Opinión

Y el mundo tampoco se acabó

Gracias, mundo, por no acabarte mientras esté vivo. Hoy sé que el mundo es, básicamente, un acabadero de ropa.

12 de agosto 2016 , 07:53 p.m.

El mundo se ha acabado tantas veces que cuando suceda de verdad nadie se va a dar por enterado. La primera noticia que figura en mi disco duro se la oí a mi abuela, Amalita Calle: “La radio dice que el mundo se va a acabar”. A mis tres años ignoraba qué cosa era el mundo.

Mi abuela, una mezcla de ternura con rigidez, nunca sonreía. Ni siquiera cuando ganaba jugando tute, un rito que se practicaba sin falta todas las noches después de los frisoles y de un rosario más largo que una semana sin internet.

No se dejaba retratar. Creía que algo se iba de ella en las fotos. Para el único retrato disponible, el Picasso de Santa Bárbara, Antioquia, donde vivíamos, la dibujó de perfil, con sus gafas a lo John Lennon. Le adicionaron foto del siempre sonriente abuelo Carlos, de bigote a lo Chaplin, y “habemus Photoshop” oficial del matrimonio Domínguez Calle.

'In illo tempore', la radio era todopoderosa porque hacía las veces de televisión, periódico, internet, BlackBerry, Instagram, WhastApp... A esa edad me intrigaba cómo se metía la gente que hablaba desde ese mágico cachivache llamada radio.

Lo que decía la radio era palabra de Dios. Y si decía que el mundo se iba a acabar, pues a arrepentirse de los pecados, sobre todo de los no cometidos. El hecho de que el mundo se fuera a acabar no era motivo para que la abuela ordenara suspender los baños con leche debajo de las tetas de la vaca Mariposa para que sus nietos creciéramos sanos.

Fue en una de esas acabadas del mundo cuando la abuela me dio la eterna lección de que solo podría meter la mano en mi propio bolsillo. Sucedió cuando me encontré en el camino real un ‘lleritas’, esos billetes de 50 centavos que son carne de alzhéimer. Se lo mostré a mi abuela, quien no autorizó que lo volviera mecato en la tienda de Leonidas. La orden fue contundente: Averigüe con las personas que pasan si se les perdió esa plata.

Confieso que obedecí, aunque la indagación entre los transeúntes no fue exhaustiva. Jamás apareció el dueño y pude atragantarme de chucherías. Gracias, mundo, por no acabarte mientras esté vivo. Hoy sé que el mundo es, básicamente, un acabadero de ropa.
Óscar Domínguez Giraldo
www.oscardominguezgiraldo.com

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