Opinión

Irlanda del Norte y la educación para la reconciliación

Este país se está tomando en serio la educación y  la superación de los muros que los separan.

27 de febrero 2017 , 01:33 p.m.

Segregación y sectarismo son dos palabras que los protagonistas del proceso de paz de Irlanda del Norte, reconocido como exitoso, usan para describir su frustración. Después de casi 20 años de firmados los acuerdos, la violencia física casi ha desaparecido, pero el conflicto en la vida cotidiana apenas comienza a ser superado.

Un símbolo dramático es un muro de 40 kilómetros de largo y hasta 30 metros de alto que divide a la pequeña ciudad de Belfast. De un lado está el oriente, protestante y probritánico; del otro lado, el occidente, católico y nacionalista. Hay un solo gobierno de la ciudad y el país, una zona integrada y enormes esfuerzos institucionales para crear espacios físicos, realidades económicas y acciones políticas para el encuentro. Pero el muro sigue en pie. Hay áreas adyacentes en las que se han construido hospitales, centros educativos y parques para el uso compartido, y se han habilitado puertas para personas y medios de transporte. Incluso las autoridades han fijado plazos máximos para derribar la pared. Pero la gente se opone: en la consulta que se hizo en el 2012, un 69 por ciento de la población de ambos lados propuso mantenerlo ante el temor de actos de violencia. La gente prefiere ir hasta lugares muy remotos para cualquier cosa antes que cruzar al otro lado y las puertas se siguen cerrando cada noche.

Durante siglos, católicos y protestantes vivieron en conflicto, y en los años 20 del siglo pasado, con la separación de la República de Irlanda en el sur, vino un periodo de tensión, protesta e inestabilidad en Irlanda del Norte, que llevó en 1968 a grandes disturbios por la discriminación política, laboral, cultural y de acceso a la vivienda contra los católicos. Con la radicalización vinieron las trincheras y rápidamente se pasó de los ataques con insultos, piedras y armas rústicas a la quema de casas, la ocupación del ejército británico y el primer muro. Luego vinieron ataques con armas poderosas, los paramilitares de la UVF (entre otros) y los guerrilleros del IRA (y algún otro grupo) se organizaron y establecieron alianzas internacionales, las cárceles se llenaron, hubo huelgas de hambre, las bombas estallaron en Belfast, se fortalecieron las bases políticas y hubo un crecimiento de la acción electoral. Después hubo terrorismo en Inglaterra y en la República de Irlanda, un primer cese del fuego, más terrorismo y, en 1998, el Acuerdo de Viernes Santo, que incluyó un referendo aprobatorio, el desarme del IRA y los paramilitares (que tomó varios años más), un gobierno democrático más incluyente, la entrada en la política legal del Sinn Féin y la recomposición de los partidos.

De ahí en adelante se ha adelantado un proceso de paz en el que han participado europeos, norteamericanos y los gobiernos locales de distintos signos ideológicos. Y la conclusión tras enormes inversiones sociales y dos décadas de prosperidad económica para católicos y protestantes es que la reconciliación solo vendrá con la transformación cultural, por el camino de la educación.

En los últimos años se han fortalecido las universidades tradicionales, y en estas se han creado institutos de paz reconocidos mundialmente, se han establecido currículos y métodos pedagógicos en favor de la tolerancia en el sistema educativo (hay uno impresionante, que me recordó los programas Simonu y Generación de Paz en Bogotá, pues lleva a excombatientes de ambos bandos a conversar con los estudiantes de colegio). Asimismo, se han promovido iniciativas de formación política democrática para líderes comunitarios, se ha fundado una red de institutos de formación para el trabajo (colleges) de primer nivel, se han construido museos y hasta las cárceles se han convertido en centros educativos. Y con esas medidas comienzan a verse frutos de reconciliación. Pero un indicador muestra la magnitud del reto: hoy en día, solo un 6 por ciento de las escuelas son integradas; es decir, los niños se educan solo con los de su propio origen.

Una serie de evaluaciones recientes de las enormes inversiones del posconflicto se han realizado para focalizar mejor los esfuerzos y dirigirlos hacia la llamada ‘paz estable y duradera’. Estas concluyen que las medidas económicas de reparación a víctimas, de reintegración de combatientes y los programas de desarrollo en general deben seguir, pero que trabajar con niños y jóvenes y hacer explícitos en la educación los conflictos para aumentar su comprensión en clave política son la prioridad de los próximos años en ese país.

Irlanda del Norte tiene una población predominantemente urbana que no llega a los dos millones de habitantes, un territorio equivalente al 2 por ciento del de Colombia y unos servicios sociales, unas circunstancias económicas y una capacidad institucional que nos superan enormemente. Se tomó en serio la paz y ha logrado superar la violencia.

Ahora se está tomando en serio la educación y, por esa vía, la reconciliación, es decir, la superación de los muros de la segregación y el sectarismo, que separan a su población. ¿Qué hacer para que los colombianos también nos tomemos en serio la educación para la reconciliación y logremos tumbar las enormes paredes que nos separan?


Óscar Sánchez

* Coordinador nacional de Educapaz@OscarG_Sanchez

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