Opinión

Ospina y las moscas de cuatro patas

Los científicos se olvidaron de las palabras, cogieron una mosca y contaron.

12 de mayo 2017 , 12:08 a.m.

William Ospina se lanzó (El Espectador, 7 de mayo) a una innecesaria defensa de Fernando Vallejo y de la poesía. Cree Ospina que solo los justifica si “ajusta cuentas con las imposturas de la academia, profesores prepotentes que repiten con rigidez lo que no han entendido”. Qué prepotencia, esa sí pura y cristalina, la de quien pretende saber qué es lo que los otros entienden y lo que no. O, tal vez, es una versión del zorro y las uvas verdes de Esopo: “si yo no entiendo ni jota de eso, es porque realmente es ininteligible”.

Empieza diciendo que durante 1.000 años las moscas tuvieron cuatro patas porque Aristóteles lo dijo y nadie se atrevió a contradecirlo. Gran error, tuvieron cuatro patas porque personas como él se niegan a observar la realidad y se contentan con el sonido de las palabras. No solo Aristóteles, también la Biblia lo dice. Algunos lo explican con el hecho de que las moscas usan sus dos patas delanteras para agarrar la comida y para limpiarse, y por eso los antiguos les otorgaron categoría de manos. Quién sabe, pero no fueron los poetas los que sacaron a la humanidad de tan terrible error, fueron los científicos con un acto muy simple, se olvidaron de las palabras, cogieron una mosca y contaron.

Parte Ospina de la premisa de que los “profesores... no estudian para entender, sino para repetir y vivir del prestigio de la autoridad”. Infortunadamente no se ha dado cuenta de que ya estamos en el siglo XXI y que hace un buen rato que pasó el Medioevo. Desconoce totalmente no solo la epistemología, sino la dinámica social de la ciencia contemporánea. La máxima ambición de un científico es entender, y mejor aún si entiende algo que antes no se entendía. No hay mayor orgullo que contradecir a una autoridad y refutar una teoría establecida. Aquellos que logran “cambiar un paradigma” entran a la historia; los tres que menciona en su columna: Galileo, Newton y Einstein así lo hicieron. Por supuesto que hay vanidad en la ciencia (me han contado que también entre los poetas y los artistas es posible encontrar algunos vanidosos), pero hay una permanente discusión, confrontación con los hechos, y sinceros intentos de refutar teorías establecidas, tanto propias como ajenas.

No basta levantarse un día con ganas de contradecir y declarar que la ley de la gravedad es una tontería y que todo lo que baja tiene que subir. Quien así lo hace tiene la obligación de proponer alternativas que tengan plausibilidad, que resuelvan algo que la teoría anterior no hace y que tengan coherencia y lógica internas. Afirmar entonces que las moscas tienen cinco patas no sería un acto revolucionario y de libertad intelectual, sino una estupidez.

Afirma también Ospina que “el pobre Galileo y el pobre Newton son dos literatos patéticos que intentan atrapar la realidad en palabras, pero han renunciado de antemano a la imaginación”. Otro gran error, entre más profundo es el conocimiento de la realidad material, más complejas e imaginativas son las nuevas teorías explicativas. Ni Tolkien, ni Rowling, ni la Guerra de las Galaxias se acercan siquiera al esfuerzo imaginativo que hay que hacer para entender el Universo contraintuitivo que se deriva de la relatividad o la cuántica. Con razón, Einstein afirmaba que la principal cualidad de un científico debe ser la imaginación.

Termina Ospina haciéndoles a los estudiantes recomendaciones de rebeldía contra las verdades establecidas. Mi recomendación sería que estudien, entiendan y luego refuten y mejoren. Esas son las reglas del juego. En el entretanto, sean bondadosos con los perros como recomienda Ospina, pero apoyen también esfuerzos de la ciencia, como ese de tratar que el 2050 podamos alimentar bien a 9.500 millones de humanos.

MOISÉS WASSERMAN@mwassermannl

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