Opinión

Desigualdad

Preocupante que la clase política utilice el poder que le confiere su actividad para enriquecerse.

02 de abril 2017 , 02:27 a.m.

El nobel de economía que cada vez revela mayor calidad es Angus Deaton, no solo por su forma de mirar el mundo sino por su sencillez y profundidad. El domingo pasado publicó en el ‘New York Times Book Review’ una reseña de un libro de Ganesh Sitaraman, profesor de derecho de Vanderbilt University, sobre el impacto político de la desigualdad de ingreso y de riqueza, específicamente en EE. UU., pero aplicable a otras democracias (‘The Crisis of Middle Class Constitution. Why Inequality Threatens our Republic’, Alfred A. Knopf).

Deaton inicia su comentario citando a Obama, quien dijo que “la desigualdad es el desafío que define nuestra era”, y se pregunta por qué dijo eso y por qué lo hizo en referencia a nuestra era, imaginándose que fue quizás en referencia a que el crecimiento de los países industrializados ha sido exiguo después del 2008 y lo han capturado los de arriba, dejando al resto de la población estancada o en peor situación. Dice que a él no le molesta o le hace daño que Mark Zuckerberg se haya enriquecido con Facebook, por ejemplo; que si alguien se enriquece con trabajo e innovación está bien. Pero si ha sido robando, legal o ilegalmente, no lo es. Lo que inquieta y ha venido inquietando a la gente desde hace tiempo es que la desigualdad socava la gobernabilidad y, en tiempos modernos, a la democracia o a la gobernabilidad democrática.

Esta es la preocupación del libro que reseña Deaton, y él cree que Sitaraman, su autor, ha hecho un gran servicio tomando un asunto de tremenda importancia, analizando su historia, ayudando a comprender cómo se manejó el problema en épocas anteriores y construyendo una plataforma para pensar en él desde una perspectiva contemporánea. Pero no está tan convencido de que la solución sea la emergencia de una nueva clase media racional y virtuosa que, a semejanza de los integrantes del movimiento Progresista en Estados Unidos el siglo pasado, logre moderar la concentración de riqueza y de poder político. Estados Unidos enfrenta la amenaza latente de que se tomen el poder los que utilizan el Gobierno para enriquecerse y continúen restándoles influencia a grandes segmentos de la sociedad. La forma de gobierno como se llegue a ese extremo puede ser una plutocracia, una oligarquía o una autocracia basada en populismo. Para EE. UU. o para Europa, este es un peligro real. Pero los países en desarrollo están más amenazados y desde mucho antes.

En Colombia es verdaderamente preocupante que la clase política esté utilizando cada vez más el poder que le confiere su actividad política para enriquecerse descaradamente. Los que lo hacen exitosamente inducen imitadores cada vez más burdos, y muy rápido van desapareciendo los que están en la política por razones altruistas o movidos por sus ideas o su deseo de servir. La facilidad con la que Odebrecht logró penetrar todos los estamentos de la esfera política colombiana con una inversión de recursos relativamente modesta ponen en evidencia la venalidad y la pobreza de espíritu de todo el sistema. Lo que se ha revelado adicionalmente sobre la utilización desmedida del poder político para acumular contratos de prestación de servicios en cabeza propia puede no ser delito, pero sí es impúdico y una señal adicional de deterioro moral y codicia desmesurada.

Pero no todo está perdido. Deaton cita a Milton Friedman (!) para decir que los cambios reales surgen de las crisis, y que son ellas las que hacen que lo “políticamente imposible se vuelva políticamente inevitable”. En este caso, lo que debe ser inevitable es que en las próximas elecciones se le ponga fin al régimen político clientelista y parasitario. El problema no es la corrupción, es el sistema político que la ha engendrado y la hace perdurar.

RUDOLF HOMMES

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