Opinión

Letra de médico

Las facultades de medicina deberían incluir exigentes clases de caligrafía I, II y III.

19 de noviembre 2017 , 11:36 p.m.

Lo vemos a diario. Hay médicos que tienen letra de voyerista. No se les entienden ni los puntos. Y hay que pelar cocos con la uña para desentrañar lo que hay detrás de una coma.

Felizmente, quienes traducen las fórmulas en las farmacias tienen ojos al revés y ponen orden en la sala. Deberían compartir ingresos con el honorable cuerpo médico.

En el cementerio hay uno que otro inquilino horizontal víctima de una fórmula que no desentrañó el boticario.

Un estudio, un poco viejito, de 2006, de la Academia de Medicina de Estados Unidos, concluyó que al año morían en ese país más de 7.000 pacientes por errores de caligrafía. Y hasta millón y medio sufrían algún tipo de lesión por idénticos motivos.

Además de enseñar a sacarle punta al bisturí, las facultades de medicina deberían incluir exigentes clases de caligrafía I, II y III. El decreto 22 de 2005 fijó pautas para evitar errores a la hora de la medicación. La reglamentación se convirtió en letra muerta de la risa.

No estaría mal que a los médicos que escriben raro los pongan a hacer planas de cien, en letra pegada, como en la escuela. De paso, recuperan el encanto de escribir a mano, un relajante ejercicio que prolonga la vida.

La única letra enredada que se entiende sin traductor es la de las cartas de amor. Las viejas, porque el computador acabó con el romanticismo que había en un error de ortografía. Beso con v chiquita sabe igual que con b larga, reza un poema de Robledo Ortiz.

El 2005, auténtico rey de burlas, obliga a los médicos a escribir sus fórmulas en computador o “en letra clara y legible”, como de monja de clausura o de cardenal.

Es complicado decirle al médico: Por Hipócrates, doctor, escriba clarito, estoy amañado vivo y de pronto me manda para el otro lado del olvido.

Pero los galenos mandan en su consultorio. Incluidos los que acompañan a sus pacientes hasta la tumba en un cristiano acto de solidaridad.

Antes de enfermarme suelo pensarlo dos, tres veces, para no correr el albur de que en vez de una pastilla contra la envidia termine tomando algo que me haga olvidar la fórmula de la felicidad de Einstein: A (felicidad) = X + Y + Z. En la que X es trabajar; Y, jugar; y Z, callarse la boca.

ÓSCAR DOMÍNGUEZ GIRALDO
www.oscardominguezgiraldo.com

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