Opinión

Empatía

Las víctimas de violencia sexual callan porque están en su derecho, y en Colombia es mejor callar.

26 de enero 2018 , 12:00 a.m.

Atrás, atrás. Por favor, rebobinar. De vuelta a ese viernes 19 de enero en el que la periodista Claudia Morales, una de las más serias y más compasivas y más corajudas que conozco, encuentra dentro de sí misma el valor para contar –en su columna semanal de El Espectador– que hace algunos años un repugnante jefe que tuvo la violó en el cuarto de un hotel con la certeza de todopoderoso de que a él nada iba a pasarle. 

De vuelta al título del breve texto de Morales: ‘Una defensa del silencio’. De vuelta, en orden de aparición, a la rabia, a la vergüenza y al agradecimiento que sentimos mientras estábamos leyendo el testimonio de aquella voz tan digna que hasta hace poco oíamos en La Luciérnaga: una reivindicación de las víctimas de violencia sexual que callan porque están en su derecho y en Colombia es mejor callar.

Porque acá uno nunca sabe. Porque aquí los hijos de puta sí mueren de viejos. Porque ni esta cultura ni esta sociedad ni esta justicia han sido capaces de ponerse en el lugar de las víctimas. Porque la impunidad en relación con los delitos de violencia sexual sigue siendo del 90 por ciento: ¡el 90! Porque desde hace ya cuatro años, cuando empezó a funcionar, la línea 155 “de orientación gratuita para mujeres víctimas de todo tipo de violencias” ha recibido un millón de llamadas, pero 120 mujeres fueron asesinadas por sus parejas en el 2017. Porque, según las cifras de Medicina Legal, el año pasado –que está a la vuelta de la esquina– hubo 18.647 casos de violencia sexual contra mujeres, y, sin embargo, aun cuando ello significa que se presentan 56 denuncias por día, apenas se conoce una pequeña parte de la barbarie.

Ni esta cultura ni esta sociedad ni esta justicia han sido capaces de ponerse en el lugar de las víctimas.

Sé que en Colombia es difícil pensar, recobrar el corazón del asunto, volver atrás: en Colombia las historias zigzaguean como las pesadillas hasta que por fin nadie entienda qué pasó. Pero creo que hay que deshacerse del ruido sordo de esta larga semana de bajezas –de los matones por naturaleza que desconfían de las valientes que se lanzan al vacío de la denuncia, de los iluminados enloquecidos por las redes que se sienten en la obligación de exigirles a las víctimas que griten, de los trolls que saltan a la arena como perros bravos a sueldo– para tener claro que la columna de Claudia Morales no es parte de un complot de tiempos de elecciones, como asegura el temerario Centro Democrático, en bloque, en defensa de su líder –que ha sido confrontado porque fue uno de los jefes de Morales–, sino un llamado a insistir en un cambio de fondo.

Claudia Morales está diciendo que el ‘Yo también’, el movimiento contra el abuso sexual que estalló en octubre, no es una marcha de zombis ni un eslogan de biempensantes de Hollywood: que, ya que se trata de reclamarle a la democracia que cumpla sus promesas de justicia y de libertad y de igualdad, están diciendo “Yo también” las mujeres que han sido violadas, las subalternas que han sido abusadas por sus jefes, las investigadoras que conocen las cifras de la violencia sexual en este país en guerra, las analistas que advierten que este río nuevo debe desembocar en la justicia, las intelectuales que no quieren que semejante oportunidad termine en puritanismo, las ciudadanas que no quieren identificarse como víctimas, las víctimas que prefieren guardar silencio y los hombres que están –que estamos– entendiendo que no solo hay que asumir sino defender la igualdad entre los géneros.

Favor volver a la empatía. Favor volver a la manía humana de ponerse en los zapatos de los personajes que consiguen sobreponerse a la violencia ajena. Esto no es sobre él, sino sobre ella: esta es la historia de una víctima que tan pronto se atrevió a hablar sobre su victimario recordó por qué tenía tanto miedo.

RICARDO SILVA ROMERO
- www.ricardosilvaromero.com

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