Opinión

Voces

El Congreso de la República cumple doscientos años de glorias y remezones y desprestigios.

09 de marzo 2018 , 12:00 a.m.

Quiero cambiar el canal desesperadamente, pero no encuentro el control remoto por ninguna parte: me veo obligado a ver al fatigado expresidente Uribe, que no pierde la compostura porque no suele tenerla y que sigue ejerciendo de karma de esta sociedad, repitiendo frases mitad presidenciales, mitad culebreras, como “no a una segunda Venezuela”, “cero impunidad”, “cero narcotráfico”, “menos gasto público”, “menos impuestos”, “mejores salarios”, “ayúdenos votando por nosotros” y “mano firme, corazón grande”, en una seguidilla de propagandas de ultratumba, y es como si no fuera el mismo ciudadano que en apenas un par de años ha sido obligado por la justicia a rectificar –a su manera: injuriando de nuevo– injurias contra los muchachos ejecutados en Soacha y contra Hollman Morris, Daniel Samper Ospina y Daniel Coronell.

Y es como si no siguiera siendo el terrateniente más poderoso de la nación y el político más vivo de su generación y el gran elector de Colombia y la cabeza de la bancada más disciplinada del Congreso, que aún lo es y es todo ello, sino que fuera un modesto servidor que lo único que pide es una segunda oportunidad: “Somos dedicados pero somos poquitos”, repite en la pantalla unas horas antes de volver a ganarse en las urnas aquella curul con aire de trono desde la cual lleva cuatro años exacerbando el país por la módica suma –hoy– de 31’331.821 pesos mensuales.

Necesitamos voces que sigan desmontando el rito de la guerra, que defiendan la Constitución que se logró en 1991 entre tantos irreconciliables.

El Congreso de la República de Colombia cumple doscientos años de glorias y remezones y desprestigios. Y, a modo de celebración, no solo está a dos días de ser un Congreso tomado por los saboteadores de los acuerdos de paz, sino que, tres meses antes de que termine el período de 2014 a 2018, ha quedado ensombrecido y rectificado por un fallo del Consejo de Estado en el que se demuestra que en las elecciones legislativas de hace cuatro años –como si no bastara con los 3’213.647 votos nulos y la abstención del 56 por ciento– hubo destrucción de material electoral, sabotaje al software del escrutinio e irregularidades en el conteo del 50 por ciento de las mesas: solo hace un mes el Mira recuperó las tres curules que le robaron el domingo 9 de marzo de 2014.

Estoy diciendo que no puede ser. Que este 11 no deben quemarse los votos, ni mancharse los tarjetones ni trabarse los programas de los computadores. Que esta vez no puede entorpecerse con trampas la tarea monstruosa de superar un umbral de un poco más de 450.000 votos. Que el nuevo Congreso no puede quedar a merced de estos políticos profesionales que apoyan la paz salvo cuando ello signifique el fin de la guerra, ni de estos viejos expertos en conseguir los votos que se les escapan a las encuestas. Que sería ridículo que tantas voces creativas e importantes que quieren llegar al Capitolio –repito las mías en orden alfabético: Diego Cancino, Iván Cepeda, Juanita Goebertus, Angélica Lozano, Katherine Miranda, Antanas Mockus y María José Pizarro– perdieran sus curules con tantos líderes afónicos.

La verdad es que tenemos muchas buenas leyes por cumplir. Que, más que leyes nuevas, necesitamos voces que sigan desmontando el rito de la guerra, que defiendan la Constitución que se logró en 1991 entre tantos irreconciliables, que ejerzan el control político sin titubeos y sin bajezas y que prueben que en las instituciones colombianas sí hay personas dispuestas a estudiar y a resolver nuestros problemas uno a uno. Este domingo, en la noche, sabremos en qué país estamos. Todas nuestras discusiones de fondo de café –tan exaltadas y tan sordas– sucederán, desde ese momento, en aquel lugar. Y entonces las voces que digo, que no injurian ni temen al pasado ni quieren seguir en el canal del uribismo, serán una enorme conquista.

RICARDO SILVA ROMERO
- www.ricardosilvaromero.com

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