Opinión

No todos en la misma cesta

Santistas y uribistas son la misma cosa, oye uno decir. Y nada entre uno y otro es comparable.

24 de noviembre 2017 , 12:00 a.m.

El rechazo a nuestro mundo político se advierte en muchos colombianos de a pie con quienes uno se encuentra todos los días. Es muy explicable porque diariamente aparecen en la prensa y en los noticieros de radio y televisión escándalos que salpican a funcionarios, congresistas, gobernadores, alcaldes y líderes regionales por graves delitos en los manejos de los fondos públicos. La ‘mermelada’ que les otorga el Gobierno como pago por su apoyo termina siendo un venenoso sustento. De ahí que hoy en día un número creciente de electores, alarmados por la aterradora corrupción que envuelve a estos personajes, se muestren ajenos al mundo donde ellos se mueven. ‘Político’ se ha convertido en una mala palabra.

Por comprensible que sea, esta percepción tiene dos riesgos. El primero de ellos es que pueda conducirnos a un camino como el que se le abrió a Venezuela con la elección de Chávez. Recordemos que nadie en ese país vio en él un peligro. Se presentó como una figura nueva y atrayente a tiempo que los partidos Acción Democrática y Copei, que durante cincuenta años se alternaron en el poder, habían perdido todo crédito. Tampoco en aquel momento se vio que detrás de Chávez se movía la mano de Castro.

También hoy, en Colombia se percibe una situación parecida. Advierto en estudiantes, damas, porteros, taxistas y muchos otros electores rasos su afán por encontrar una figura nueva para darle su apoyo en las elecciones presidenciales del 2018. Sospecho que esta ilusión mueve también a muchos integrantes de la piñata de candidatos que hoy están a caza de firmas. Pero detrás de tal fenómeno puede operar con éxito una izquierda subterránea que dejaría de lado la inquietante candidatura de ‘Timochenko’ para contar con el acceso al poder de una figura nueva y para ellos manipulable.

Los electores deberían hacer memoria y no poner en la misma despreciativa cesta a todos los partidos y dirigentes políticos.

El segundo riesgo que implica esta percepción es mirar con el mismo desprecio a los partidos de la Unidad Nacional, al Centro Democrático y a otras fuerzas de la oposición que lideraron el ‘No’ en el plebiscito. Santistas y uribistas son la misma cosa, oye uno decir. Y, desde luego, nada entre uno y otro es comparable. Ajeno al clientelismo, a la compra de votos y a la obtención de prebendas por su apoyo al Gobierno, el Centro Democrático muestra un perfil opuesto. Su bancada en el Congreso, elegida en lista cerrada, está compuesta por muchas figuras que jamás tuvieron participación en ajetreos electorales. Esta fundamental diferencia está ligada al buen balance económico que nos dejó el mandato de Uribe y al incierto y muy preocupante que nos deja la administración de Santos.

Los cada vez más reducidos partidarios del Gobierno suelen presentarse como amigos de la paz, mientras califican a Uribe desde siempre como amigo de la guerra. El acuerdo firmado con las Farc es su emblema. Pero pasan por alto una realidad histórica. Cuando Uribe llegó al poder, en el 2002, buena parte del país estaba controlada por las Farc. Con veinte mil combatientes y diez mil milicianos, lograban frecuentes retenes, más de dos mil secuestros, controlar 300 municipios y convertir el narcotráfico en su sustento económico.

Con una nueva estrategia de lucha, Uribe se ocupó de fortalecer el Ejército, dotar de una moderna tecnología los servicios de inteligencia y a la Fuerza Aérea para localizar y destruir campamentos guerrilleros. También redujo drásticamente los cultivos de coca. La guerrilla, después de perder a sus más importantes comandantes, como ‘Raúl Reyes’, el ‘Mono Jojoy’, ‘Alfonso Cano’ y otros miembros del secretariado, quedó diezmada y al borde de una capitulación.

Uribe esperaba que su sucesor les diera a las Farc el trato que se da a una guerrilla derrotada y no a una fuerza terrorista en pie de igualdad con el Estado. Sin dar crédito a los infundios judiciales que luego cayeron sobre el Centro Democrático, los electores deberían hacer memoria y no poner en la misma despreciativa cesta a todos los partidos y dirigentes políticos.

PLINIO APULEYO MENDOZA

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