Opinión

El Papa, Uribe y la cizaña

Francisco puso en evidencia lo obsoleto que es el discurso uribista para la tarea que nos espera.

16 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

Haruki Marukami, en su libro ‘De qué hablo cuando hablo de escribir’, se muestra sorprendido al reconocer que, después del Japón, sus obras se hubieran leído primero en Europa Oriental antes de desplazarse, poco a poco, hacia Europa occidental y Estados Unidos, a mitad de los años 90.

Y lanza una hipótesis. Cree que sus libros empezaron a leerse tras el desplome del comunismo. Momentos así, de caos, afectan la vida cotidiana de las personas: “No importa la época, pero cuando la realidad social cambia dramáticamente, el cambio en la narrativa es inevitable”. La gente reclama textos en consonancia con lo que sucede a su alrededor para comprender y orientarse en esa situación incierta.

Es claro que en Colombia el cambio ha sido radical. Desde la firma del Acuerdo de Paz con las Farc, los hechos se han precipitado uno tras otro, el fin de la guerra ha traído consigo un nuevo sistema de valores. La oposición lo sabe, por eso sigue aferrada a una narrativa ya caduca. La reciente carta del senador Álvaro Uribe al Papa es una clara demostración de ello. En esta, Uribe, con su ya familiar tono quejambroso, vuelve y repite los lugares comunes que ha venido difundiendo como mantras desde su gobierno y más recientemente en sus giras internacionales. Empieza por el crecimiento del narcotráfico, pasa por el discurso de la impunidad total concedida a los “cabecillas” de las Farc, continúa con el mal trato que han recibido las Fuerzas Armadas por haber sido igualadas con las Farc, y termina con la recaída de la confianza inversionista por culpa del Acuerdo de Paz.

¿Quién va a creer que la solución de un conflicto armado que hasta hace unos meses dejaba muchos muertos pueda deteriorar la inversión extranjera?

Todas esas quejas no tienen fundamento. En una anterior columna expliqué cómo el narcotráfico es un fenómeno complejo y, por lo mismo, debe ser analizado tomando en consideración múltiples variables si no se quiere correr el riesgo de ser simplista, como lo ha venido siendo la oposición. Sin duda, el Acuerdo de Paz no es el origen del crecimiento de los cultivos de coca en los últimos años.

El discurso sobre la impunidad total concedida a los “cabecillas” de las Farc contribuye a privilegiar un modelo de justicia retributiva y punitiva; mejor manera de perpetuar un sentimiento de odio y de venganza entre una buena parte de colombianos. Sin embargo, Uribe es quien menos debería hablar de impunidad. Su Ley de Justicia y Paz, marco jurídico para la negociación con los paramilitares durante su gobierno, se convirtió en el modelo de impunidad por antonomasia. Los tres supuestos de esta ley: verdad, justicia y reparación nunca se alcanzaron.

Ahora, el afirmar que Colombia ha sido una sólida democracia afectada por el narcoterrorismo es quizás el recurso narrativo más poderoso del uribismo. Recuérdese que la política de seguridad democrática se diseñó bajo el supuesto de que el país estaba luchando contra una amenaza terrorista.

Por último: que la economía ha empeorado por causa del acuerdo. ¿Quién va a creer que la solución de un conflicto armado que hasta hace unos meses dejaba muchos muertos pueda deteriorar la inversión extranjera?

En fin, además de ser falsos, los argumentos del uribismo hacen ya parte de otra época. Qué mejor ejemplo que los discursos del Papa para poner en entredicho los recursos narrativos del uribismo. La de Francisco es una de las voces que han sabido interpretar este momento de cambio. Las homilías del Papa durante la visita a nuestro país son el ejemplo de un discurso mucho más sintonizado con los tiempos que estamos viviendo y con las tareas que nos esperan como nación. Con la contundencia que caracteriza a quienes saben guiar multitudes, Francisco convirtió la narrativa de la oposición en una reliquia del pasado.

Durante su visita, el Papa reconoció la importancia del momento por el que estamos atravesando y los esfuerzos que se han hecho para poner fin a la violencia armada. Pidió favorecer la cultura del encuentro, “que exige colocar en el centro de toda acción política, social y económica, a la persona humana, su altísima dignidad, y el respeto por el bien común”. Sanar heridas, construir puentes, estrechar lazos y ayudarnos mutuamente fueron algunas de las consignas lanzadas al ruedo en las diferentes ciudades que visitó.

Y menciona algo muy importante: la necesidad de elaborar leyes justas que nacen del “deseo de resolver las causas estructurales de la pobreza que generan exclusión y violencia”. Las mismas causas estructurales que Uribe eliminó de tajo durante su mandato. Y así, de un solo tajo, el Papa restableció un hilo histórico que por muchos años académicos y políticos se han empecinado en ocultar o retorcer: que la violencia armada tiene un origen político. Resolver esas causas estructurales fue lo que en los años 80 llevó al presidente Betancur a adelantar varias reformas sociales y políticas y a iniciar negociaciones con las guerrillas.

Francisco pudo no haber enterrado para siempre el discurso cizañero de la oposición, pero sí puso en evidencia lo obsoleto e inútil que es para la tarea que nos espera: “construir un país que sea patria y casa para todos”.

SARA TUFANO

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