Opinión

Colegios que además de enseñar, integren, cuiden y sanen

Apoyar a niños privilegiados es valioso, pero sacarlos adelante en la adversidad hace la diferencia.

27 de febrero 2017 , 12:07 p.m.

Dos hermanas, Sofía, de 20 años, y Lola, de 25, viven en un barrio pobre. Cuando nacieron ya su madre era adicta y ejercía la prostitución. Estuvo con ellas algunos años y sus hijas tienen escasos y malos recuerdos de ella. Poco después murió. Su abuela se hizo cargo de ambas y su abuelastro las apoyó. Son hijas de padres diferentes, una no sabe quién es su papá y la otra no tiene contacto con el suyo, pues está en la cárcel. Cuando la mayor tenía 18 años y la menor 13, la abuela también murió. Su abuelastro les dejó un lugar para vivir y se fue a otra ciudad. Lola acababa de desertar del colegio, así que se puso a trabajar y asumió el rol de madre. Ha ayudado a criar a su hermana, trató de complementar las actividades del colegio en que estaba Sofía y del que ella se había ido, porque sabía que allí reprobaban sin aprender, vivían en un clima escolar de violencia donde las pandillas mandaban y los profesores albergaban muy pocas esperanzas en sus estudiantes. Obtuvieron apoyo para Sofía de un programa oficial para chicos con dificultades, de modo que ella fue reconocida por primera vez desde su propia realidad, pudo terminar el equivalente al bachillerato, encontró algunos maestros comprometidos que la asesoraron y entró a una escuela técnica pública, donde quiere llegar a ser maestra.

Esto, que sucede en la comunidad latina de Orange, cerca de la ciudad de Los Ángeles, en los Estados Unidos, lo cuenta Robert Putnam en su libro ‘Our Kids’, y me hizo recordar que estas historias de deserción escolar, embarazo adolescente, vinculación a pandillas, consumo de drogas y ausencia de opciones para los estudiantes en problemas en el colegio y para quienes buscan un cupo en la educación superior son el pan de cada día en Colombia.

Pero también me trajo a la mente el trabajo de Patricia Buriticá y Gloria Carrasco como subsecretarias de Educación en Bogotá, cuando lideraban equipos que hicieron realidad chico por chico un principio esencial: los colegios, los maestros y los programas gubernamentales se ponen a prueba cuando los estudiantes vienen de entornos y familias que los anulan. Cuando los chicos caen dos y tres veces, y en lugar de culparlos de su propia suerte somos capaces de rescatarlos al borde del abismo con una nueva oportunidad, podemos decir que educamos. Apoyar a niños y jóvenes con condiciones personales, familiares y sociales privilegiadas es valioso, pero sacarlos adelante en la adversidad es de verdad hacer la diferencia.

Recordé los testimonios de estudiantes de las Aulas de Aceleración para adolescentes en extraedad, del programa A-Aprender, que los apoyaba cuando estaban perdiendo el año con refuerzos personalizados, y de las Incitar, que acompañaba sus iniciativas de cambio social y canalizaba sus energías de modo positivo. Recordé el apoyo a la orientación escolar para prevenir riesgos caso a caso y atender historias de dolor; el reconocimiento de los chicos con realidades diferentes a lo convencional por su origen étnico, por su orientación sexual o por una discapacidad; los centros de interés de la Jornada Completa en zonas críticas de la ciudad, para acercar a los pelaos a científicos, artistas, deportistas y voluntarios extranjeros; la articulación del bachillerato con universidades de excelencia. Todas estas iniciativas cultivaron ganas de salir adelante en miles de muchachos en situaciones críticas.

Pero la desigualdad y la segregación crecen en el mundo, y el sistema escolar refuerza esa tendencia. La educación es vista cada vez más como competencia individual y menos como palanca para la construcción colectiva de oportunidades, apoyando especialmente a quienes más lo requieren. Y fruto de esto, algunos colegios se convierten en repositorio de la marginalidad y la desesperanza. Aunque algunas ciudades colombianas estén cerrando brechas al mejorar su educación pública, el país no logra generalizar ese avance. Y la mejora actual llegará a un techo si no se mezclan los chicos de todos los orígenes, se apoya especialmente a los que tienen circunstancias difíciles y se desincentiva el flujo de estudiantes de clase media con familias educadas hacia colegios privados que los aíslan del resto de la sociedad.

La idea de colegios públicos, policlasistas e incluyentes, donde importa que todos salgan adelante y no solo los que la tienen fácil por su historia familiar, suena utópica en Colombia, pero en realidad es el camino que ha funcionado en el mundo para crear buenas sociedades. Putnam alerta sobre la gravedad de que los Estados Unidos los estén perdiendo, y es una preocupación cada vez mayor desde Francia hasta Costa Rica y desde Ecuador hasta la China.


Óscar Sánchez

*Coordinador nacional de Educapaz@OscarG_Sanchez

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