Opinión

El juego más bello del mundo

Soy hincha de 10 equipos: como ciudadano de doble nacionalidad, me tocan 4.

06 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

Cuando me preguntan de cuál equipo de fútbol soy hincha, necesariamente me toca dar una respuesta hiperbólica, porque soy hincha de 10 equipos: como ciudadano de doble nacionalidad, me tocan 4, es decir, la Selección Colombia y los azzurri, el grande Nápoles de Maradona y el Real Cartagena, tratando de subir. Como colombiano, el Junior, porque es “tu papá”, y el Santa Fe, porque me tocó hace mil años, con Yamid Amat, Daniel Samper Pizano, Julito Sánchez Cristo, participar en un comité creativo con otros publicistas para el lanzamiento del nuevo Santa Fe. Fue allí donde nacieron el león y todas las parafernalias.

El calcio, con su Serie A, es la liga que más colombianos acoge, y por Iván Ramiro Córdoba, uno de los grandes defensas del mundo, me hice hincha del Inter; por Carlos Bacca y Cristian Zapata, del Milán; fui seguidor de Zúñiga; por Falcao, soy asiduo del Mónaco, pero mi preferido es James Rodríguez, quien tuvo la mala suerte de caerle mal al francés que dirige exitosamente el Real Madrid, Zinedine ‘Cabezón’ Zidane. Pero, James es un guerrero y ya está descollando en la Bundesliga, y en la Selección Colombia es un director de orquesta que no puede faltar, es el benjamín del profesor José Néstor Pékerman. Pero la piedra en el zapato de mi papel de hincha multinacional se llama Juan Guillermo Cuadrado, de Juventus: en el ámbito de la tifoseria napolitana, la squadra más odiada es la Vieja Señora, y para mí decir que por Cuadrado no me pierdo un partido de la Juve puede significar el destierro y hasta amenazas físicas y la pérdida de amigos y familiares. Sin ningún respeto, los ultras napolitanos cantan “juve merda”.

De esos 10 equipos, solo 2 me quitan el sueño, los azzurri y la Selección Colombia. Recuerdo a mi amigo del alma Fernando Umaña Pavolini, quien, cuando la Selección jugaba unos partidos sin alma y sin cojones, gritando como un obseso, me arrastraba al garaje, me montaba casi a la fuerza en un espléndido Crown Victoria de los años 50 y, manejando como un Fittipaldi, borracho, por la Circunvalar hasta más allá del barrio Egipto, casi en Los Laches, me obligaba a entrar en una desvencijada cancha de tejo, me entregaba un tejo y cuatro mechas y decía con aire de loco: “Este será nuestro deporte de ahora en adelante... ¡el turmequé!”.

SALVO BASILE

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