Opinión

¿Mejor guerra que paz?

Si se sucumbe a estas voces, se corre el riesgo de no tener opción distinta a la guerra.

28 de mayo 2017 , 02:46 a.m.

A los analistas políticos les llama mucho la atención que se estén empleando métodos de comunicación que inducen a la gente a votar en contra de sus intereses; por ejemplo, que los pobres en Estados Unidos favorezcan a políticos que van a suprimir programas sociales para rebajarles impuestos a los ricos, o lo que sucedió en el caso del plebiscito en Colombia. Tuvieron éxito prácticas de comunicación engañosas y las que despertaron emociones y temores fuertes en pro del No.

Es muy interesante que en el sur de los Estados Unidos esos métodos de persuasión han conducido a votaciones locales a favor de los políticos que se oponían al control de empresas contaminantes que estaban envenenando a la población o perjudicando su salud (Rudolf Hommes, ‘Votar en contra de uno mismo’, EL TIEMPO, 6 de noviembre de 2016).

La manipulación exitosa de la información ha continuado, y se han aumentado la frecuencia y la intensidad de los comentarios que anuncian que Colombia está al borde de convertirse en otra Venezuela o equiparan al gobierno de Santos con el de Maduro. Las encuestas ya muestran una tendencia que podría terminar en que se vote a favor de la guerra y no de la paz, inducidos por la propaganda, muy exitosa, que ha provocado envidia por las ventajas que se les han ofrecido a los guerrilleros reinsertados mientras se incorporan a la sociedad y por temores inducidos por comentarios infundados sobre el avance del castrochavismo.

Es asombroso que la propaganda sea tan efectiva que permita que se alteren las jerarquías de la gente de tal manera que termine prefiriendo la guerra a la paz. Es como si prefirieran morir a vivir, como les sucede a los miembros de las sectas de fanáticos cuando sus líderes carismáticos pierden la razón o hacen primar sus intereses personales, sacrificando a sus seguidores.

Es particularmente sorprendente que haya mujeres dispuestas a trastocar su orden de preferencias de esa manera cuando son ellas y los niños las víctimas más afectadas por la guerra. Guerra es sinónimo de muerte, de violencia, de pérdida, y ellas han sido humilladas, violadas, mutiladas y masacradas por machos psicópatas, sedientos de poder o de sangre. Consolidar la paz haría posible pasar esa página de barbarie y extremismo y darle una oportunidad a otra manera de vivir sin temor de que aparezca un jefe paramilitar o guerrillero para matar, mancillar o robar en medio de la noche. Es la oportunidad de aspirar a un Estado protector, justo, eficaz y presente. Es gozar de sus seres queridos, su trabajo, sus bienes, su dignidad y su libertad.

No sorprende, en cambio, que a la población urbana no la muevan estas consideraciones y sí las que le presenta la derecha. En las ciudades no se ha tenido que padecer la guerra sino marginalmente. La han seguido por televisión como si fuera un ‘reality’. Ver cadáveres flotando en los ríos de Colombia, niños mutilados, masacres, poblaciones bombardeadas y hastiarse de violencia en carne ajena los ha vuelto insensibles. No los conmueve el dolor o el salvajismo, pero sí reaccionan a quienes los convocan con palabras melifluas que evocan orden pero disfrazan el deseo de no ponerle fin a la barbarie. Si se sucumbe a estas voces, se corre el riesgo de no tener opción distinta a la guerra el año entrante. Ojalá no vayan a surgir voces vitoreando a la muerte.

RUDOLF HOMMES

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