Opinión

Educación propia, etnoeducación e interculturalidad

¿Por qué no permitir una autonomía radical a quienes al menos no han acabado con el planeta?

11 de mayo 2017 , 02:10 a.m.

Para un visitante consciente del despojo y la discriminación que han vivido durante siglos los pueblos originarios de Colombia, es emocionante ver una educación que ayuda a los chicos de algún territorio a entender la flora, la fauna, las costumbres, la lengua y las luchas de sus pueblos. El camino de dignidad que muestra la educación propia en las comunidades del norte del Cauca, como caso emblemático, y también en escuelas de La Guajira, la Amazonia y ciertas comunidades negras del Pacífico es descrestador. Recuperan el idioma, sistematizan los saberes de los ancianos y las prácticas de alimentación de la comunidad, y encienden el orgullo por la diversidad de este pedazo de planeta que nos tocó y por la resiliencia de quienes lo poblamos.

En esas comunidades, los maestros protectores de su cultura muestran la educación a su manera como una prioridad en los planes de vida (proyectos colectivos de bienestar) para sus territorios y sus gentes. Y con frecuencia, la matrícula aumenta y las expectativas de los chicos y sus familias sobre la educación mejoran cuando el Ministerio y las secretarías de Educación entregan a las autoridades indígenas tradicionales el manejo de las escuelas.

Aclaremos, sin embargo, que la educación propia, la etnoeducación y la educación intercultural son ideas cercanas, pero no son lo mismo. De hecho, entre los actores involucrados en procesos educativos en comunidades indígenas o afrodescendientes hay debates álgidos sobre la conveniencia de ideas como la educación étnica y la educación multicultural bilingüe.

Por ejemplo, algunos gobernadores indígenas han propuesto cerrar las escuelas físicas de sus comunidades (aun las que manejan maestros indígenas), para llevar a los chicos a recorrer los territorios y que el aprendizaje se involucre más en las vivencias del pueblo. Se aprende en el trabajo, en la cotidianidad, caminando, dicen. Otros radicales sostienen que no basta con enseñar la lengua y las costumbres para conservar tradiciones culturales, si la educación no preserva las formas tradicionales de organización política y económica.

Sin embargo, desde otra perspectiva, cabe preguntarse si la autonomía es lo mismo que el aislamiento, y si existe algo que podríamos llamar ‘buena educación propia’ (y por lo tanto, también malos proyectos educativos indígenas, aunque hayan prescindido de los currículos oficiales nacionales). Hasta donde es posible valorarlos, los resultados de aprendizaje de casi todos los pueblos indígenas son bajos en las competencias lingüísticas tanto en español como en los idiomas de esas comunidades.

En una escuela indígena tuve una experiencia concreta: estaban tratando de recuperar la lengua, pero las profesoras hablantes solo trabajaban con chicos de secundaria. Cuando les preguntamos a qué edad era más propicio aprender una lengua y por qué no enseñaban en primaria en su propio idioma, ningún miembro de la comunidad tenía claridad de la importancia de trabajar con los chicos pequeños ni contaban con las herramientas didácticas para hacerlo.

No basta con entender que los fines de la educación en distintos grupos humanos son diferentes, y que no se pueden medir con la misma vara los resultados educativos en distintas realidades. Es cierto que el plan de vida de cada comunidad exige una educación específica, y por eso, la idea de una educación autónoma para el buen vivir de cada comunidad es potente. Pero también es cierto que esas especificidades necesitan una idea clara de lo que se quiere que los chicos aprendan, de cómo lograrlo y de qué capacidades deben tener los educadores allí. Es decir, la pedagogía y los propósitos educativos tienen que ser sólidos en todo caso, independientemente de lo específicos que sean.

Y cabe otra pregunta aún: ¿es importante que cada grupo humano defina colectivamente su destino y al tiempo cada persona pueda valorar la cultura en la que nació sin perder la libertad de elegir su identidad? Me explico: una cosa es fortalecer la educación propia y otra impedir que un ciudadano wayú, inga o guambiano tenga más oportunidades de acceso a los bienes de distintas culturas colombianas, latinoamericanas o aun a valores globales si así lo desea. O que quede excluido del acceso a las universidades o empleos de lugares distintos a su territorio originario.

Toda educación, a mi juicio, debería afianzar el conocimiento de lo que la familia y el territorio del estudiante ofrecen (en Mitú, en Bogotá o en Palestina) y un conocimiento bien fundamentado más allá de esa cultura propia. Así la identidad se construirá en libertad. Para hacer eso realidad en países como Colombia, que tiene al menos 70 lenguas indígenas y tan variados universos ecológicos y sociales, tendríamos que ofrecer, tanto en las ciudades como en los mundos rurales, un amplio conocimiento de nuestra diversidad a cada niño, niña y joven.

El asunto no es sencillo, pues los líderes tradicionales de los pueblos indígenas y afros nos reclaman con razón que después de siglos de dominación, con apenas 40 años de haber comenzado a hablar de educación propia, ahora, con el argumento de la interculturalidad y las ideas integradoras etnoeducativas, queramos impedirles que hagan con su mundo y su gente sencillamente lo que les parezca.

¿Por qué no permitir una autonomía radical a quienes al menos no han acabado con el planeta, gracias a un estilo de vida más armónico con la naturaleza, por ejemplo?, ¿qué autoridad moral tenemos lo mestizos de este país para impedirles que se aíslen?

Aunque creamos (y yo sí lo creo) que a un niño o un joven indígena le interesa y le conviene cierto conocimiento nacional o universal, solamente si todos en Colombia somos capaces de mostrar que queremos comprender a nuestras comunidades indígenas y afrodescendientes y aprender de ellas, podremos pedirles que acepten para sus chicos algo más que sus tradiciones.

ÓSCAR SÁNCHEZ
* Coordinador nacional de Educapaz @OscarG_Sanchez

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