Opinión

Malaventura

Nuestras clases de corruptos tienen en común la certeza de que la ley es para los pendejos.

18 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

Cada corrupto es corrupto a su manera. Pero si se tratara de establecer una tipología, que al paso que vamos será urgente, podría hablarse del que fue educado en la idea de que “el presupuesto” es sinónimo de “el botín”; del que piensa que la corrupción es el mal menor; del que juega el juego, “el funcionario vive del bobo”, como un deporte extremo; del que explica en la puerta de la cárcel, fascinado, que “la plata que deja una alcaldía no la deja un embarque”, y del que se gradúa de corrupto la primera vez que se dice a sí mismo “nadie va a darse cuenta”. 

No se me olvida aquella catártica entrevista de EL TIEMPO, de hace tres años, en la que el exsecretario de Salud Héctor Zambrano describe sin rodeos cómo se corrompió: “Fui correcto durante 25 años”, “yo también tenía necesidades económicas”, “una voz me decía que no iba a pasar nada”, dice.

Y es claro que nuestras cinco clases de corruptos tienen en común la certeza de que la ley es para los pendejos. Pero que también comparten eso de recibir, cuando caen, el desprecio de los que no han caído y el cinismo de los que nunca van a caer.

Quién pertenece al mismo partido de los protagonistas del proceso 8.000, del escándalo de Dragacol, de la parapolítica, de Agro Ingreso Seguro, del carrusel de la contratación. Quién va a la cárcel a visitar a los sobornadores de Yidis Medina. Quién pasaba los puentes de agosto con los hermanos Samuel e Iván Moreno Rojas. Quién sabía de las andanzas del general Santoyo, de la gobernadora Pinto, del hacker Sepúlveda. Quién conoció al señor Odebrecht, Marcelo, el cohechador que en sus ratos libres –en las noches de Luna llena– se convertía en constructor. Quién recomendó al fiscal anticorrupción corrupto Luis Gustavo Moreno. Quién se cruzaba emoticones perversos, ;), con el excongresista Otto Bula, el lobista Roberto Prieto, el senador Bernardo Elías, el exviceministro Gabriel García.

Los corruptos por fin se han quedado sin aquella guerrilla que fue la cortina de fuego de estos años

Quién discutía de técnica jurídica, quién, con los tres expresidentes de la Corte Suprema de Justicia que en un par de días han pasado de jueces a juzgados.
Nadie. Nadie en este país enorme habitado por 49 millones de colombianos. Absolutamente nadie: ja.

Digo esto porque ha llegado el día tan temido en el que el uribismo ha dejado solo a un pobre hombre que lleva como un inri el apodo de Uribito: Arias, que así se apellida este prófugo condenado a 17 años de cárcel por haber cometido “peculado a favor de terceros”, en apenas un par de meses vio cómo los lagartos de su jefe –que un día lo llevó a las juntas como a su discípulo amado: “el que diga Uribe”– pasaron de llamarlo “perseguido político” a llamarlo “mentiroso” por no haberles contado de su relación con Odebrecht. Qué soledad la de Arias. Quizás esté sintiendo lo mismo que sintió Zuluaga cuando pasó de ser el candidato de las naranjas a ser este hombre negado con el que solo los más temerarios se atreven a bailar. Tal vez esté viviendo lo que vivió Vélez cuando lo acusaron de borracho por contarnos las trampas de la campaña del no.

Y la palabra no es ‘tragedia’, porque no hay rastros de grandeza en su soberbia, sino acaso ‘malaventura’: una desdicha lograda a puro pulso.

El fin de las Farc ha sido recibido con desdén por ciertos colombianos que creen que la guerra es una leyenda urbana, pero es el reconocimiento de que no ha tenido sentido hacer política con armas. Y es la noticia de que los corruptos –que también se han escudado en las ideologías y también han saqueado este país como si se lo mereciera y también han propagado la mentira de que aquí nadie se salva y han conseguido que ser empleado público sea un suicidio– por fin se han quedado sin aquella guerrilla que fue la cortina de fuego de estos años: hay esperanza.

RICARDO SILVA ROMERO
- www.ricardosilvaromero.com

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