Opinión

Complejidad y política educativa

Particularmente, los sistemas educativos suelen escapar a las soluciones simples o sofisticadas.

09 de marzo 2017 , 12:05 a.m.

“Es que los latinoamericanos confunden con frecuencia lo simple, lo sofisticado y lo complejo a la hora de analizar y decidir”, me dijo hace una década una profesora de teoría de sistemas. Esa disciplina ha pasado de la física a la biología y de la biología, a los asuntos sociales, incluidas la educación y la gestión pública. Un sistema es un conjunto de elementos que al interactuar tienen efectos que no podrían tener aislados. Esos elementos pueden ser muchos o pocos, ser más o menos heterogéneos y tener interacción intensa o leve.

Dependiendo de esa multiplicidad, diversidad e interdependencia, los sistemas pueden ser más o menos determinables (predecibles y planificables para ser intervenidos). Esto se aplica a la fisiología de los organismos vivos, las relaciones humanas, el clima del planeta o el tráfico de una ciudad. Y particularmente, a los sistemas educativos, que suelen escapar a las soluciones simples o sofisticadas. Hagamos la distinción que, confieso, me ha sido de la mayor utilidad desde que la estoy aplicando.

Lo simple es lo que tiene pocas variables e interacciones con relaciones de causa y efecto estables. Por ejemplo, hacer mejoras sencillas en la planta física de una escuela pequeña. Tiene un efecto positivo y predecible, y se puede planear y ejecutar sin misterio.

Lo sofisticado es lo que tiene múltiples variables e interacciones estables. El ejemplo clásico es poner un satélite en órbita. En general, todo lo que la ingeniería puede resolver con muchos datos, computadores y una ejecución bien programada y gerenciada. Podría ser el caso del suministro del transporte escolar para una gran ciudad. Si se siguen determinados protocolos, se usan estadísticas, las instituciones funcionan y se ponen al frente personas con conocimiento técnico que trabajen con esmero, se cumple el plan.

Lo complejo es otra cosa: tiene múltiples variables, esas variables son muy distintas entre sí y sus interacciones son inestables. Los asuntos complejos no se pueden gestionar solo con procesamiento de datos. Los datos son importantes, y por eso la ingeniería y la econometría pueden aportar elementos de análisis útiles. Pero no pueden explicar integralmente fenómenos complejos, y menos recomendar políticas para atenderlos garantizando resultados. La complejidad escapa a los algoritmos, las estadísticas y los modelos. Y resulta que la educación es el ejemplo perfecto de eso. Desde el proceso de aprendizaje de un niño hasta la gestión de un colegio y, sobre todo, las políticas de gobierno curriculares, pedagógicas, de desarrollo profesional docente o de construcción de vínculos entre comunidades y escuelas son asuntos que no se pueden estandarizar, así se disponga de los sistemas de información y científicos con que se cuente listos “para aislar variables independientes”.

Y si la gestión educativa pertenece siempre al mundo de los sistemas complejos, en Colombia se agregan dos particularidades. De un lado, el funcionamiento general del Estado hace que los procesos presupuestales, de contratación pública, de servicio civil y de auditoría aquí sean de alta volatilidad, complejizando lo que en otros países podría estar en el campo de la sofisticación o la simplicidad (como los ejemplos del transporte y la construcción escolar). Y de otro lado, que el sistema educativo lo gestionan una serie de instituciones del Estado muy dispersas y algunos interesados y operadores privados en un régimen de descentralización, legitimidades y autonomías diverso, cambiante y, en ocasiones, en contextos de violencia.

Si quiere tener éxito, quien esté al frente de la educación en un departamento, una ciudad o el país debe construir consensos sobre objetivos y mantener firme ese norte, en tanto tiene flexibilidad y diálogo constante con los interesados, entendiendo que mientras los productos intermedios en sus planes sean rígidos, será más difícil logar los fines. Desde las comunidades indígenas, pasando por la Ocde, hasta las secretarías de Educación, sindicatos y muchos académicos les han sugerido sistemáticamente al Ministerio de Educación, al Sena y a las demás autoridades educativas que reconozcan las características de ese tipo de sistemas en Colombia. Pero el Gobierno Nacional, con mayor o menor énfasis, siempre ha desatendido la complejidad.

Quienes quieren hacer determinable lo complejo o complicar lo simple, desde sus disciplinas técnicas dirán que es un acto de responsabilidad utilizar algoritmos y modelos estadísticos para guiar las decisiones. Y tienen razón, cuando esas herramientas sean necesarias (diría Einstein, con su aforismo de que todo debe hacerse del modo más simple posible, pero no más simple que eso) y hasta donde sean razonables (dirían los teóricos de la complejidad). Por eso, los directivos indicados para gestionar sistemas educativos aprovechan el trabajo de ingenieros y economistas, y a partir de cierto punto usan la consulta con muchos puntos de vista y la intuición que otorga la experiencia, más que la modelación sofisticada. No son ni operarios ni tecnócratas, sino expertos con humildad intelectual y capacidad técnica y política para liderar la transformación de sistemas complejos.


ÓSCAR SÁNCHEZ
* Coordinador Nacional Educapaz@OscarG_Sanchez

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