Opinión

Violencia

Que levante la mano quien no tenga un pariente amenazado, extorsionado, secuestrado, asesinado.

04 de mayo 2018 , 07:05 a.m.

Quizás tengamos que pararlo todo —no más telenovelas, no más festivales vallenatos, no más campañas presidenciales: para qué— hasta que a Colombia deje de ordenarla la violencia. Quizás tengamos que negarnos a seguir como si nada, no más clases de inglés ni más asambleas del edificio, hasta que aceptemos que no hemos acabado de ser una nación porque no hemos acabado de reconocer nuestra historia en común con la violencia: que levante la mano quien no tenga un pariente amenazado, extorsionado, secuestrado, asesinado. Hemos hecho la vida al lado de la violencia, hemos montado familias, carreras, viajes, recuerdos, como viviendo en puntillas junto a un ejército de perros bravos. Y nuestra estrategia fracasada ha sido la de las personas pragmáticas: nos hemos dicho “hay que seguir adelante” después de las bombas y hemos concluido que “así es la vida” después de las masacres.

Los titulares siguen sugiriendo el horror que siempre ha sucedido al tiempo: “Desde 2012 bajó un 97 % la cifra de soldados heridos”; “Sigue racha de violencia en el Catatumbo después del paro armado”; “Se entregó acusado de la ola de violencia en la comuna 13”; “73 % de los estudiantes colombianos aprueban una dictadura”; “Fiscalía admite ‘algún grado de sistematicidad’ en crímenes de líderes sociales”; “Uribe retó a estudiantes que le gritaron ‘asesino’ en Santa Marta”; “De la Calle señala al uribismo: ‘¡Vamos para el abismo de la guerra si no corregimos a tiempo: que no se tiren la paz!’”; “Duque lidera intención de voto con 43,1 %”. Pero es como si solo los angustiados de siempre leyeran los artículos que vienen luego. Y es como si la Historia —y la literatura que fabrica prójimos— fuera un capricho más de la inmensa minoría.

¿Cómo deshacernos de la manía histórica de ahogar al otro, de ensangrentar el debate público, de resolver a bala las polarizaciones con la vieja excusa de que acá no hay de otra?

¿Cómo librarnos por fin de la violencia política? ¿Cómo deshacernos de la manía histórica de ahogar al otro, de ensangrentar el debate público, de resolver a bala las polarizaciones con la vieja excusa de que acá no hay de otra? ¿Cómo curarnos de las voces irresponsables e inescrupulosas que azuzan a los locos armados? ¿Cómo arraigar entre nosotros lo mínimo?: ¿hasta cuándo tendremos que reducir nuestras tesis políticas a —ese fue el lema de la última campaña de Álvaro Gómez— la plegaria ‘que no maten a la gente’? ¿Será necesario montar el extraordinario pabellón 20 de la pasada Feria del Libro de Bogotá, ‘Voces para transformar a Colombia’, en los parqueaderos de los centros comerciales?: ¿tendremos que tener en frente los pueblos fantasmas, los objetos rotos, los cuerpos de la guerra de aquella exposición?

¿No es necesario contarles e interpretarles su Historia a aquellos estudiantes de colegio que no le temen a una dictadura porque aún no saben que serán los primeros en ser sepultados por el régimen?

Por lo pronto, no voy a votar, ni en primera ni en segunda vuelta, por ningún candidato que quiera arruinar los acuerdos de paz. Voy a votar —mejor dicho— contra todo aquel que niegue lo peor de nuestra historia reciente: contra todo aquel que niegue el populismo, la aniquilación moral de los críticos, la persecución de los opositores, la venganza contra los jueces justos, el desprecio de Bojayá y El Salado y El Aro, la convicción escalofriante de que hay “buenos muertos”, la cruzada por abandonar a la ciudadanía en lo público pero someterla en lo privado, la defensa de ese feudalismo devastador que, en palabras del neurólogo Rodolfo Llinás, nos ha hecho perder de vista que lo más valioso de “este pedazo de tierra” tendrían que ser los colombianos.

¿Y luego de votar qué?: pararlo todo —pues no puede ser que aquello de “tocar fondo” no haya pegado aquí en Colombia— hasta que sea claro que nuestro presente no puede seguir siendo la violencia del pasado.

RICARDO SILVA ROMERO
- www.ricardosilvaromero.com

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