Opinión

Nos jugamos el futuro

Esperemos que asistamos a unas elecciones transparentes, en paz, con respeto por el otro.

25 de mayo 2018 , 12:00 a.m.

Cuando se acercan, como hoy entre nosotros, unas complicadas elecciones presidenciales, me asalta un recuerdo de Mario Vargas Llosa cuando era candidato de su país en 1990. Viejo amigo de Mario, lo acompañé en su vasta gira por el Perú, ciudad por ciudad y pueblo por pueblo. Era muy claro su programa y sabía explicar con todo detalle los problemas que afrontaba su país y, sobre todo, cómo abordarlos. 

Pero el día de las elecciones estaba con él cuando llegó al anochecer la noticia de su inesperado desastre. Había sido derrotado por Fujimori.

¿Por qué fue derrotado? ¿Por qué sus propuestas no tuvieron la acogida de la mayoría de los electores? Porque en vez de ofrecer milagros –escribí una vez– optó por decir la verdad, solicitando a su pueblo un esfuerzo de lucidez y de realismo para asumir el costo necesario que le estaba proponiendo a su país, y el Perú, como nuestras naciones, estaba impregnado hasta la médula de una cultura política populista. Es decir, una cultura que establece un divorcio entre el discurso y la realidad.

No basta utilizar las urnas el domingo para lavar la buena pinta de un candidato, su trayectoria pública o sus diatribas en favor de un resbaloso acuerdo de paz.

Este ha sido el fracaso de Latinoamérica, pero no del mundo desarrollado como Estados Unidos y Europa. Siendo ricos en recursos, somos pobres por haberlos administrado mal. Una parte considerable de nuestra población vive bajo la línea de la pobreza absoluta. Nuestros países han vivido largas etapas de atropellos, corrupción, guerras civiles y violencia. Nuestras ciudades crecen en medio de la inseguridad y terribles contrastes sociales. Guerrillas, mafias, populistas de todos los colores, caciques dueños de votos y otros dinosaurios pastan en nuestro mundo. Los programas más ambiciosos rara vez se cumplen porque creemos que basta enunciarlos o consagrarlos en esos líricos capítulos de la felicidad que son nuestras constituciones para considerarlos realizados.

El populismo es la forma más flagrante de la mentira política entre nosotros. Hijo de la vulgata marxista que inundó por décadas nuestras universidades, el populismo ha hecho todo por escamotear una simple verdad: que no es el Estado sino los particulares quienes crean riqueza; que la pobreza y el desempleo se combaten creando una real economía de mercado y no, como nuestros países, produciendo inflación, déficit fiscal, aumento del gasto público y degradación del nivel de vida de las clases pobres.

El caso de Cuba y Venezuela es suficiente para derribar el mito populista que revive entre nosotros, con algunas mínimas variantes en la figura de Petro. En cambio, la necesidad vital para nuestro desarrollo de la pequeña empresa aliviada de cargas tributarias, el fomento de una educación avanzada, la creación de nuevos empleos son las propuestas realistas y estudiadas de un Iván Duque. Es un camino duro, pero necesario para nuestro desarrollo; de lo contrario, estamos expuestos a una crisis sin salida.

No basta utilizar las urnas el domingo para lavar la buena pinta de un candidato, su trayectoria pública o sus diatribas en favor de un resbaloso acuerdo de paz. Es el destino de Colombia lo que está en juego.

Llegamos al final de un proceso electoral, sin duda inesperado, divertido, con infinidad de encuestas, de entrevistas y aburridos debates que a veces inspiran sueño. Los partidos tradicionales están a punto de morir porque para el elector se asocian a la ‘mermelada’ y a las bajas costumbres que han envenenado nuestro mundo político. Por otra parte, hay muchos que ignoran las diferencias entre un Álvaro Uribe y un Juan Manuel Santos. (A propósito, ¿por quién votará este último? Ni el indio amazónico lo sabe).

Sea como sea, el domingo nos espera bajo la expectativa y la lluvia. Paraguas de todos los colores aparecerán en las calles. Esperemos, de todas maneras, que asistamos a unas elecciones transparentes, en paz, con respeto por el otro y que, con la debida vigilancia de los organismos de control, sus resultados no admitan duda alguna. Como dirían las abuelitas, ¡que Dios nos coja confesados!

PLINIO APULEYO MENDOZA

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