Opinión

El 'no' en el plebiscito del 2 de octubre significa 'no'. 'No' a estos últimos doce meses de tregua -según el Cerac-, los menos violentos en los 51 años de conflicto: 'no' a esa paz.

25 de agosto 2016 , 07:21 p.m.

Es hora de recordar que no es no. Que el “no” en el plebiscito del domingo 2 de octubre significa “no”. Que de ninguna manera es, como viene proponiendo la oposición, “un mandato para renegociar” el acuerdo de paz con las Farc. De ningún modo significa “reorientar el diálogo”, “volver a la senda del crecimiento”, “recuperar la generación de empleo”, “dejar en claro que Santos es el peor presidente de la Tierra”, “reivindicar a las Fuerzas Militares”, “impedir que los terroristas tengan curules”, “buscar una paz sin impunidad” o “frenar la persecución al uribismo”. Ese “no” no es un “tal vez” ni es un “después” ni es un “sí”. Significa “no”: negación e inexistencia del acuerdo final que se negoció durante cuatro años con la guerrilla más vieja del mundo bajo el paraguas de La Habana y en medio de un aguacero de propaganda sucia.

Quiere decir “no” a estos últimos doce meses de tregua que –según el Cerac– han sido de lejos los menos violentos en los 51 años que lleva el conflicto: “no” a esa paz.

Quiere decir “no” a este pacto que no es la entrega del país de la derecha a ninguno de sus enemigos históricos, sino, en últimas, el sometimiento de las Farc a una democracia en construcción que sí que ha sido atacada por dentro: este acuerdo sensato –dicho sea de paso, un sacrificio enorme de sus negociadores– que busca recuperar el campo, desminar la tierra, incentivar la producción nacional, volver al PNR de tiempos de Barco, desactivar el narcotráfico que ha financiado la guerra, sustituir los cultivos, entender las drogas como un problema de salud pública, reconocer en voz alta la verdad del horror, reparar, librar a la política de armas, concentrar a las Farc en unas cuantas zonas, someter a los guerrilleros a un tribunal temporal –que les dará penas diferentes a la cárcel, sí– y aceptar que sea la ONU la que verifique el cese del fuego y el desarme.

Que vote “no” quien quiera hacerlo, claro, al día siguiente tendremos en común ser colombianos –que no es poco: es estar unidos por el cansancio como esos niños que al final olvidan por qué estaban peleando–, pero que vote “no”, como tantos, porque no cree en lo pactado, porque está preparado para asumir el país que venga y para afrontar la suerte de las víctimas si en el plebiscito gana el rechazo a esa paz.

Habría que preguntarse por qué comenzaron las Farc, por qué están cumpliendo 51 años de vida, por qué se volvieron enemigos del pueblo que pretendían liberar, por qué fueron capaces de semejante barbarie a la vista de todos, por qué determinaron por lo menos cinco elecciones presidenciales, por qué por fin llegaron a un acuerdo: las respuestas a estas preguntas nos definen. Habría que saber cómo llegamos aquí porque quien no establece comunicación con su pasado se nos vuelve a todos una pesadilla. Habría que reconocer, al leer el escalofriante “comunicado conjunto 93”, que empieza otro capítulo: “el Gobierno y las Farc anunciamos que hemos llegado a un acuerdo final, integral y definitivo...”. Pero por lo pronto que el “no” signifique lo que significa, que no conteste una encuesta de popularidad, sino el texto completo de ese pacto.

De aquí al domingo 2 de octubre hay que llamar a la responsabilidad, en paz para estar a la altura, pero también hay que invitar a la trajinada esperanza: pasar del escepticismo vergonzoso del Vicepresidente a la emoción cuerda del jefe negociador; no revender miedos, ni forzar amistades, ni pintar paraísos, sino contagiar a nuestro paso la certeza de que no estamos condenados; descubrir en plena campaña por el “sí”, al tiempo con todos, que tanto “la revolución” de las guerrillas como “la refundación” de sus enemigos en realidad será aprender a no matarse.


Ricardo Silva Romero
www.ricardosilvaromero.com

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