Opinión

Pedradas o esperanzas de cambio

Duque mantiene una actitud amistosa. Le interesa unirnos a todos en favor de Colombia.

08 de junio 2018 , 12:00 a.m.

“Siempre he sido una persona de centro, de extremo centro”, ha declarado Iván Duque en una entrevista de prensa. Muchos de sus partidarios compartimos con él esta convicción. Nada más equivocado que ubicarnos en una derecha cerril, por oposición a una izquierda de rezago marxista como subexiste en Colombia. Duque es avanzado y opuesto a la polarización y a los debates agresivos que invaden nuestro mundo político desde los más remotos tiempos, cuando liberales y conservadores nos ladrábamos unos a otros.

Para solucionar los graves problemas que nos afectan, el joven candidato propone explícitas reformas en la educación, la salud, el agro y la justicia. Al mismo tiempo, aspira a suprimir la corrupta ‘mermelada’ y los demás pagos burocráticos que alimentan políticos y caciques electorales. Al resultar vencedor de la primera vuelta, Iván Duque no vaciló en reconocerles a sus derrotados competidores sus exhortaciones contra la corrupción. Igualmente, sin agredir a nadie, rechazó el odio de clases, las disputas entre patronos y trabajadores, así como las expropiaciones a favor del Estado.

Contrariamente a lo que dicen los petristas, el acuerdo de paz es aceptado por Duque con algunas necesarias modificaciones. No se trata de una retaliación. Al contrario, considera de suma importancia dar protección a los exguerrilleros en las zonas veredales para que no resulten afectados por las bandas armadas que han tomado su relevo. Aun con sus antiguos adversarios, Duque mantiene una actitud amistosa. Le interesa unirnos a todos en favor de Colombia.

Con solo 41 años de edad, la esperanza que abriga es contar con una nueva generación, la suya, capaz de cambiar el rumbo del país entorpecido por la vieja clase política. Sin ser para nada un títere de Uribe, como lo califican erróneamente sus adversarios, comparte sus ideas sin perder ni su carácter ni su independencia. Quienes lo acusan de falta de experiencia, por no haber ocupado ningún cargo público en Colombia, ignoran que durante ocho años fue un activo dirigente del BID respetado por todo el mundo en Washington.

Con solo 41 años de edad, la esperanza que abriga es contar con una nueva generación, la suya, capaz de cambiar el rumbo del país entorpecido por la vieja clase política.

Al mismo tiempo que se le reconoce a Duque la tendencia mundial de escoger líderes jóvenes y carismáticos, como Macron en Francia o Trudeau en Canadá, muchos colombianos advertimos el gran recelo que despierta Petro. Su trayectoria política se inició y continúa, a veces camuflada, en una extrema izquierda marxista que termina derrumbándose en la antigua Unión Soviética, en Cuba, Nicaragua, Bolivia y, por último, en la infortunada Venezuela. Lo malo de Petro –dice Antonio Caballero– no es su teoría, sino su práctica. Menciona además como rasgo de su personalidad mucha arrogancia y prepotencia propia de un caudillo mesiánico.

Sus aparentes cambios son sorprendentes y en busca de electores. Ahora se arrepiente de haber propuesto una asamblea constituyente, así como las expropiaciones que ofrecía en sus discursos de balcón. Solo guarda su empeño en remplazar el petróleo por aguacates. Muy joven entró al M-19 y aprendió a manejar armas de combate. Capturado como guerrillero, permaneció dos años en la cárcel. Sin embargo, mantuvo sus peligrosos sueños revolucionarios. Amigo de Hugo Chávez, en 1994 no vaciló en alojarlo en su casa y disponer de la ayuda de Castro para llevarlo al poder. Ahora, vista la impopularidad de Maduro dice haberse alejado de esta experiencia.

Elegido alcalde de Bogotá en el 2012, sus típicas acciones populistas le ganaron el apoyo de las clases marginales de la ciudad, mientras dejaba la capital sumida en el caos, la inseguridad y la quiebra de las finanzas distritales.

En fin, Duque o Petro, Petro o Duque es la propuesta que deben resolver los electores el próximo 17 de junio. Es como escoger entre la economía de mercado y los aguacates del gobierno, entre las tempestades de invierno o el cálido y reluciente verano, entre el trabajo de todos por Colombia y las frecuentes pedradas populistas.

PLINIO APULEYO MENDOZA

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