Opinión

Creer sin miedo

Todo esto sigue resonando en mí; sobre todo, dejar de lado lo que él llamó el ‘chiquitaje’.

17 de septiembre 2017 , 02:18 a.m.

En abril de 2015 escribí una columna titulada ‘Bienvenido, Francisco’. Ahí, con una emoción inmensa, decía: “Papa Francisco, usted sabe la importancia de las plataformas de poder para mandar mensajes y tender puentes. Sería otra forma de mandar un mensaje de que no es aislando, sino integrando un país de diferentes, como se construye la paz”. Y, bueno, eso y mucho más fue lo que vivimos emocionados millones. Entonces, hoy solo quiero decirle: ¡gracias, Francisco!

Me impactó ver y sentir a un líder con liderazgo, lo cual puede sonar redundante, pero, cuántos líderes tenemos que son solo el cargo o la posición y no ejercen un liderazgo coherente, entregado, ético, altruista y profundo, el que el país necesita. El Papa transmite una mezcla de carisma, contundencia, pasión, humanidad, transparencia y autenticidad; el Papa habla y uno le cree, porque, además, es autocrítico, no se deja manosear y, si bien trata de ser cuidadoso y constructivo, no obra a conveniencia ni es interesado. Tiene la autoridad moral para reconocer los intentos y los aciertos, pero también para, con toda claridad, decir las verdades incómodas de una sociedad. En un país con una dirigencia tan gris, poco altruista y sensible, elitista y egocéntrica, la presencia del Papa fue refrescante y esperanzadora.

El Papa nos invitó a construir, como bien lo dijo, una paz “no de lengua, sino de manos y obras”, en el terreno, combatiendo las causas estructurales que nutren los conflictos. Por ejemplo, pensaba si esas palabras resonarían entre nuestros dirigentes para atender de forma prioritaria la crisis con las disidencias que tienen aterrorizadas a las comunidades en Guaviare. O si van a hacer presencia, al más alto nivel, en un Chocó que teme otra tragedia como la de Bojayá, en medio de un cese del fuego que no se sabe en qué consiste cuando el desplazamiento continúa y su capital, Quibdó, vive una ola de violencia que tiene todos los días a sus habitantes sin poder salir de sus casas después de las 5 p. m., pidiendo y clamando que pare el terror. Además, cuestionándose por qué, si fue el departamento que le apostó a la paz, no hay un mínimo nivel de reciprocidad y atención, de respuesta, para que ya no solo el proceso con las Farc, sino ahora con el Eln, sea una oportunidad de transformación real y de tranquilidad.

El Papa lo enfatizó: una parte del problema de este país es que para nuestras élites, los procesos de violencia y exclusión se normalizaron en las tierras del olvido, en el país profundo, aquel más allá de las montañas y cuyos dolores ya no son noticias.

La verdad, creí que aquí no iba a escuchar a un líder de ese nivel, que, de forma genuina y profunda, reconociera la diversidad de este país como su mayor riqueza. El Papa no solo lo dijo, sino que desde que aterrizó puso su atención especial en la población en condiciones especiales (más de 6 millones de colombianos), las víctimas, los jóvenes rehabilitados, las comunidades étnicas, y su mensaje a los obispos de cuidarlas fue precioso. Como lo fue su llamado a los dirigentes de dejar de creerse “purasangre” y gobernar solo para ellos, entre ellos y sus negocios, sin integrar la diversidad del país; reiterando la necesidad de irse a lo esencial, involucrarse, confrontarse y renovarse para dar frutos con los que más lo necesitan. Y no solo a los dirigentes, sino a la Iglesia misma, a la que pidió ser “callejeros de la fe”, tomarse las calles, no tener miedo a la complejidad, desafiar la esperanza una y otra vez.

Todo esto, y mucho más, sigue resonando en mí; sobre todo, dejar de lado lo que él llamó el “chiquitaje”, actuar para no perder tiempo y más bien empeñarse en creer y crear el país del futuro, con coraje y sin miedo. Así que, otra vez, ¡gracias, Francisco!

PAULA MORENO
Presidenta de Manos Visibles@manosvisibles

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