Opinión

Juego de roles

El profesor, el iconoclasta, el delfín, la mamá y el ‘wannabe': los candidatos a la Casa de Nariño.

05 de febrero 2018 , 01:26 a.m.

No entiendo. Por más que me rompo los sesos, no entiendo. No logro entender cómo en medio de la peor crisis de Venezuela en toda su historia –y de la mayor migración de venezolanos en décadas hacia Colombia– el exalcalde bogotano Gustavo Petro va liderando las últimas encuestas a la presidencia. O, en el peor de los casos, va disputándose palmo a palmo el primero puesto en un empate técnico con el exgobernador de Antioquia.

¿Acaso no era un horror el castrochavismo? ¿Acaso Venezuela no cabalga en una debacle económica sin precedentes, con miles de muertos y millones de hambrientos? ¿Acaso la inflación anual no está en el 2.800 por ciento? ¿Acaso la vida en Caracas no se vive en dólares, como consecuencia de la megadevaluación diaria del bolívar? ¿Acaso Maduro no se atornilló en Miraflores y va a durar allá toda la vida?

Solo encuentro una explicación a semejante paradoja: que Gustavo Petro tiene el mejor juego de roles dentro de esta comedia de fantoches en la que se convirtió la carrera a la presidencia de Colombia. Un espectáculo circense que ahora tiene como valor supremo divertir, en lugar de debatir ideas, doctrinas o programas; tres cosas aburridísimas que no llegan –ni llegarán– a las masas. Esas mismas masas que hoy se mueven a la voz de una lechona o del Carnaval de Barranquilla, pero que nunca van a salir a votar con promesas de una reforma pensional o tributaria.

Gustavo Petro tiene el mejor rol en este juego: el del iconoclasta por herencia y por excelencia. El candidato que está en contra de los niños bien, de la crema y nata de las clases burguesas y privilegiadas. Esa misma clase a la cual pertenecen el resto de sus contrincantes en esta carrera a la presidencia: desde Sergio Fajardo y Germán Vargas Lleras, hasta Marta Lucía Ramírez e Iván Duque Márquez.

Y mientras Petro personifica ese rol nítido y cristalino –como el de un caballo en un juego de ajedrez–, el resto de candidatos se pierden en una gama de grises de lo que ellos quisieran ser.

Fajardo, por ejemplo, está encasillado en el rol del maestro. Con un agravante nada despreciable: que los maestros, inconscientemente, despiertan un sentimiento de rechazo entre muchos jóvenes. El maestro –una figura de autoridad ancestral– se convierte, en muchos casos, en una figura a la que hay que resistir, desafiar e, incluso, hasta atacar. Tal vez por eso Fajardo pierde dura y ampliamente entre el grupo de 18 a 24 años frente a Gustavo Petro.

El rol de Vargas Lleras, muy a su pesar, es el del delfín. El heredero del poder por derecho propio. El nieto de expresidente, sobrino de exconstituyente, sobrino de exembajador en Washington y proveniente de una familia con todos los pergaminos del caso. El mismo clasista del coscorrón a unos de sus escolta rasos. El mismo de la voz mandoncita y del tonito sobrador por años. El mismo que entiende de dónde sale el frasco de la ‘mermelada’ y cómo se reparte para lograr escaños. Un delfín clásico, igualito a Juan Manuel Santos. En otras palabras: la antítesis de Petro, el iconoclasta mediático. Y por eso su casi inexistente fuerza dentro del estrato medio, según la medición de Gallup.

El rol de Marta Lucía es el de la mamá con todos sus pollitos descarriados. La mamá que pretende mandar un mensaje de unión, de protección, de resguardo de sus hijitos frente a lo que pueda pasar con el posconflicto y con los vecinos venezolanos. Así la vimos preocupadísima en Caracas, con cara de mamá pata, al frente de supermercados vacíos. El problema, claro está, es que las mamás también son aburridísimas y somníferas. Y dan cantaleta por horas largas. Y por eso Marta Lucía se mueve bien entre el grupo de 35 a 44 años, pero pésimamente entre los más jóvenes de las encuestas.

Y el rol de Iván Duque, gústele o no, es el del wannabe del circo mediático: el Álvaro Uribe en potencia, el hijo pródigo, el elegido por magnánimo de los tres huevitos de la confianza inversionista y la seguridad democrática; el fenómeno mediático a la sombra del presidente más popular y polémico de Colombia en los últimos años. El hijito inexperto que necesita de la sombra de su papá para poder triunfar y llegar a la presidencia, no por mérito propio, sino por obra y gracia de otros. Tal vez por eso cae tan bien entre los mayores de 55, aquellos que ya entendieron que el nombre del juego es dejarle la vía pavimentada a los herederos e hijos.

Avíspense en serio. O nos va a llevar el diablo a todos y vamos a tener que buscar escondijo.

PAOLA OCHOA
​En Twitter: @PaolaOchoaAmaya

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