Opinión

Capacidades ciudadanas y comportamiento cívico

¿Hay diferencia entre aprender a portarse bien y decidirse a construir una sociedad buena?

27 de febrero 2017 , 11:57 a.m.

Algunas reflexiones pedagógicas que parecen abstractas por su carácter ético resultan indispensables y, en últimas, bastante prácticas. La siguiente pregunta es un ejemplo nada semántico: ¿hay diferencia entre aprender a portarse bien y decidirse a construir una sociedad buena?

La idea de civismo está asociada a que las personas confíen en las instituciones y respeten las normas. Si hacemos fila, cruzamos las calles por las esquinas y guardamos los papeles en el bolsillo, tenemos un punto. Conseguiremos otro si asumimos que el Estado es justo y estamos dispuestos a respetar siempre a la autoridad. Si votamos y pagamos impuestos, lo que me parece muy importante, estamos graduados.

Estoy convencido del valor de la cortesía, la presunción de buena fe y la vida comunitaria ordenada. Es decir, doy al civismo un peso importante en la sociedad. Pero recomiendo no confundirlo con la capacidad ciudadana, que es un asunto más importante. De hecho, recomiendo cambiarle el nombre a la famosa cultura ciudadana, porque en realidad debería llamarse cultura cívica.

Las capacidades ciudadanas requieren una sociedad decente y no solo personas decentes. Cuando se educa en ellas se busca que individuos y comunidades entiendan la diversidad valorando y eligiendo la propia identidad; que se comprometan con los derechos civiles, políticos, económicos, sociales, culturales y ambientales ajenos y que exijan los propios, y que participen de las decisiones comunitarias y del colectivo político desde una perspectiva emancipatoria (que se rebela ante el poder ilegítimo). Ni las competencias socioemocionales ni las actitudes cívicas, aunque sean parte de ellas, reemplazan a las capacidades ciudadanas.

Se educa para el civismo, como Antanas Mockus nos ha explicado, cuando se nos enseña a cohibirnos de hacer cosas ilegales, inmorales o censurables. ¿Se trata de enseñar el miedo a la Policía, al ridículo y a la culpa? Eso sería caricaturizar e instrumentalizar el comportamiento prosocial (y no falta quien lo haga, incluyendo escuelas y sectas). Pero aun en la variante crítica del civismo, que nos invita a entender las consecuencias de nuestros actos, es correcto ser bien portado en dictaduras, en sociedades aberrantemente injustas o por razones estrechamente egoístas. Importa más lo que la conducta le facilita al sistema, como la estabilidad institucional, que los efectos éticos de lo que las personas decidan hacer, es decir, ligados a una idea de lo bueno más general y profunda.

La ética se podría definir como hacer lo que nos conviene, pero pensando en grande. Un ejemplo es la idea de que no sabemos exactamente cuál será nuestro destino y mucho menos el de nuestros hijos y nietos, y por eso, lo mejor que podemos hacer por quienes amamos es construir una sociedad local y planetaria en la que la dignidad de todos esté garantizada.

La educación ciudadana se puede y se debe planear con ambición, implementar con método y recursos y evaluar con rigor. Pero solo se aprende ciudadanía plena en la práctica. Ni cátedras ni programas que fragmentan la realidad (solo la escuela o solo el entorno) resultan efectivos.

Propiciar aprendizaje ciudadano es un deber de la sociedad, de los medios de comunicación y del sistema educativo. Es una condición para la paz genuina. Y como nos han enseñado muchos sabios (recuerdo ahora a Guillermo Hoyos), es un asunto tan filosófico como concreto.


Óscar Sánchez

*Coordinador Nacional Educapaz@OscarG_Sanchez

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