Opinión

Jóvenes

Ya es tiempo de que defiendan ese país democrático, ecologista, garantista e incluyente.

12 de mayo 2017 , 01:28 a.m.

Estábamos en esto: en que, cuando la idea es seguir con vida, lo mejor es trabajar para que ni la esperanza ni el optimismo sean embelecos. Desde hace ocho años, que es lo que está cumpliendo esta columna, he tenido la ilusión de que las generaciones después de la mía –que han dado deportistas que ganan, por ejemplo– prueben que la sociedad colombiana cada día se parece un poco más a su Constitución progresista, pero las transformaciones verdaderas suelen tardar años, décadas, siglos. De hecho, iba a comenzar con esta frase: “Colombia: país suramericano plagado de fundamentalistas en el que pronto estaremos diciendo que lo menos grave es Vargas Lleras”. Pero mi idea es hacer un texto sobre cómo conseguir que la esperanza no sea una utopía: sobre cómo conseguir que las generaciones nuevas se conviertan en el respaldo de la democracia.

Colombia sigue siendo una sociedad distópica de aquellas, sí, pues solo hasta esta semana se hundió pero se habla aún de un referendo contra la adopción –es decir, un referendo contra la realidad, contra los derechos humanos, contra la familia, en fin, pues amar es adoptar– propuesto por una senadora liberal. Colombia sigue siendo una oclocracia de aquellas, sí, un gobierno de la muchedumbre, una degeneración de la democracia, pues demasiados ciudadanos –envalentonados por las redes antisociales y sublevados por azuzadores profesionales– siguen fantaseando con temer, con exterminar, con expulsar a las minorías. Pero Colombia no es solo las trampas y las taras que ha sido, sino también esos colombianos nuevos que no les temen a los monstruos de siempre y que se han negado a heredar los enemigos de sus padres.

No temen a los curas ni a los militares ni a los liberales ni a los conservadores ni a los izquierdistas ni a los derechistas ni a los apellidos que pacificaron el país a sangre y fuego: por qué seguirles temiendo. No se dejan matricular en la corte de los políticos de turno: para qué. No andan pidiéndoles disculpas a los primermundistas ni sintiéndose menos que los extranjeros. No pueden creer que ser mujer o ser homosexual o ser negro o ser indio o ser otro sea un problema: es increíble. Pero ya están demasiado viejos para resignarse a la parodia del mundo, ya es tiempo de que defiendan ese país democrático, ecologista, garantista e incluyente –el país de la Constitución–, que se enseña, con el deseo, en los salones de clases: las elecciones de 2018 pueden tomarlos por sorpresa, como a los gringos, o en guardia, como a los franceses.

Ya sé, ya sé: hay jóvenes fachos; hay, también, jóvenes que creen que el mundo debe ser lo que ha sido hasta que llegue el día del juicio final. Pero es hora de que la tolerancia no sea la teoría.

Porque ahí vienen –mírenlos– los viejos fachos seguros, orgullosos, felices de ser fachos: lanzan campañas políticas en iglesias como echando para atrás el siglo XX, defienden la usurpación de los terrenos baldíos como gritando “y qué”, ayunan y oran para que sean aprobados los referendos contra la esperanza, reniegan de los derechos de los homosexuales, maldicen sin rodeos la Constitución de 1991, prometen hacer trizas el acuerdo de paz, juran por todos los santos, mesiánicos e inescrupulosos, que restaurarán su orden y vengarán a los suyos y desterrarán a los mamertos, y corrompen las palabras “cielo” y “familia” y “género” porque su idea es despertarle al país la vieja convicción de que Dios es más importante que la ley.

Ser democrático no es ser superior a la fe, ni es defender a esa clase política rancia que descorazona a cualquiera, ni es encontrar el modo de ponerse por encima, sino votar contra el populismo de derecha e izquierda antes de que sea demasiado tarde.

RICARDO SILVA ROMERO
www.ricardosilvaromero.com

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