Opinión

A ver si somos tan machos

Después de casi 50 años de lucha, todavía tratamos a las mujeres como iguales, pero no tanto.

15 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

Cuando fundamos el Movimiento de Liberación Masculina, Fernando Umaña Pavolini era decano de Derecho de la Universidad de los Andes y este servidor, director de grupo creativo en Leo Burnett. Umaña asumió motu proprio la presidencia y fue tan exigente en los requerimiento de admisión que por más de veinte años, el movimiento se compuso de dos miembros y solo in articulo mortis aceptó la afiliación de nuestro mejor amigo, que, por cierto, no pudo oficializarse por la muerte en tierras lejanas de su fundador (q. e. p. d.).

Como pueden imaginar, se trataba de un movimiento machista que hasta tuvo brazo armado, el temible Macho a la Clandestinidad (MAC), un movimiento que reaccionaba al avanzar de las huestes feministas, a la sorpresa de escuchar a las amigas del grupo hablarnos de política frente a frente, al peligro de una cacareada libertad sexual y al colmo de llegar a ganarnos al ajedrez.

Eran los años 70, los fabulosos herederos de los motines del Mayo en París, cuando era ‘prohibido prohibir’ y cuando millares de mujeres hacían el gesto casi obsceno de ‘esta vagina es mía’, y parecía que ganarían la batalla de la égalité, la igualdad tan necesaria.

No busquemos las causas del maltrato de la violencia intrafamiliar del feminicidio tan lejos, el problema está en nosotros mismos.

Pero esto no ha pasado. Después de casi 50 años de lucha, todavía tratamos a las mujeres como iguales, pero no tanto. Aún las ‘usamos’, y perdón por el término, en la casa, en la oficina, en la cama. Todavía los hombres no han podido superar el hecho de que nuestras madres, nuestras novias, nuestras esposas, nuestras hermanas realizan unas tareas importantísimas y tienen todos los derechos y las capacidades para trabajar a la par o mejor que nosotros.

Ayer estuve en un gran almacén de cadena buscando un regalo para mis nietos, Miranda y Lorenzo; para el machito no hubo problema, pero para la nena la selección hubiese sido fácil para un miembro del MLM; mejor dicho, el surtido parecía armado por el más machista de los gerentes: había góndolas repletas de juguetes que representaban la condición de la mujer como ama de casa, La cocina de Barbie, el servicio de té de Katty, la máquina de coser, como cuidar al bebé que llora, que come, hasta que hace popó. Así que no busquemos las causas del maltrato de la violencia intrafamiliar del feminicidio tan lejos, el problema está en nosotros mismos y en este sistema, al que le conviene relegar a las mujeres en sus roles de madres santas, putas y cocineras. Por ahí hay que comenzar a cambiar, si somos tan machos.

SALVO BASILE

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