Opinión

Palabras prohibidas, palabras obligadas

No hay relación de causa-efecto entre el uso del ‘todos’ y la equidad real.

22 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

El Centro de Control de Enfermedades de Estados Unidos es una de las instituciones de salud pública más importantes y mejor financiadas del mundo. Recientemente corrió la noticia de que habían recibido la advertencia de no usar algunas palabras y expresiones en sus solicitudes presupuestales. Entre estas estaban ‘basados en evidencia’ y ‘basados en ciencia’ (lo cual aparentemente discriminaría a lo basado en la percepción, la tradición y las creencias). En la lista aparecían también ‘feto’ (se sugiere ‘niño aún no nacido’) y ‘vulnerabilidad’ y ‘diversidad’ (que, al parecer, dejaron de existir).

La recién nombrada directora se apresuró a aclarar que no había términos prohibidos. La Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos emitió un enérgico comunicado en el cual señalaba que toda su actividad, desde su fundación en 1863, ha estado dedicada a promover políticas basadas en la evidencia y la ciencia. Lo que parece quedar claro del escándalo es que a la actual administración no le gustan esos términos. Entonces no los prohíbe prohíbe, pero sí sugiere que una solicitud de presupuesto para un proyecto posiblemente será mejor tratada si no los contiene.

Al mismo tiempo estábamos nosotros enfrascados en una discusión por la obligación que nos impone un juez de la República, de usar lenguaje incluyente: todos y todas. Se han publicado muchos argumentos en contra de la decisión del juez. El central es que en español, el plural todos no se refiere exclusivamente a los hombres y a los machos de las otras especies animales (con los vegetales no nos metamos), sino que incluye todos los géneros, incluido el femenino. Así, basados en eso y en el argumento complementario que exige parquedad al hablar y escribir (por lo menos si uno quiere hacerlo con alguna elegancia), muchos se inclinan por rechazar la orden. Ya ha habido manifestaciones que llaman a la desobediencia civil.

Sociedades en las cuales se hablan idiomas que tienen género neutro deberían ser más igualitarias; pero no es así.

Por otro lado, hay argumentos en favor del uso de lenguaje incluyente. La mayoría se basan en la presunción de que el idioma genera una relación de poder y el uso del plural masculino hace invisibles a las mujeres, perpetuando una situación de inequidad ancestral. Sin embargo, estando de acuerdo con que la inequidad existe y es un mal terrible que nuestra especie debe eliminar, me parece que esa afirmación y otras parecidas son hipótesis, no hechos reales. No, a menos que se demuestre una verdadera relación de causalidad entre el uso del plural masculino y la discriminación.

Me parece que la forma de confrontar esas hipótesis es generando predicciones basadas en ellas y revisando si se cumplen. La primera predicción obvia sería que sociedades en las cuales se hablan idiomas que tienen género neutro deberían ser más igualitarias. Hay, en efecto, muchos idiomas así. Algunos notables son el farsi, de la antigua Persia y hoy de Irán; el japonés, el tagalo de las Filipinas, el húngaro, el yoruba en Nigeria y el turco, entre otros. Ninguna de esas naciones se puede definir hoy como igualitaria, y si nos remitimos a su pasado, mucho menos.

Otra predicción podría ser la opuesta: es decir, si sociedades que han logrado una situación mejor en equidad usan un idioma incluyente. Finlandia, efectivamente, tiene un idioma neutro, pero Suecia apenas incluyó el pronombre neutro hace dos años. Países de habla española están en mejor posición en el ranking de equidad que Irán, Turquía, Filipinas o Nigeria. Es decir, no hay relación de causa-efecto entre el uso del ‘todos’ y la equidad real.

Yo pediría que nos dejen hablar en paz y se fijen en los contenidos (esos sí peligrosos a veces). Como solución intermedia propondría que en adelante, en toda publicación se diga: “Acá el uso de la palabra ‘todos’ incluye a todas, y a los otros y a las otras también”.

MOISÉS WASSERMAN

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