Opinión

El espíritu de ‘lucha por la paz’

¿Seremos capaces de “desemocionarnos” en la confrontación para entusiasmarnos con algo que nos una?

23 de noviembre 2017 , 12:00 a.m.

Si desde la derecha y la izquierda se manipula fácilmente a una ciudadanía mal educada para la convivencia y se la mueve al extremismo, surge la pregunta: ¿cómo generar anticuerpos frente a esa manipulación? 

Una tarea es crear conciencia de que nuestros riesgos no están en las influencias internacionales, sino en la dificultad para superar nuestro pasado de violencia política, religiosa y mediática y en la posibilidad de seguir alimentando el odio entre gentes del común. Otra es poner en las prioridades de escuelas y universidades la educación Crese, es decir, formación de capacidades ciudadanas cívicas y políticas, disposición para la reconciliación y aprendizaje de competencias sociales y emocionales. Así lo explicábamos la semana pasada: ver columna '¿Sectarismo o reconciliación?'

La filósofa Martha Nussbaum nos trae un elemento adicional: todos vivimos en un mundo de emociones políticas. La psicología puede y debe ser usada por proyectos democráticos y no solo por líderes sectarios, autoritarios o populistas. Me puso a pensar… ¿por qué hemos fallado en la construcción de un espíritu de ‘lucha por la paz’? Entre las ausencias de un discurso político más poético y de una construcción simbólica de la identidad a través del arte y la comunicación, ¿los colombianos seremos capaces de ‘desemocionarnos’ en la confrontación para entusiasmarnos con algo que nos una?

Necesitamos literatura, escultura, cine, música, teatro (y lo más jodido, periodismo, entretenimiento televisivo y debate virtual) que hagan algo por la reconciliación. Y ese algo no puede consistir en negar el dolor genuino de las víctimas de la guerra y de la injusticia social. No es ni maquillaje ni anestesia. Y no puede ser indolente ni incoherente (quizás por eso el gobierno Santos ha logrado firmar la paz política, pero no legitimar la paz ciudadana). Tiene que ser un mensaje simbólico que venga acompañado de una propuesta seria de inclusión. Veamos dos ejemplos.

¿Cómo creamos mecanismos para comprender el dolor legítimo de las víctimas y permitir que se haga justicia, más que para el castigo, para aprender, curar, perdonar y no repetir?

En primer lugar, queremos justicia frente a las atrocidades perpetradas en la guerra y a la vez doblar la página del conflicto armado. Y para eso necesitamos un mecanismo de justicia transicional: la tan polémica Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). Pero para que la JEP pueda ser vista como algo más que un tribunal de guerra blandito con los criminales, necesitamos un sentimiento colectivo de apego a la justicia restaurativa, el principio moral que esta institución encarna y que debemos compartir los ciudadanos.

¿Cómo creamos mecanismos para comprender el dolor legítimo de las víctimas (“la puta rabia”, como dice un amigo y experto maravilloso) y permitir que se haga justicia, más que para el castigo, el escarmiento o la venganza, para aprender, curar, perdonar y no repetir? Pasa por conceptos, juicios, procedimientos legales y comisiones de la verdad. Pero también por una emoción política que solo obtendremos si logramos que las familias, las escuelas y los barrios apliquen mecanismos que curen cuando tengan que enfrentar sus conflictos. Y para eso hay que meterse en las emociones cotidianas de la gente cuando se emberraca y ayudarle a cada quien a ponerse en los zapatos de otros y a pensar en sí mismos cuando han sido víctimas o victimarios. No con una campaña publicitaria que genere una emoción pasajera, sino propiciando las oportunidades para vivir experiencias potentes de justicia restaurativa, emocionarse sintiéndolas y reflexionar sobre ellas.

Y segundo, queremos un mundo rural sin violencia. Pero cuando nos dicen que muchos niños, niñas y jóvenes del campo no tienen profesor ni escuela a donde ir, que a la hora de repartir el presupuesto para la educación rural no hubo con qué, pero, en cambio, las economías ilegales campean en las zonas rurales aisladas y los territorios étnicos, eso pasa como un dato más de la cotidiana injusticia, o peor aún, hay quienes lo ven como un efecto de la falta de espíritu de una gente que “vive lejos y no se esfuerza lo suficiente”. Ciertamente, si queremos cerrar la fábrica de los guerreros, necesitamos que la sociedad se conmueva y exija un cambio de prioridades para conseguir una paz generacional, ofreciendo oportunidades a quienes se involucran desde muy jóvenes en la guerra porque no hay mejor opción. Y para eso hay que crear emociones políticas, no solo de compasión por los chicos y chicas víctimas, sino de compromiso con muchos jóvenes llenos de vida y sin opciones. Emociones que brillan por su ausencia en un mundo en el que solo se premia a los ricos, con el argumento de la protección de la inversión, y a los superdotados, porque nos ha seducido la competencia.

Nussbaum pone como ejemplos de construcción de emociones políticas para la reconciliación los momentos posteriores a la guerra civil y la Gran Depresión en Estados Unidos, y muchos otros casos en los que monumentos, novelas, fotografías y debates políticos ayudaron a crear nación. ¿Dónde están los Abraham Lincoln y los Nelson Mandela de Colombia? ¿Cómo pasarán los artistas de las campañas superficiales a la construcción de símbolos profundos?

ÓSCAR SÁNCHEZ
* Coordinador nacional de Educapaz

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