Opinión

Agradecer y acompañar al maestro

El liderazgo de los educadores tiene que ser acompañado con determinación por familias y Estado.

18 de mayo 2017 , 12:52 a.m.

Si un oficio goza de valoración social, sus profesionales cuentan con un buen nivel de vida, se forman con rigor, cuidan la honorabilidad de su gremio y trabajan motivados.

El 15 de mayo fue el día del maestro. Medio millón de colombianos (y especialmente colombianas) se dedican a la educación inicial, básica y media. Y junto con los instructores de la educación técnica y tecnológica y los docentes universitarios representan la más relevante fuerza cultural, moral y también económica con que contamos. Ningún otro conglomerado profesional, ni en las empresas ni en el Estado suma una preparación académica y una experiencia profesional comparable con la de nuestro cuerpo de educadores.

Como sabemos, y el paro de esta semana nos lo ha recordado, los maestros ganan poco en el sector oficial, y en el sector privado a veces menos (aunque haya excepciones). También sabemos que su trabajo es extenuante, a veces entraña riesgos de salud y su seguridad social no se maneja bien. Cuando un maestro logra una plaza fija, aunque su ingreso sea bajo, tiene ciertas ventajas frente a otros trabajadores (vacaciones, horarios, estabilidad laboral); sin embargo, la mitad de los licenciados trabajan en empleos inestables o no consiguen trabajo. Y con todo, algunos estudios sociológicos muestran cosas muy positivas sobre la capacidad de los maestros para llevar una buena vida. Estudian mucho, por ejemplo. Se endeudan para las cosas que se justifican, como prepararse o adquirir vivienda. Y transmiten eso a sus hijos: ser hijo de educadores predice la movilidad social ascendente y bajos niveles de deserción escolar. Es decir, que una familia en la que el padre o la madre son maestros, aun con un ingreso modesto, saca adelante a sus hijos. Y los maestros son una fuerza de convivencia: aunque les ha tocado vivir el conflicto como víctimas directas, porque le han apostado a la paz, y porque a diferencia de muchos profesionales, están en todos los rincones de Colombia, la tasa de violencia perpetrada por educadores es muy baja.

Pero más allá de las estadísticas, lo que realmente prueba el poder de nuestros educadores son los testimonios de transformación de chicos en situaciones extremas de adversidad, cuando se cruza por su vida un buen profe. Cuando un chico que desconfía de todo y se aburre con todo, decide acercarse a la fuente de afecto, respeto o intriga que logra ese adulto al que antes despreciaba, se da un vínculo que solo conquistan las y los educadores con vocación y profesionalismo. O en los chicos pequeños. Basta con ver cinco minutos a un grupo de chicos de seis años provenientes de entornos familiares de poca estimulación o de maltrato, para saber cuáles niños han tenido acompañamiento de maestras profesionales un buen tiempo, y cuáles están comenzando ese proceso.

Y también es impresionante el impacto cotidiano de profesores con estudiantes más convencionales, que van puliendo a cada chico en su singularidad. Un equipo de maestros experimentados es capaz de dar respuesta precisa a centenares de chicos. El proceso de mis hijos, para no ir lejos, me deslumbra: dos personitas muy diferentes, y sus profes (las mismas para ambos a lo largo de los años en un jardín primero y luego en su colegio), van tejiendo con cada uno una relación peculiar que logra desarrollo cognitivo, físico y emocional, mientras nos ponen a los padres los retos que nos corresponden.

Esa conquista que sucede cada día con el juego, con la ciencia, con el arte, con el diálogo, con el ejemplo, es la conquista de la esperanza en este país de corazas. Es la conquista de las mentes y los corazones que logran nuestros maestros.

No obstante, muchos colombianos y con frecuencia los mismos maestros, dudan de su poder. Visitando comunidades urbanas y rurales uno encuentra entre los educadores una gran mayoría de gente buena con una formación heterogénea (hay personas más preparadas y otras menos, pero lo normal es que el maestro sea la persona con más nivel de estudios entre los padres y vecinos de sus comunidades).

Así que la formación y el talante moral están bien. Pero no es fácil mantener el entusiasmo. El nivel de apoyo de las familias, la poca y discontinua paga y las dificultades administrativas en muchos colegios y regiones hacen que el nivel de motivación sea realmente disparejo. Aunque en las encuestas de clima organizacional quienes tienen empleo estable reportan satisfacción con su ocupación, y muchos están convencidos de que su trabajo es importante, otros tantos lo asumen con escepticismo, y algunos sencillamente lo ven como una obligación.

Mi impresión es que la sociedad quiere cada vez más y mejor educación, entiende que eso pasa por la excelencia docente, y apoya las reivindicaciones de mejora salarial y estabilidad laboral de los maestros. Pero en la educación las ganas son el factor crítico, y para que la voluntad crezca en la sociedad, el liderazgo de los educadores tiene que ser acompañado con determinación por familias y Estado. Mi mensaje en este día del maestro es de agradecimiento con esos profes que me cambiaron la vida (gracias Nancy, Fausto, Pierre, Robert) y de invitación a mis lectores para que en honor a los buenos recuerdos de sus maestros inspiradores, seamos sus firmes coequiperos, porque nos necesitan, y porque los necesitamos.

ÓSCAR SÁNCHEZ
*Coordinador Nacional Educapaz @OscarG_Sanchez

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