Opinión

Neurociencia perturbadora

La buena o mala estimulación cuando somos recién nacidos es difícilmente reversible.

15 de marzo 2018 , 12:00 a.m.

Estoy en un curso en el que los mayores expertos mundiales en pediatría, neurología, bioquímica y psicología infantil explican por qué la estructura del cerebro de los niños, y sobre todo de los bebés, es diferente y maleable, comparada con la de los adultos y cómo aprendemos en la primera infancia. Esperaba que fuera ilustrativo, resultó inquietante.

Efectivamente, confirmé lo que hoy es una idea general: al cerebro de un niño lo forma el ambiente como moldeando plastilina. Y las personas reaccionamos de modo diferente a lo largo de la vida dependiendo de lo que hayamos vivido en la infancia temprana. La explicación científica demuestra que el cerebro de un recién nacido tiene muchísimas más neuronas que el de un niño grande o un adolescente, y muchas más que las de un adulto. Esas neuronas se van perdiendo rápidamente a partir de las últimas semanas antes de nacer por un proceso de “poda” que va hasta nuestra juventud, pero que durante los primeros meses de vida es asombrosamente veloz. En esas etapas tempranas del desarrollo infantil los neurotransmisores actúan para conectar neuronas que se estimulan entre sí, dando forma a la red de conexiones cerebrales y, en últimas, al cerebro en sí. Entre tanto, aquellas neuronas que no se conectan, desaparecen. Así que el cerebro aprende a ver, oír, recordar y reaccionar ante estímulos que lo van moldeando, y pasados ciertos momentos críticos ya no se pueda aprender con igual facilidad, porque sencillamente el cerebro es otro físicamente.

Dicho de un modo más crudo: la buena o mala estimulación cuando somos recién nacidos es difícilmente reversible. Y de esa estimulación depende que seamos cooperantes o indiferentes con las demás personas, que tengamos mayores o menores capacidades para el lenguaje y el razonamiento, y nuestro bienestar físico y emocional adulto en general está vinculado con ese proceso inicial.

Las personas reaccionamos de modo diferente a lo largo de la vida dependiendo de lo que hayamos vivido en la infancia temprana.

Los experimentos son tenaces. Por ejemplo, estudian lo que pasa con niños que nacieron con visión o audición limitada y a los pocos meses recuperaron esas facultades. Cuando les hicieron seguimiento en su adultez, se dieron cuenta de que su cerebro era diferente, y como consecuencia, su desempeño en la vida. También les han hecho seguimiento a los 170.000 niños que el régimen del dictador rumano Ceausescu mantenía en orfanatos. Este gobernante había presionado a las mujeres a tener hijos y luego el régimen los crió. Cuando Ceausescu cayó, los niños tomaron distintas trayectorias, y al seguirlos, los neurólogos y psicólogos han comparado los cerebros y las conductas de las personas que pasaron más semanas y los que pasaron menos semanas en los orfanatos y de los que fueron adoptados, los que regresaron con sus familias biológicas y los que fueron a hogares sustitutos. Y la conclusión es que el afecto y en general la interacción que se dejó de recibir en los primeros meses de vida tuvo efectos posteriores muy claros.

Todo esto permite sacar conclusiones positivas: si los gobiernos se ocupan de que las familias y comunidades tengan capacidad, tiempo y apoyo para hablar, cantar, consentir, alimentar y proteger a sus bebés, los niños, los adultos y las sociedades del futuro serán mucho más pacíficas y prósperas. Por ejemplo, si priorizáramos en serio el trabajo del ICBF y los hogares comunitarios, ampliáramos el preescolar y mejoráramos la formación de las personas desde sus inicios, nos ahorraríamos mucho de los esfuerzos posteriores por remediar males que habríamos tenido que prevenir. Algunos estudios longitudinales muestran los impactos positivos que tuvieron programas de atención infantil en los años sesenta y setenta en varios países, a cuyos beneficiarios, que hoy tienen cincuenta y sesenta años, se les ha hecho seguimiento.

Si los gobiernos se ocupan de que las familias y comunidades tengan capacidad, tiempo y apoyo para proteger a sus bebés y niños, las sociedades del futuro serán mucho más pacíficas y prósperas.

Pero yo no estaba preparado para el lado oscuro de la reflexión: como los científicos muestran lo que pasa cuando no se hace el esfuerzo necesario y se somete a niños muy pequeños al estrés que producen el abandono, la soledad o condiciones severas de maltrato, también explican que muchos chicos que hoy en día son delincuentes, adictos o incluso padecen enfermedades crónicas, fueron maltratados en su infancia. Y también afirman con una franqueza chocante, que dado que su anatomía y su fisiología han sido “dañadas”, estas personas van a tener muchas dificultades para tener una vida integrada. Y entonces los compañeros del curso, que vienen de varias partes del mundo y contextos institucionales diversos, comienzan a hacer preguntas como: ¿entonces estos chicos están condenados?, y no falta quien dice, “bueno, entonces ya sabemos por qué los criminales son así”. Y de ahí a considerar a una persona “desechable”, como se hace en Colombia, ya no solamente porque es adicta, sino porque fue maltratada en la niñez, puede haber una distancia ridículamente corta.

Yo he visto los efectos de la pedagogía, de la experiencia juvenil y adulta, de la motivación basada en un ambiente potente, y cómo todos los chicos pueden llevar una vida feliz y pertenecer a comunidades integradas si reconocemos sus diferencias y los colegios, la sociedad y el Estado se proponen integrarlos. Así que estos enfoques médicos no me llevan a aceptar como permanentes las conclusiones brutales de los científicos del curso que he vivido esta semana. Pero es un hecho que las oportunidades para generar impactos positivos en el aprendizaje de las personas durante el período comprendido entre los últimos meses antes de nacer y los dos primeros años de vida primero, luego, durante los primeros seis años, y en últimas durante el período hasta el final de la adolescencia, son determinantes. No hay atajos: la educación inicial y la educación básica en la familia, la comunidad y la escuela son críticas si queremos una mejor sociedad.

ÓSCAR SÁNCHEZ
*Coordinador Nacional Educapaz

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA