Opinión

Más de 100 años resistiendo la escuela tradicional

La línea radical que buscaba eliminar la escolarización obligatoria se ha tornado posible.

26 de abril 2018 , 12:00 a.m.

A pesar de Comenio, de Kant y de Rousseau, el humanismo no se convirtió en el sello fundamental de la institución escolar moderna. Hace 300 años, con el despotismo ilustrado, Prusia comenzó a establecer una educación pública obligatoria y gratuita que instruyera a las masas para la guerra y la producción industrial. Y hace más de dos siglos ese modelo de escuela para la obediencia, la disciplina y la estandarización llegó a todos los estados nacientes del mundo occidental y es la esencia de la organización escolar hasta hoy.

Una educación que enseña a leer, escribir y contar, pero sobre todo a memorizar datos y a seguir instrucciones sin mayores reparos se generalizó en el siglo XIX en algunos países y en otros en el siglo XX. Mayor libertad religiosa, movilidad social para los estudiantes académicamente talentosos que se convertían en burócratas del gobierno y las empresas, empleos estables como obreros y capataces en la sociedad industrial para quienes asimilaban el currículo, y la posibilidad generalizada de acceder a ciertos bienes de la cultura como los libros fueron algunos méritos de ese modelo. El precio era la renuncia a la diversidad y la libertad en una escuela indolente. Las identidades nacionales y la producción en serie para el mercado o para la economía centralizada en el comunismo necesitaban esa institución; por eso se generalizó más allá de las fronteras ideológicas.

Pero desde la filosofía y ciertas ramas de la pedagogía y la psicología, durante el siglo XIX (Pestalozzi, Girard, Marion), muy especialmente en los albores del siglo XX (Dewey, Steiner, Cousinet, Decroly, Montessori) y durante los últimos 50 años (Neill, Freire, Foucault, Illich) se estuvieron preguntando cómo fue que se perdieron la libertad, el sentido crítico y muchos otros valores de la ilustración humanista en esa escuela tan destructiva. Y sus teorías, que han estado ahí, a veces proponiendo nuevas pedagogías, a veces proponiendo el fin de todas las escuelas, hoy son el pan de cada día.

Una educación que enseña a leer, escribir y contar, pero sobre todo a memorizar datos y a seguir instrucciones sin mayores reparos se generalizó en el siglo XIX y en el siglo XX.

La línea radical que buscaba eliminar la escolarización obligatoria se ha tornado posible y no solo un exotismo rebelde. Al menos 20 millones de chicos en el mundo reciben hoy educación en casa o en comunidades de crianza. Y las propuestas para generalizar en las escuelas una educación basada en análisis de problemas y proyectos, el trabajo en equipo, la motivación de los estudiantes y el reconocimiento de sus peculiaridades se han vuelto hegemónicas en el debate omnipresente de la innovación.

¿Cómo es el discurso innovador? Expone las ideas de descubrimiento, investigación, indagación, creación, contacto con la realidad, interés, motivación y libertad de elegir de los estudiantes, constructivismo social, flexibilidad curricular, espacial y horaria, reconocimiento de la diversidad y la multidimensionalidad de los seres humanos, personalización y apoyo a los estudiantes en sus ritmos y necesidades específicas, vínculo de la educación formal con la familia y la comunidad, y en algunos casos educación emancipadora y escuelas democráticas. Y recientemente se pregunta por el papel de las tecnologías de la información y las comunicaciones para hacer realidad esas formas escolares.

¿Ideas nuevas? Para nada. Innovaciones en boga, totalmente. ¿Y si eran tan viejas, por qué no se hacían? O mejor dicho, ¿por qué todavía no se hacen en todas partes, aunque tanto se hable y se haya hablado de ellas?

Lo que antes era un sueño de hippies, ahora es una necesidad del mercado. Los empleadores quieren generalizar las escuelas parecidas a las que antes solo toleraban para la gente “especial”.

Hace poco estuve varias horas en un colegio un día de vacaciones escolares. Aunque no había estudiantes, a alguien se le olvidó apagar una sirena que se activaba con un reloj mecánico cada ciertos minutos para marcar tiempos tan inflexibles e idénticos que hacían recordar las fábricas del siglo XIX y los campos de concentración nazis en la películas históricas.

Así siguen siendo la mayoría de las escuelas: un número específico de estudiantes por profesor, unos textos (en papel o en tabletas) que contienen un currículo establecido para todo un país por grados y asignaturas; un profesor por curso en primaria, y por materia en secundaria, que se para frente a hileras de estudiantes y usa para exponer un tablero (de tiza, acrílico o digital); unos castigos específicos a las faltas tipificadas en un reglamento que administra una persona a cargo de la disciplina, formas de vestir y hablar apropiadas e inapropiadas; campanas y sirenas que marcan los tiempos; rejas que definen los límites físicos, filas para entrar, salir, comer; exámenes que meten miedo y clasifican al competente del limitado…

Pero cada vez hay más excepciones. Y lo que antes era un sueño de hippies, ahora es una necesidad del mercado. Como la economía fabril se está reduciendo y las economías creativas están en boga, los empleadores quieren generalizar las escuelas parecidas a las que antes solo toleraban para la gente “especial”. Y lo que lleva más de un siglo como idea alabada e ignorada, comienza a ser una propuesta popular entre los poderosos (del ‘mainstream’ o mayoritaria, como se dice elegantemente). Los bancos internacionales y las políticas educativas de los países ricos priorizan las competencias blandas, las competencias del siglo XXI, las pedagogías colaborativas, y en el mundo se libra una lucha para cambiar de paradigma escolar. No deja de sonar ridículo que se llame innovación a algo que existe hace 100 años (quizás 200). Y entre quienes llevan décadas en la tarea de implementar pedagogías alternativas en América Latina, con quienes hablo frecuentemente, despierta sorna unas veces y preocupación otras que sus ideas ahora sean dominantes. Algunos lo vemos como riesgo y oportunidad.

Lo que es increíble, es que en Colombia el Ministerio de Educación y algunos sectores del magisterio sigan yendo en contravía, proponiendo parámetros y horarios milimétricos, infraestructura medida en número de aulas convencionales, énfasis en competencias básicas y evaluaciones estandarizadas limitadas en su contenido o métodos represivos como la reprobación de cursos a quien no obtenga logros establecidos en un plan de estudios rígido. Y que ejemplos de iniciativas docentes maravillosas para llevar esta nueva pedagogía al sistema público que florecen en muchas escuelas, o políticas ampliamente reconocidas por haberlo hecho, sigan teniendo audiencias limitadas.

Veremos si ganan las elecciones los candidatos presidenciales en cuyos programas de gobierno aparecen ideas que el país ya ha probado, como las experiencias de educación popular de varias organizaciones sociales urbanas y rurales (Acpo, Fe y Alegría, Coreducar, por ejemplo); la Escuela Nueva versión colombiana, que adapta metodologías como Montessori al mundo popular rural; la Jornada Completa que el sistema público Bogotá puso en marcha hace algunos años con formación integral y centros de interés; los aprendizajes en etnoeducación y educación propia del mundo indígena y afrodescendiente que emergen todos los días en muchas partes del país; o la idea de que los maestros se formen al más alto nivel para investigar sus propias prácticas en sus verdaderos contextos. Y si ganan, si logran que los intereses para mantener la escuela tradicional o para impedir que se financie el cambio les permiten cumplir esos programas y hacer que Colombia sea uno de los países que ahora apuestan por innovaciones de hace siglos.

ÓSCAR SÁNCHEZ
*Coordinador Nacional Educapaz

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