Opinión

Víctimas

La firma de este lunes 26 ha sido una forma de decirnos a todos desde Cartagena que, ya que la idea es seguir viviendo, no tenemos por qué resignarnos al aniquilamiento.

29 de septiembre 2016 , 08:01 p.m.

Esta paz es increíble pero es cierta: está a dos días nomás. Desde que tengo memoria Colombia ha sido un caso de vida o muerte, de sí o no, porque a uno lo pueden matar porque sí, porque qué guardia o qué Dios o qué juez van a impedir en este país minado otra venganza a quemarropa. Pero la escalofriante firma de este lunes 26 de septiembre del 2016 ha sido una forma de decirnos a todos desde Cartagena que, ya que la idea es seguir viviendo, no tenemos por qué resignarnos al aniquilamiento. Para empezar la ceremonia, como llegando a un bello final en el principio, cantaron las alabaoras de Bojayá su canto de resurrección, su esperanza que es derrota del horror: y adiós a los apáticos y a los cínicos y a los plegadores del pliegue que han descubierto que obrar paz va a ser muy difícil –eureka–, y adiós a los debates sesudos que logran olvidar que de lo único que hemos estado hablando es de las víctimas.

Siguieron los discursos: el Secretario General de la ONU repitió la obviedad estremecedora “no habrá una política de armas en Colombia”; el jefe de las Farc pronunció, mejor tarde que nunca, la plegaria “en nombre de las Farc ofrezco sinceramente perdón a todas las víctimas del conflicto por todo el dolor que hayamos podido causar en esta guerra”; el Presidente dijo un “no más jóvenes mutilados por una guerra absurda: ¡ni soldados, ni policías, ni campesinos, ni guerrilleros!” que significó que ninguna víctima ha sido menos víctima, que ninguna violencia –ni siquiera la violencia estatal– ha sido justa. Dio pánico el avión kafir que invadió la ceremonia, pues el miedo es un hábito, pero luego coincidieron ambas partes, bajo la mirada del mundo, en que quizás ahora García Márquez por fin pueda narrar el pasado.

Y los dos invocaron a Dios, quién lo creyera, como si Dios existiera si nos ponemos de acuerdo, como si Dios fuera lo que hay cuando no hay guerra.

Sí, el despechado expresidente Uribe, hecho karma nacional y empeñado en ser el héroe de un pueblo engañado, viajó desde el pasado hasta Cartagena a insultar la firma de la paz. El irritado exprocurador Ordóñez, que juraba ser imparcial, se insoló a la derecha de Uribe días después de salir de su cargo. Y, en busca de un “no” que nunca llegó, la directora de Noticias RCN le preguntó tres veces a una víctima de la bomba de El Nogal si le parecía suficiente la paz que está pasando. Pero ninguna infamia ruidosa, ninguna retórica perversa de aquellas –es que hasta el Eln dio una tregua, hasta los jefes paramilitares desterrados han dicho “sí” a la reconciliación– pudieron refutar los aplausos a los negociadores, o callar el “sí se pudo” de la gente, o negarles el alivio a las víctimas, que es negarles lo mínimo.

Al día siguiente, Emperatriz Castro, que perdió a su hijo en la toma de Mitú, dijo a EL TIEMPO que luego de ser testigo de la firma ya no sentía “lo que sentía antes con los señores de las Farc”.

Unos días antes de morir mi papá escribió a mano en una hoja que ahora tengo en mi escritorio el famoso poema del pastor Martin Niemöller: “Cuando los nazis vinieron por los comunistas / guardé silencio / porque yo no era comunista...”. Andaba pensando en cómo hablarles de la compasión a no sé qué alumnos en no sé cuál conferencia. Pero últimamente creo que lo pasó a limpio hasta el verso final –“no había nadie más que pudiera protestar”– porque él se habría tomado el plebiscito de este domingo como la pregunta de si seguiremos siendo sordos a los cantos de las víctimas, de si seremos capaces de empezar cien años de solidaridad. Habría ido a votar temprano. Habría dicho que esta paz es increíble pero es cierta. Y que también es asombroso que lo único que se nos esté pidiendo ahora sea decir sí.


Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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