Opinión

El miedo adulto y la autonomía infantil

Entre un niño a merced de extraños y un niño encerrado, deben construirse colectivos para cuidarlos.

27 de febrero 2017 , 01:20 p.m.

La idea de que nuestros hijos necesitan libertad y confianza para crecer sanos se ha vuelto utópica. Nos domina el miedo: la más fuerte de las emociones.

Por estos días desconfío de cualquier persona que se arrime a mis hijos. Puedo confirmar con datos que hace un año o dos el riesgo era idéntico al de ahora, y que los abusadores siempre han estado aquí y en muchos países, en todos los contextos sociales y culturales. Colombia, siendo un país con una posición mala en los índices internacionales de garantía de los derechos de los niños, no es el reino de los violadores. Pero a pesar de conocer esos datos, el miedo de esta semana ha sido más fuerte que el de casi cualquier otro momento en mi vida.

¿Y cómo carajos, entonces, muerto del pánico, voy a estar recomendando serenidad? Pues sí. El instinto no nos puede ganar. Cuando miles y miles de personas desconfían de ellas mismas, el resultado es una sociedad individualista y defensiva, en la que no se cuidan los unos a los otros (y menos los unos a los niños de los otros), sino los unos de los otros. Y eso, generalizado entre personas del promedio, es más grave que la amenaza marginal de los psicópatas.

Los derechos de los niños en este país son muy vulnerados. La pobreza, la condición étnica, la ausencia de educación y el conflicto armado (La Guajira, el Guaviare y el Chocó, por ejemplo, lo demuestran) representan amenazas de gran impacto. Y tenemos muy graves realidades de trabajo infantil y prostitución de niños y niñas.

Pero eso es diferente del abuso sexual contra niños por parte de extraños. Y el principal riesgo para los infantes, no solo de ser violados sino hasta de accidentes, está en sus propias casas. Es más preocupante la amenaza de extraños a niños en India o Sudáfrica, e incluso en Estados Unidos y el Reino Unido, que en Colombia (ver estudio: http://www.ibtimes.co.uk/child-sexual-abuse-top-5-countries-highest-rates-1436162).

Lo que dice Francesco Tonucci (Frato), pedagogo contemporáneo esencial, al describir las ciudades de esta época, es que la soledad que se deriva de la desconfianza lleva a los niños a crecer en sociedades enfermas, que no dejan que su autonomía florezca (ver enlace: http://www.lacittadeibambini.org/spagnolo/interna.html). Y que la única manera de tener sociedades sanas es liberando a los niños. Entre el peligro de un niño a merced de extraños y un niño enjaulado en la sobreprotección de una familia asustada, existe una tercera opción: construir colectivos y territorios capaces de cuidarlos solidariamente y permitir su participación efectiva. Propone incluso darles a los pequeños voz y voto (voto, cómo no, concertado con sus padres). Y lograr así que los adultos en el Gobierno y en las empresas los oigan antes de decidir cómo construir espacios físicos y qué dinámicas económicas, culturales y comunitarias generar (horarios laborales, diseño de productos, programación de televisión…). Sobre todo propone que los adultos menos poderosos acompañen juntos a todos los niños pequeños de su cuadra primero, y progresivamente a los del barrio y la ciudad a medida que van creciendo. Y entonces el carro y las autopistas comienzan a desaparecer, todo el mundo camina; los parques, las calles, el urbanismo, el transporte, los hospitales y, por supuesto, las escuelas cambian radicalmente. Y ya no se protege a los niños limitándolos para tranquilizar a los adultos, sino que se los cuida en libertad.

¿Utopía literaria? Tal vez. Pero ojo, Frato nos alerta: la cantidad de niños que se mueven solos en las calles (no abandonados sino autónomos) es un termómetro de la calidad de vida del lugar. Y cuando lo pienso, de las ciudades donde he vivido, desde Santa Marta por aquí, hasta St. Catharines en Canadá, ese andar libre de los niños confirmó el indicador positivo de que en la ciudad en general se vive bien y de modo solidario. Entre tanto en Bogotá o Londres, y ahora también lo veo en Ibagué, los niños solo pueden jugar con sus papás en zonas cerradas de parques con un rodadero y un columpio cuando los llevan a actividades extracurriculares contratadas y dirigidas por adultos, o sentados frente a un videojuego. Y la ciudad es así para todo: atomizada, solitaria en el tumulto. Mal indicador.

Los padres de familia estamos dedicados a proteger de todo el mundo a nuestros hijos. Pero la asquerosa impotencia que hemos sentido en estos días no nos debe cambiar la escala de prioridades: encerrar a los psicópatas es importante, pero eso depende de jueces y fiscales. Ofrecer a los niños con familias frágiles o inexistentes protección estatal, es más importante y depende de prioridades que podemos fijar políticamente entre todos. Pero organizar una comunidad solidaria para poder garantizar a nuestros hijos autonomía, juego y aprendizaje libres, y crecimiento sano, depende de lo que hagamos cada día en nuestro entorno próximo, y es de lejos lo más importante. Lo que está más cerca de nosotros, de lo que más depende el bienestar de nuestros hijos, es lo que menos enfatizamos.


Óscar Sánchez

*Coordinador Nacional Educapaz@OscarG_Sanchez

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