Opinión

Lo que dijo Uribe y el que Uribe dijo

En Colombia, personas de izquierda y de derecha han mostrado doble rasero para juzgar a los demás.

03 de mayo 2018 , 05:37 a.m.

Ha generado indignación unánime y merecida el gesto de Álvaro Uribe cuando, ofendido por la rechifla de unos estudiantes, dijo que eso pasa porque los maestros solo enseñan a calumniar y a insultar, mientras él se la pasa enseñando a debatir con argumentos. Además de lo feo que se ve a todo un expresidente descalificando a gritos a alguien, que haya hecho un ataque generalizado al medio millón de profesionales que constituyen el principal referente intelectual de nuestros niños y jóvenes lo hace acreedor a una enorme molestia. Sin embargo, hay que hacerse algunas preguntas más allá del hecho.

Recuerdo a Antanas Mockus cuando, ante una rechifla se bajó los pantalones, mostró el culo, y aunque renunció a su cargo de rector universitario, a la larga resultó aplaudido. Fíjense que Antanas descalificó a los estudiantes. Pero no generalizó, sino que se centró en los que no lo estaban dejando hablar. Y, sobre todo, tenía cómo demostrar que su talante es el del diálogo, y su indignación en ese momento, una situación particular. Uribe no.

Comienzo por reconocer que la manera como se ataca a Álvaro Uribe no es menos aleve que como él ataca. Opino que deberían dejarlo hablar en todas partes, y que si cualquier ciudadano sale a tratarlo con grosería, merecería un llamado de atención. En Colombia, millones de personas de izquierda y de derecha han mostrado ser sectarias y tener doble rasero para juzgar a los demás. Y, por eso, el llamado a la moderación es para todos. Y quizás miles, también de ambos extremos, todavía justifiquen la violencia perpetrada por sus amigos. Lo que es muy grave y nos lleva a un mal pronóstico para la paz del país, del cual los uribistas tienen mucha culpa, pero no exclusiva.

La crítica de un ciudadano es un gaje del oficio y no justifica que quien ha el hombre más poderoso del país termine atacando la dignidad de un colectivo enorme y valioso como los docentes.

El punto es que hay personas tan sectarias como el expresidente Uribe, con seguidores oscuros como él, y que hagan frecuentemente una justificación selectiva de la violencia. Pero lo que no hay es quien reúna esas tres características y tenga el poder que él tiene. Lo que lo hace ya no incómodo o guerrerista en sus posturas políticas, sino realmente peligroso. Peligroso porque enseña no a debatir con argumentos como dice, sino a no ver nada en el propio ojo, incitando a la violencia contra el prójimo. Cuando la víspera se ha calificado a alguien de “buen muerto”, o cuando ante la masacre de miles de muchachos indefensos por parte de la tropa profesional del Estado, al presidente del país en el que ocurre esa violación descomunal de los derechos humanos se le antoja decir que “algo malo tendrían que estar haciendo”, no creo que quepa ahora su indignación en medio de una campaña electoral porque unos estudiantes universitarios lo chiflen.

Es comprensible que a Álvaro Uribe le disguste que le digan que sus hijos son corruptos, que su hermano es un asesino y que él es ambas cosas. O que le recuerden a gritos en todas partes cuántos delitos han cometido sus aliados políticos. Más allá de la veracidad, falsedad o exageración de tales acusaciones, lo natural es que reaccione para rechazarlas. Pero un líder político con experiencia sabe que si uno no quiere que lo juzguen sin conocerlo, no debería hacerse figura pública. La mera exposición mediática tiene como efecto que todo el mundo se considere con el derecho de hacer conjeturas bien o mal informadas sobre uno. No deberíamos destrozar la honra de todas las personas solo por aparecer en los medios o tener poder, y de hecho esa tendencia actual aleja a mucha gente buena del servicio público. Pero la crítica áspera de un ciudadano cualquiera es un gaje del oficio y no justifica que quien ha sido por años el hombre más poderoso del país termine atacando la dignidad de un colectivo enorme y valioso como los docentes.

Y, ¿con qué derecho se indigna cuando hasta ahora nunca lo hemos visto ordenar el cese de las actividades de sus hordas de tuiteros dedicados a destruir honras ajenas escondidos cobardemente tras seudónimos? El poder ciega, me explicó alguna vez alguien. Y eso es lo que le pasa a Álvaro Uribe. Mucho me temo que en un eventual gobierno de Iván Duque, el expresidente y un amplio espectro de funcionarios estatales (no todos, pero sí demasiados para mantener una democracia sana) se dedicarían a maltratar a la juventud, a los maestros, a la intelectualidad, a los medios independientes, a la cultura no oficial, a los movimientos sociales, obviamente a la oposición política, y prácticamente a cualquier ámbito de la sociedad en el que se plantee una visión crítica del Estado.

Ya Julián Rodríguez, un estudiante de la Universidad Nacional que le preguntó a Iván Duque si había cambiado de opinión frente al tema de la penalización de la dosis personal, ha denunciado que desde entonces recibe amenazas. ¿Qué tipo de educación emancipadora y para el pensamiento crítico podríamos llevar adelante en el gobierno del que Uribe dijo?

ÓSCAR SÁNCHEZ
*Coordinador Nacional Educapaz

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