunto grave si lo comete otro, pero cuando uno de esos que se rasgan las vestiduras tiene la menor oportunidad, se tapa de plata sin rubores y sigue hablando olímpicamente de “los corruptos”.

Esta sociedad materialista, aparentadora y banal, enfocada en enriquecerse como sea, surgió con el narcotráfico: ese ‘fast track’ que facilitó una vía rápida para transportar a cualquiera de la pobreza a la opulencia material.

Basta ser osado, inescrupuloso y sin agüeros para “hacer plata”, un objetivo que se convirtió en el sueño colombiano; no solo para mantener la familia, sino para ponerle el pie en el cuello al resto, porque nos fuimos volviendo una antisociedad, una masa interdestructiva en la cual el interés individual es prevalente.

Quienes logran hacer dinero coronan, son el ejemplo, se vuelven modelo que se debe seguir. Después viene la metamorfosis fácil de traquetear a secuestrar, transar, robar o serruchar. Tener plata, como sea, es tener éxito. Por eso estamos así.

Mientras las encuestas muestran altos índices de desaprobación sobre políticos asociados a corrupción pública, en la mayoría de los despachos oficiales, ordenadores de gasto, mandos medios, contratistas y calanchines siguen transando al 20 % de lo lindo. Porque nos aterra el caso Odebrecht, pero los brasileños no inventaron el CVY, ni la Ruta del Sol es la única obra cuyo contrato fue comprado. Sinceramente, el país es una inmensa compraventa, ¡todo es transable! Desde la policía hasta los fallos judiciales, y el nivel de jerarquía solo determina la cuantía de las coimas.

Colombia está podrida. Y la culpa es de las familias que se disolvieron y dejaron los hijos sin guía. De los maestros que dejaron de formar. Del Estado, que no inculca el enaltecimiento de lo admirable. De la prensa, que participa en el escarnio, pero no es rigurosa al investigar. Y, sin duda, de la explosión demográfica, que nos volvió un tumulto que no cabe en las intenciones planificadoras de nadie. Colombia necesita concentrarse en educar y formar, que debe ser la obsesión del Estado por los próximos 30 años. La ética pública debe reivindicarse para salvar esta sociedad, que tambalea al filo del colapso.

El asistencialismo, las casas gratis, las costosas facilidades para los violentos, y cuanto no sea formar y educar, se traduce todo en un gran desperdicio. Tampoco podemos seguir incrementando la población como conejos; se debe guiar a los jóvenes y fijar estímulos para detener las desmedidas tasas de natalidad, que impiden al Estado dar abasto en la misión de tener una sociedad adecuadamente protegida.

Necesitamos concentrarnos en corregir el paradigma: en vez de abundancia material como propósito, es vital enfatizar en valores y conocimiento para lograr una vida en la que ser austero sea un mérito; tener conocimiento, razón de orgullo, y cada día todos nos parezcamos más entre unos y otros.

Más valores y conocimiento nos harán más homogéneos y desterrarán la obsesión por enriquecer a cualquier costo, para inculcar un patrón superior: formar, educar e ilustrar personas que integren una sociedad que necesariamente será cada vez mejor.

No es tan difícil proyectar el nuevo sueño colombiano.

SERGIO ARAÚJO CASTRO@sergioaraujoc

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