Opinión

Una Nena de 97 años

Lo primero que se me vino a la mente fue el bautismo de mi hijo mayor, en 1971.

14 de julio 2017 , 12:00 a.m.

Cuando me invitaron al cumpleaños número 97 de Carmencita Lemaitre de Cesareo, lo primero que se me vino a la mente fue el bautismo de mi hijo mayor, Alessandro; era el año 1971, y Cartagena en ese entonces era una ciudad a la medida del hombre, con pocos edificios modernos y el centro histórico conservado en su esencia tropical, misterioso y deteriorado, no como ahora, cuando parece una Disneylandia de reconstrucciones acachacadas y con unas edificaciones que son un ofensa a su arquitectura original.

Habíamos terminado la filmación de 'Quemada' con Marlon Brando, película que, entre muchas cosas, me había regalado una amistad entrañable con Alejandro Obregón, con quien habíamos viajado a Marruecos a terminar la peli. Le pedí al maestro que me bautizara el pelado, y Alejo aceptó; del lado de la familia, decidimos pedirle a la hermana del ‘Conejo’ Lemaitre –mi suegro–, Carmencita, llamada la Nena; ella también aceptó. La Nena estaba casada con un joyero italiano, originario de la ciudad medieval de Padula, que había emigrado y en Cartagena había abierto la joyería más importante de la ciudad, Joyería Cesareo.

Entonces la cita era en la iglesia de Boca Grande. La familia llegó a tiempo y esperamos al maestro, quien llegó de Barranquilla en su Jeep Willis, que andaba con piloto automático, y con su hijo Diego de acompañante. Ya desde la iglesia los dos padrinos se entendieron, y cuando, después de la ceremonia, la fiesta se trasladó a una casa de la avenida Piñango, los dos se sentaron a conversar animadamente. Ella era una bella señora de esta grande familia, y él, con su cara de celta, bello como el sol, y sus ojos azul marino. Solo después supe que el argumento de la conversación, que parecía animada, eran los zapatos elegantísimos de la Nena, que el maestro estaba admirando, y todos saben cómo les encanta a las mujeres que hablen bellezas de sus zapatos.

Pero un gesto de Alejo, quien quiso tocar con la mano los tacones plateados, desató la ira de don José, que se fue manoteando y maldiciendo en italiano, dirigiéndose hacia la puerta. Pero Alejandro, que era maestro del anticlímax, salió a la puerta antes que José y comenzó a comerse un platado de flan de caramelo con los puros dedos, naturalmente, ensuciando su guayabera blanquísima, cosa que puso al tío José a reír; y, claro, nada pasó.

SALVO BASILE

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