Opinión

Educación de jóvenes políticos

Entender que la democracia va más allá del gobierno de la mayoría es muy importante.

13 de julio 2017 , 12:00 a.m.

La política es como la medicina o la ingeniería: un oficio que requieren las sociedades. Y si los políticos no funcionan, no se necesita menos política ni el descrédito generalizado y abstracto de los políticos, sino una mejor política. Lo que implica educar a élites y ciudadanos y, en particular, a los líderes jóvenes. Necesitamos buenas escuelas de formación en la acción para políticos noveles.

Y es una tarea difícil. Como todo rasgo cultural, los valores políticos se reproducen de modo silvestre, pero transformarlos deliberadamente es complicado. La política democrática tiene más condiciones que un tute.

Quienes ejercen el poder deben entender el honor y responsabilidad del servicio público; qué es una ciudadanía con derechos; cómo funcionan los partidos y gremios dirigidos por sus bases, organizados y transparentes; por qué son importantes la participación comunitaria o la división de poderes. También es necesario que comprendan que el ejercicio parlamentario se debe centrar en la deliberación y no en la imposición de un bloque sobre otro, que valoren la libre opinión respetuosa y veraz y acepten las reglas electorales.

Las buenas escuelas de formación política trabajan con el ejemplo y acompañan a quienes quieren tener influencia desde el gobierno escolar

Ayudar a las nuevas generaciones con interés en la política a entender que la democracia va más allá del gobierno de la mayoría es muy importante. Las buenas escuelas de formación política trabajan con el ejemplo y acompañan a quienes quieren tener influencia desde el gobierno escolar, cuando afloran los sentimientos de inconformidad juvenil o cuando surge la idea de promover el cambio social desde el voluntariado. La buena noticia es que ese trabajo rinde frutos cuando es serio. La mayoría de la gente valiosa entre los 30 y los 40 años que hoy hace política en Colombia ha pasado por escuelas de formación práctica para el ejercicio del poder.

Pero esas organizaciones enfrentan la competencia de radicales autoritarios de derecha e izquierda, de sectas político-religiosas y de clientelistas de toda laya. Y están perdiendo la batalla. En las redes sociales y en los debates universitarios se ve cada vez más gente siguiendo a caudillos populistas, insultando a sus oponentes, excusando las faltas de sus compañeros de causa por lealtad sectaria o defendiendo ideas extremistas de derecha e izquierda. Creer que la democracia consiste en que los amigos de uno ganen las elecciones y se aferren al poder es estar del lado del problema. Para estar del lado de la solución, hay que entender la buena política, y que una buena oposición tiene las mismas obligaciones éticas que un buen gobierno.

Por supuesto, el problema no lo crean los jóvenes, sino los caudillos que reclutan a nuevos talentos para hacerles promover el miedo a todo el mundo excepto a los de su secta. Un recurso frecuente es tildar de corrupto a todo el que no es amigo. Claro, necesitamos líderes honrados, pues la corrupción es un serio problema. Pero el grito de guerra más agudo contra la inmoralidad no es ninguna garantía de que se haría un gobierno limpio. El populismo y el sectarismo cambian las caras en el poder, pero eso no mejora los gobiernos necesariamente.

El aprendizaje práctico se hace al lado de un maestro. Así que los jóvenes que quieren dirigir requieren la guía de líderes formados y responsables con amplia experiencia, que entusiasmen a quienes comienzan en el oficio porque saben argumentar con sabiduría, porque han pasado por la derrota sin dejar de ser moderados y respetuosos con sus oponentes y porque les deben poco a sus amigos poderosos. Las buenas escuelas de políticos apoyan ese tipo de mentoría y vacunan contra la manipulación clientelista o mediática y contra la fortuna personal como anzuelo para atraer seguidores.

Después de vivir el dolor de la guerra, desencantarse de personalismos y moralismos y construir escenarios civilizados de conflicto social, las comunidades aprenden que la madurez democrática no solo es lenta y dolorosa, sino también reversible. Y se preocupan por formar a las élites de relevo que requieren.

ÓSCAR SÁNCHEZ
* Coordinador nacional de Educapaz

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