Opinión

Una crisis de liderazgo ético

Las estrategias de Trump están destruyendo la poca autoridad moral que le queda a Occidente.

02 de julio 2018 , 11:42 p.m.

Columna de Nina L. Khrushcheva, Profesora de Asuntos Internacionales en The New School e investigadora sénior en el World Policy Institute.

“El sabio construye puentes; el tonto construye muros”. Este fue el sentimiento que se repetía en las páginas de editoriales de los medios chinos la semana pasada, cuando Estados Unidos impuso un arancel del 25 por ciento a importaciones chinas por un valor aproximado de 50.000 millones de dólares. Por desgracia, esta estrategia aislacionista va más allá de la política comercial de EE. UU., en formas que no solo son estúpidas, sino también antiéticas, y que están destruyendo la poca autoridad moral que le queda a Occidente.

En lo referido al comercio, China tomó obvias represalias inmediatas, imponiendo aranceles propios a importaciones estadounidenses por valor de 50.000 millones de dólares, así como Canadá, la Unión Europea y México están tomando represalias por los aranceles estadounidenses a las importaciones de acero y aluminio. Si estas disputas siguen agravándose, perjudicarán a personas de todo el mundo, incluidos los consumidores, empresarios y trabajadores estadounidenses.

Para colmo de males, en los últimos meses el presidente estadounidense, Donald Trump, ordenó una política migratoria de tolerancia cero, que trata a todos los adultos que cruzan la frontera ilegalmente (un delito menor) como si fueran criminales violentos. Esto implicó el inicio de procedimientos legales incluso contra solicitantes de asilo, y (lo más controvertido) que les quitaran los hijos para poder detenerlos por separado. Más de 2.300 menores fueron llevados a refugios.

La presión política fue tal que Trump tuvo que firmar un decreto para que padres e hijos sean detenidos juntos. Pero es posible que incluso esta medida sea ilegal; mientras un tribunal federal estudia el caso, los procedimientos continuarán, y no hay ningún plan para reunir a las familias que ya han sido divididas.

La política separadora de familias de la administración Trump enfrentó intensas críticas, incluso desde lugares inesperados. Laura Bush (esposa de George W. Bush, el presidente responsable de las inhumanas guerras en Irak y Afganistán) repudió esa política y sostuvo que las imágenes de niños separados de sus familias traen “recuerdos espeluznantes de los campos de internación para ciudadanos y no ciudadanos estadounidenses de ascendencia japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, un episodio al que ahora se considera uno de los más vergonzosos de la historia estadounidense”.

Hasta la esposa de Trump, Melania, declaró a través de su portavoz que “odia ver” que se separe a niños de sus familias. Incluso China (acusada de tener hasta 1.500 presos políticos) se sumó a las críticas. Y a la par que EE. UU. se ponía a tiro de las reprimendas de semejantes países, Trump se retiró del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

Pero EE. UU. no es el único en aplicar políticas que traicionan sus valores tradicionales. En Italia, el nuevo gobierno populista de derecha puso en la mira a la población rom, y Matteo Salvini, ministro del Interior y vice primer ministro, comenzó a rechazar barcos cargados de migrantes rescatados.

Hungría, por su parte, acaba de sancionar la ‘ley contra Soros’, que convierte en delito cualquier intento de parte de individuos u ONG de ayudar a un inmigrante ilegal a pedir asilo. La ley debe su nombre a George Soros, el financista nacido en Hungría y fundador de Open Society Foundations, a quien el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, acusa irracionalmente de alentar la inmigración a gran escala para debilitar a las naciones europeas.

Todo esto destaca la profundización de una crisis de liderazgo ético que puede hacer tanto daño como las migraciones descontroladas o incluso como una guerra comercial. Además de las crueles políticas que habilita, plantea el riesgo de envalentonar a gobiernos como los de China y Rusia, haciéndolos parecer razonables, incluso confiables.

Ya está sucediendo. El Foro Económico de San Petersburgo, que después de la anexión rusa de Crimea en 2014 había perdido gran parte de su influencia, volvió a activarse este año, con el presidente Vladimir Putin encabezando debates en los que participaron figuras como el presidente francés, Emmanuel Macron; el primer ministro japonés, Shinzo Abe, y la presidenta del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde.

Para asegurarse de la participación de estas figuras, Putin no tuvo necesidad de admitir errores o volver a comprometerse con la democracia o el Estado de derecho. Todo lo contrario; después de la reunión, Oleg Sentsov, un cineasta ucraniano detenido durante la anexión de Crimea, inició una huelga de hambre en nombre de los 64 presos políticos ucranianos que están encarcelados en Rusia.

Pero mientras los gobiernos occidentales emiten declaraciones críticas de Rusia por la detención de Sentsov y otros 150 presos por motivos religiosos o políticos, es evidente que su determinación de aislar a la Rusia de Putin por su conducta está menguando. Añádanse a esto políticas internas antiéticas y se verá que la presunción de ‘liderazgo moral’ de Occidente suena cada vez más hueca.

Ahora Putin y su homólogo chino, Xi Jinping, pueden sentirse más libres que nunca de ignorar las críticas de Occidente, e incluso de explayarse sobre los beneficios de la construcción de puentes. Y no es una mera metáfora: bajo el liderazgo de Putin, Rusia construyó al menos media docena de puentes, incluido uno que conecta Crimea con el territorio ruso. Estos proyectos, como otros iniciados antes de la Copa del Mundo, se ven bien. No así una huelga de hambre. Felizmente para Putin, en un mundo donde el nacionalismo viene debilitando la autoridad del derecho internacional y de las instituciones multilaterales, la moral es más relativa que nunca. Y en comparación con alguien como Trump, hasta Putin no se ve tan mal.

Pero la erosión de los ideales democráticos no puede atribuirse solamente a Trump; al fin y al cabo, el historial de EE. UU. en materia de derechos humanos dista de ser inmaculado. Durante la presidencia de Bill Clinton, EE. UU. fue uno de solo siete países que votaron contra la creación de la Corte Penal Internacional, a la que todos los gobiernos estadounidenses posteriores se negaron a integrarse. También hay que hablar de la caprichosa guerra contra el terror de Bush, seguida de la intervención militar de Barack Obama en Libia, Somalia y Yemen, contraria al derecho internacional. Es evidente que Trump no es el primer presidente estadounidense en ignorar acuerdos o estructuras globales.

Europa tampoco está a salvo de reproches. Como señaló Putin, la respuesta occidental a la anexión rusa de Crimea es muestra de cierta doble moral, dado que la UE, junto con EE. UU., apoyó que Kosovo se independizara de Serbia en 2008.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el mundo (liderado por EE. UU. y Europa) reevaluó las normas e instituciones internacionales y sentó las bases del actual orden global basado en reglas. Hoy se necesita una reevaluación similar, que tal vez deba tener en cuenta las dos grandes crisis de nuestro tiempo: las migraciones y el terrorismo internacional. Pero la egoísta estrategia de Trump de poner a “Estados Unidos primero” no conduce a ninguna parte. Tampoco se puede confiar la defensa de los derechos humanos a Rusia o China. En un tiempo en que la UE carece de confianza en sí misma y coherencia para afirmar sus valores y defenderlos globalmente ¿quién lo hará?

NINA L. KHRUSHCHEVA
Profesora de Asuntos Internacionales en The New School e investigadora sénior en el World Policy Institute, ambos con sede en Nueva York.

www.project-syndicate.org

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