Opinión

Hipersectorialismo y corresponsabilidad en la crianza

Por qué es difícil mantener un programa cuya conveniencia es obvia. La respuesta es el sectorialismo

28 de junio 2018 , 12:00 a.m.

Expliqué la semana pasada cómo las visitas domiciliarias están de nuevo en lo más alto de la lista de prioridades para la atención a la primera infancia.

Cuando yo era adolescente, mi mamá pasaba en Navidad por los hogares pobres de nuestro pobre pueblo para llevar regalos a los niños. Una práctica muy incoherente con la idea de los derechos, que me hacía sentir incómodo y que me marcó mucho. Y una vez, en una de esas visitas vimos cómo una madre enferma y solitaria, literalmente, estaba dejando morir de hambre a su bebé. Cuando llevamos al niño y a la mamá al hospital, allí dijeron que ya habían ido una vez a consulta y habían diagnosticado el estado de desnutrición de ambos, pero que en ese hospital ya no tenían programa de visita domiciliaria y la precaria comunicación con el ICBF no había permitido resolver el caso. Así que el niño habría muerto si nadie se hubiera ocupado de volver a llevarlo al hospital.

Y es que un equipo interdisciplinario de profesionales y líderes comunitarias que conoce a una familia, además de alertar sobre una madre deprimida y solitaria, sabe qué pueden ofrecer las familias a un bebé y qué necesitan reforzar, puede precisar lo urgente y lo importante (el balance entre alimentar y trabajar en el desarrollo de los niños, por ejemplo) y hacer acompañamiento, incluso con tecnologías de la comunicación. Es una estrategia poderosa para la educación inicial y la atención a la primera infancia desde el vientre materno hasta los 2 años de edad. Y se trata del periodo más crítico en la formación del cerebro, como hemos visto en esta columna varias veces, desde distintas perspectivas.

Si no hay trabajo en equipo en los temas de infancia y juventud entre las instituciones y de ellas con la gente, la plata, que es poca, se volverá poquísima.

El ejemplo de las visitas domiciliarias nos sirve para mostrar cómo algo que siempre ha existido, porque su pertinencia es obvia, tuvo una época de apoyo estatal en el sector de la salud en Colombia, luego redujo su frecuencia por motivos como la aparición de las EPS y su precaria atención preventiva, y ahora ha resurgido, porque evaluaciones internacionales han mostrado que es clave para la corresponsabilidad entre la familia, la comunidad y los funcionarios del Estado. ¿Por qué puede ser difícil mantener un programa cuya conveniencia es obvia? Una de las explicaciones se llama en jerga técnica sectorialismo.

Para atender un desafío social se crean sectores; es decir, instituciones y burocracias especializadas. La aparición de la escuela pública moderna o de los sistemas de salud pública es algo bueno, porque plantea objetivos definidos, presupuesto, cobertura, profesionalismo y métodos claros. Pero cuando la lógica de esas instituciones y burocracias se vuelve cerrada, comienza a crear ciencias que justifican ese encierro, y termina por hacer que los profesionales compitan entre sí y se aíslen de las comunidades o quieran instruirlas y usarlas más que acompañarlas. Así aparece el hipersectorialismo.

La idea de la corresponsabilidad entre familia, sociedad y Estado, nítidamente escrita en nuestra constitución, es maravillosa. Implica que los sectores trabajen juntos, es decir, que enfermeras y médicos junto con educadoras y artistas puedan planear y trabajar en equipo. Implica que el local de uno u otro (consultorio, jardín, colegio, taller) no se vuelva más importante que los niños y sus entornos.

También implica evolucionar y mantener la fuerza de lo que se sabe sin temor a ponerlo al servicio de otros (como por ejemplo, si el programa de Hogares Comunitarios ha tenido éxitos y dolores, cómo no descartarlo ni aferrarse a él ciegamente, sino trabajar con las madres comunitarias en sociedad con el mundo educativo y el de la salud). Un hogar comunitario no debería ser una alternativa que ‘compite’ con un jardín infantil o un programa de visitas domiciliarias, sino su perfecto complemento. De lo contrario, veríamos a los niños sin atención mientras quienes deben atenderlos se niegan información, se duplican en las tareas o tratan de hacer lo que saben y lo que no saben, cuando tienen al especialista a una cuadra de distancia.

Si no hay trabajo en equipo en los temas de infancia y juventud entre las instituciones y de ellas con la gente, la plata, que es poca, se volverá poquísima, y el talento humano con que contamos, que es bastante, no llegará a la gente.

Hay cosas obvias que no pasan, como que si tenemos dos o tres grandes contingentes de personas en el terreno, carece de sentido inventarse nuevas grandes burocracias. Para el caso, en el país hay más de 40.000 escuelas con maestras pagadas por el Gobierno, y números parecidos de puestos de salud con promotores, enfermeras y médicos y madres comunitarias con experiencia y sus casas acondicionadas para alimentar y cuidar.

¿Tiene sentido que cada uno atienda en horarios determinados y con servicios separados, sin pensar su complementariedad? ¿Qué tiene más sentido, inventarnos nuevos locales y horarios de oferta para llevar arte o juego a los niños, o llevar a artistas y educadores iniciales a trabajar conjuntamente con maestras, enfermeras y madres comunitarias en escuelas, puestos de salud y en las casas de los niños? La Ley 100 y De Cero a Siempre son ejemplos de políticas erráticas para responder esas dos preguntas.

El concepto estratégico se llama capilaridad. Es decir, saber cómo llegar efectivamente a donde la gente está. Y hay ejemplos muy interesantes, como la coordinación de los programas Territorios Saludables, Preescolar de Tres Grados, Arte para la Niñez y Atención a la Primera Infancia en Ámbito Familiar dentro del macroprograma Ser Feliz, Creciendo Feliz, en Bogotá, que lamentablemente fue desmontado recientemente. Parece lógico que las enfermeras lideren equipos interdisciplinarios de atención integral hasta los 3 años en el trabajo con las familias, que las maestras tomen la posta entre los 3 y los 6 años, que la alimentación, las alertas y el seguimiento al desarrollo se centren en el trabajo de las madres comunitarias, apoyadas por los demás sectores, y que el ICBF y el sector cultura, además de otros con tareas más específicas, como la Registraduría y transporte, dispongan su capacidad para apoyar esos procesos. Que se haga planeación y análisis de los aciertos y errores entre todos.

¿Y es que eso no pasa?, se preguntará un lector desprevenido. No, no pasa.

ÓSCAR SÁNCHEZ
* Coordinador nacional de Educapaz

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