Opinión

Papá, ¿qué pasó con el campamento?

La protesta pacífica es una expresión elevada de la acción política.

27 de febrero 2017 , 01:05 p.m.

Quiero que mis hijos aprendan que la paz está donde hay espíritu de emancipación, argumentación, protesta pacífica, trascendencia, valoración de la equidad y respeto por la diversidad. Me duele que esos valores tengan cada vez menos espacio en el país donde ellos nacieron. No quiero que tengan que ir a acampar en otras sociedades.

Les he dicho que la emancipación es una virtud que consiste en luchar para liberarse de un poder opresor. Por ejemplo, cuando un grupo de jóvenes y víctimas del conflicto armado deciden dormir bajo la lluvia en la principal plaza de su país para oponerse a que una guerra muy larga y dolorosa continúe. No quiero que aprendan a resignarse ante las injusticias.

Les he explicado que la argumentación es la actitud que nos permite persuadir a otro que consideramos igual. No quiero que aprendan a disuadir mediante amenazas. El alcalde Peñalosa y su secretario de Seguridad nos explicaron sin sonrojarse que esa táctica consiste en demostrar una capacidad de ejercer violencia tan apabullante que genera miedo, y así se evita cualquier resistencia ante el poder. Esta fue su justificación para rodear, con 300 hombres del Esmad, a un grupo pequeño de pacifistas desarmados en la madrugada. Por cierto, la misma justificación de la carrera armamentista en el mundo.

La protesta pacífica, están aprendiendo mis hijos, es una expresión elevada de la acción política, cultivada por líderes como Martin Luther King y Mahatma Gandhi y por iniciativas como la que adelantaron los integrantes del campamento por la paz después del plebiscito del 2 de octubre. No quiero que aprendan que la política es solo clientelismo, manipulación o imposición arrogante.

Durante las numerosas visitas que realicé a los campistas de la plaza de Bolívar, vi compromiso. Una manera de vivir que nos lleva a hacer las cosas con pasión cuando les encontramos un sentido ético. No quiero que mis hijos aprendan que la indiferencia es lo que se espera de ellos frente a grandes retos de la sociedad.

La trascendencia nos enseña que existen lugares y gestos emblemáticos. Que un sitio como la plaza de Bolívar no es un espacio público más, sino un lugar simbólico para la libertad de expresión y la democracia en Colombia. Sacar a la gente a la brava de allí es una irresponsabilidad, pues envía un mensaje terrible: si eso es posible en un sitio con ese sentido para las libertades civiles, ¿qué clase de represión será aceptable en cualquier vereda o barrio del país? Quiero que mis hijos ejerzan el poder que les toque ejercer en la vida pensando en las consecuencias de lo que decidan hacer.

El trato equitativo hace que veamos el mismo valor en todas las personas. Lo contrario es discriminar como lo hace el gobierno de Bogotá cuando asume que el campamento tenía sentido mientras lo lideraban personas de clase media bien conectadas, y dejó de tenerlo cuando la mayoría de sus integrantes, ciudadanos con menos alcurnia, decidieron sostenerlo.

La diversidad es una vivencia muy escasa en Colombia. Verla fue lo que más me conmovió del campamento por la paz. Durante días y noches, varias personas con oficios, condiciones sociales, orígenes regionales, niveles educativos y edades muy diferentes convivieron y conocieron sus realidades remotas. Tuvieron diferencias, aprendieron, equivocándose, a tomar decisiones colectivas, hicieron amistad y se enamoraron. Segregación es lo que cotidianamente les toca vivir a nuestros hijos en una sociedad donde los barrios, los colegios, los hospitales, el transporte y hasta las calles están divididos por castas y desconfianzas.

Como bien dijo alguien por ahí: antes no estamos peor en un país donde a un grupo de personas que resisten al sol y al agua durante meses para darnos un ejemplo de compromiso con la paz, no solamente no les agradecemos su esfuerzo, sino que muchos colombianos los descalifican, sin conocerlos, y la misma autoridad que dice defender las iniciativas de paz los desaloja con mentiras y violencia del lugar donde estaban.

Hace un par de días, mi hija de ocho años me preguntó: papá, ¿por qué sales corriendo para el campamento?, ¿qué pasó? Cuando le conté que ya no existía y cómo habían sacado a la fuerza a sus ocupantes, con quienes habíamos estado un par de veces cantando y conversando, me hizo la misma pregunta que le generó el resultado del plebiscito: ¿por qué hay gente que no quiere la paz? No te preocupes, le dije, los del campamento van a ir por todas partes para que la gente diga #AquíAcampaLaPaz, y seguirán poniéndole un techo de lona física o simbólica a nuestra esperanza.


Óscar Sánchez

* Coordinador nacional Educapaz@OscarG_Sanchez

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