Opinión

El presidente polizón

La épica travesía de Maduro para poder llegar a la Cumbre de las Américas en Lima.

19 de febrero 2018 , 09:27 a.m.

Inmediatamente me acordé del catoblepas: esa criatura que se devora a sí misma empezando por los pies. Ese mítico animal que se le aparece a San Antonio en la novela de Flaubert (‘La tentación de San Antonio’) y que recreó luego Borges en su ‘Manual de Zoología Fantástica’. Así está hoy Nicolás Maduro: peleando contra sí mismo, devorándose de pies a cabeza, envenenándose con su propia lengua. Un autocanalibalismo que se alimenta de sus palabras, que crece a expensas de sus amenazas, que se agranda como una lombriz solitaria que se nutre de sus pifiadas.

Ahora que los peruanos le prohibieron la entrada a Maduro para participar de la próxima Cumbre de las Américas, él la sigue embarrando y se clava nuevamente una daga: el viernes juró que entrará a esa cumbre así llueva, truene, relampaguee o le caiga encima el mismísimo diluvio universal.

Unas declaraciones que, como el catoblepas, lo hunden todavía más y se lo carcomen de pies a cabeza. Porque si no lo hace, entonces va a quedar como un zapato ante el 30 o 40 por ciento de venezolanos que todavía lo respaldan, incluidos los generales del ejército venezolano, para quienes la palabra empeñada es la más sagrada de las palabras.

Y, si lo hace, entonces le toca embarcarse en una aventura quijotesca: montarse en un carro y llegar al Perú de incógnito por carretera. Porque por vía aérea le queda imposible eludir a los agentes de inmigración y aduanas peruanas, que tienen la orden de no dejarlo pasar ni de vaina. Entonces le queda la única opción de montarse en un carro desde Táchira y atravesarse medio continente hasta llegar a la Lima Metropolitana. Un viajecito que se demora cinco días, ¡cinco días!, sin hacer prácticamente ninguna parada.

O lo puede intentar en moto y repetir así la hazaña del Che Guevara. Eso sí, con un pequeño detalle: que, salvo la moto, Maduro no tiene nada de parecido con el difunto comandante. Ni la silueta delgada, ni las cejas curvas y pobladas ni los ojos románticos; ni siquiera el bigote despoblado y cantinflesco, porque el de Maduro es tupido y frondoso como el de un charro mexicano.

Si Maduro no tiene el glamur, sí que menos va a tener el intelecto. Porque el Che –odiémoslo o amémoslo– era un hombre preparado y sofisticado: médico, político, escritor, diplomático. Nicolás Maduro, en cambio, no terminó siquiera el bachillerato.

Sonaré superficial y tendrán toda la razón en achacármelo, pero no es lo mismo una correría en moto de un revolucionario guapo y preparado –cuando el comunismo tenía algún sentido– que una en manos de un revolucionario bruto y con barriga de embarazado; mucho menos ahora que ya sabemos que el comunismo solo sirve para matar al pueblo de hambre y dejar a sus líderes millonarios.

En moto o en carro, lo cierto es que Nicolás Maduro va a parecer más loco que nunca en su intento por llegar a la Cumbre de las Américas que se celebrará el 13 y 14 de abril en territorio peruano. Llegará de incógnito, disfrazado, tal vez con una peluca, o quizás con lentes de contacto. O, posiblemente, escondido en el baúl trasero de un carro que las autoridades no hayan revisado.

Será una megaoperación digna de una película de Hollywood con un guion casi de ficción: la historia del presidente polizón.

PAOLA OCHOA
En Twitter: @PaolaOchoaAmaya

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA