Opinión

Reflexiones de una ‘mala madre’

Lucharé por el respeto por el que piensa diferente, para que el sueño de mi hijo sea una realidad.

25 de julio 2017 , 12:00 a.m.

Hablar sobre las libertades, las diferencias y los sueños de cada persona en Colombia se ha convertido en una labor muy difícil. Pero decidir ser diferente y asumirlo, eso sí que es imposible, sobre todo cuando se trata de un niño de nueve años.

Mi hijo Juan Simón siente un amor y una pasión incomparables por los animales. Antes de aprender a hablar, aprendió sus sonidos; sus juguetes preferidos eran las vacas y los caballos; aprendió a ordeñar antes que a escribir y comenzó sus anheladas clases de equitación cuando sus cortas piernas le permitieron montarse en un caballo.

A sus seis años, sin ningún tipo de influencia, me dijo que quería ser torero. Sí, torero, de esos valientes que van a una plaza y se enfrentan a un animal de 500 kilos, de esos que arriesgan su vida en cada faena por divertir al público, de esos que tienen que practicar todos los días para mejorar su técnica y de los que aman tanto a estos animales.

Por su corta edad imaginaba que un día me diría que quería ser policía, bombero o astronauta y al otro cambiaría de opinión, como es normal en cualquier niño. Por mi parte, a mis treinta y tantos años nunca había asistido a una corrida de toros y no compartía ese gusto por la fiesta brava.

A sus seis años, sin ningún tipo de influencia, mi hijo me dijo que quería ser torero. Sí, torero

Me equivoqué. Cada Halloween, mi hijo repite sus disfraces de torero y de rejoneador que han crecido con él, conoce los nombres de todas las razas de caballos y de toros, de todas las plazas y toreros y ama la música del mundo taurino. Es tan aficionado que le pidió al Niño Dios una plaza de toros y juega con su hermanita poniéndole en su espalda cualquier objeto que parezca una banderilla. Sin embargo, pensé que esta afición se le pasaría cuando estuviera en su primera corrida en vivo.

Ese día llegó y fuimos juntos. Por más de 16 años mi esposo no pudo convencerme de ir a una corrida, pero la pasión y el amor de mi hijo me hicieron acompañarlo. Lo vi disfrutar cada segundo, cada picador, cada movimiento, cada banderilla, cada estocada y, por supuesto, cada olé.

Yo no lo disfruté tanto, pero amé ver la emoción en sus ojos y ese día entendí que Juan Simón quería estar en la Santamaría, pero no como un espectador. Entonces decidí, aun sin gustarme la fiesta brava, que lo apoyaría incondicionalmente para cumplir su sueño.

Soy abogada, pero no me valdré de mis conocimientos jurídicos para defender una postura frente a la libertad de las minorías, de la cual estoy absolutamente convencida, me valdré de mi corazón de madre para luchar por el respeto y la tolerancia por el que piensa diferente, para que el sueño de mi hijo sea una realidad y para que su decisión de escoger una profesión que no es aceptada por las mayorías sea respetada.

Muchas personas ‒de forma irrespetuosa y abusiva‒ me han calificado de mala mamá, y nunca pensé sentirme orgullosa de semejante ofensa, porque si ser mala mamá implica apoyar a mi hijo en lo que su corazón le dice que quiere ser, enseñarle el respeto por la diferencia y hacer todo lo que esté en mis manos para que su sueño se haga realidad, en unos años podré decir orgullosamente y con la frente en alto que tengo un hijo feliz.

Adelante, mi matador, y olé.

NATALIA SUCCAR 
*Columnista invitada

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