Opinión

Mancha

Avanzó Francisco por la calle 26 de Bogotá. Y fue claro que la fe sigue siendo la fe.

08 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

Parecía como si a Colombia la hubiera agarrado vieja, cansada, esta visita del papa: “otro más...”. Porque en las benditas redes sociales –que vuelven sentencias los lapsus y elevan a eterno lo efímero, pero son la realidad también– podía uno ver a esos opositores envidiosos, asaltados en su mala fe, jurando por Dios que la gira es un hecho político y que el agua moja; a esos teóricos de la conspiración llamando “hereje”, “castrochavista” y “enmermelado” a Francisco por apoyar la paz y devolverle algo de sentido común al catolicismo; a esos lagartos resbalosos, “su santidad: una selfi...”, rogando por una boleta para las misas de este fin de semana; a esos dueños de carro renegando por los cierres de las calles porque Bogotá no aguanta más procesiones: “¿por qué no lo hicieron el domingo?”

De tanto oírles los sermones a los falsos profetas podía uno creer que los “sumos pontífices” habían dejado de importar desde que –gracias a Dios– la Constitución no tuvo más el mismo protagonista de la Biblia, la Real Academia ordenó que la palabra ‘papa’ se escribiera con minúscula y se supo que ya no son católicos el 90 sino el 79 por ciento de los colombianos. Pero entonces avanzó Francisco por la calle 26 de Bogotá. Y fue claro que la fe sigue siendo la fe, y el afán de estar en paz no ha dejado de ser cierto, y ceguera es y ha sido negarlo.

Francisco recorre un camposanto aún más grande: el camposanto que han dejado los agentes del Estado, los guerrilleros, los paramilitares y los narcoterroristas

En 1986, cuando Juan Pablo II vino a este suelo tan árido a “sembrar un mensaje de perdón y reconciliación”, el centro del país era un camposanto desde Armero hasta el Palacio de Justicia: sobrevive la foto de aquel papa de rodillas con la frente apoyada sobre una cruz enorme. Francisco recorre un camposanto aún más grande: el camposanto que han dejado los agentes del Estado, los guerrilleros, los paramilitares y los narcoterroristas, pero sobre todo el triste desfiladero de odios que siguen engordando a los peores. Decía un profesor mío que las visitas sirven para ver las manchas que se han ido quedando en el piso de la casa: y los caminos fáciles tan nuestros –el odio, la violencia, la indiferencia ante la ley– han sido evidentes desde que se anunció la visita del papa.

Se ha visto el rencor en carne viva de esos políticos que empiezan siendo un síntoma pero terminan volviéndose la enfermedad. Se ha repetido la idea perversa de que querer al país, que suele volverse “querer el país”, es un atenuante. Se ha dicho que el partido de las Farc no es una derrota de la guerra como lógica y como negocio, sino una estafa más. Que proyectar su logo sobre la fachada de la catedral es un acto de violencia, Dios, qué desmemoria. Que el cese del fuego con el Eln es otra farsa. Que el sometimiento del ‘clan del Golfo’ no es sino un anuncio. Que Francisco es el anticristo: 666. Y que su visita es otra trampa de Santos. Y uno se pregunta cómo se hace para odiar solo a los unos por las mismas razones por las que también podría odiarse a los otros.

Quiero decir que, siendo rigurosos, pensando en masacres y en llamados a la violencia, aquí habría que odiarlos a todos o a ninguno: a la Iglesia, al Partido Liberal, al Partido Conservador, al Estado, a las Farc, al Eln, a las Auc, al ‘clan del Golfo’. Y que ya solo queda que se sigan sometiendo y contar esas historias que sirven a la justicia y aprovechar el fin de cada horror para seguir viviendo. Se dijo alguna vez –Enrique Santos Molano lo recuerda desde el título de su gran novela de 2015– que quienes nacían en este hallazgo español nacían con la “mancha de la tierra”, pero la mancha ha sido este masoquismo, este regodeo en el desprecio de nosotros mismos.

Es una buena noticia que esté aquí un papa que ha pedido perdón por unas cuantas cosas: a ver si el odio deja de ser útil.

RICARDO SILVA ROMERO
- www.ricardosilvaromero.com

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