Opinión

Las ventanas rotas y la justicia

En varios experimentos sociales, el desorden no solo incitó a más desorden, sino a cometer un delito

24 de noviembre 2017 , 12:00 a.m.

En 1982, Wilson y Kelling propusieron una teoría que llamaron de las “ventanas rotas”, como metáfora del desorden en un vecindario y su relación con la incivilidad de quienes viven en él. En resumen, dice la teoría que la gente tiende a romper las ventanas de un edificio que ya tiene algunas rotas. Que la gente bota basura donde ya hay basura en el suelo. Hay quienes les atribuyen a las políticas de policía, basadas en esa teoría, la transformación dramáticamente positiva en la seguridad de Nueva York durante los años noventa.

Sin embargo, no existía verdadera evidencia que la soportara. En el 2006, un grupo de sicólogos holandeses publicó en la revista Science un artículo con seis experimentos que parecen demostrarla, y que van un poco más lejos. Pretenden los autores que el desorden induce no solo más desorden del mismo tipo, sino un incumplimiento general de normas, aunque no estén necesariamente relacionadas.

En uno de los experimentos, en un parqueadero de bicicletas en la ciudad de Groningen (que es, en general, muy ordenada), amarraron a los manubrios unos volantes de forma que había que arrancarlos para usar la bicicleta. No pusieron ninguna caneca cerca y observaron qué pasaba cuando el lugar estaba sucio y qué cuando estaba limpio. En el primer caso, el 69 % botó el volante al suelo; en el segundo, solo el 33 %: una diferencia estadísticamente significativa.

En otro experimento pusieron en un buzón de correo frente al estacionamiento de bicicletas un sobre del que ‘accidentalmente’ asomaba un billete de cinco euros. Cuando el vecindario estaba sucio y lleno de grafitis, el 25 % de los ciclistas sacaron el billete, mientras que cuando el lugar se había limpiado y pintado solo lo hicieron un 13 %. Es decir, el desorden no solo incitó a más desorden, sino a cometer un delito.

Me pregunto si la teoría de las ventanas rotas es extrapolable a otros ámbitos. Como un ambiente de corrupción.

En el 2013 publicaron experimentos adicionales que mostraban que una actitud prosocial se desestimulaba cuando en el ambiente había evidencia de normas incumplidas. En Groningen está prohibido sacar bolsas de basura, y todo el mundo lo sabe. La gente que pasaba por una calle estaba menos dispuesta a levantar una bicicleta caída o a recoger un sobre del suelo y llevarlo al buzón cuando había cerca bolsas de basura.

Por supuesto, todavía hay mucha discusión sobre la teoría. Pero de ser cierta (y pareciera que lo es), hace responsables a quienes ‘afean’ un lugar, de algo mucho más grave, de una incitación a transgredir normas.

Me pregunto si la teoría de las ventanas rotas es extrapolable a otros ámbitos. Es decir, si en un ambiente de corrupción no solo deben lamentarse los hechos de los corruptos, sino la inducción, en personas que no lo son, a transgredir normas de convivencia social. Es decir, si sucede que en un edificio de ventanas rotas las leyes ‘no pegan’.

El escándalo de corrupción en la justicia, con participación de magistrados de altas cortes y fiscales, parece estar amainando. Pareciera que no nos damos cuenta, o no queremos darnos cuenta, de la responsabilidad educativa que tienen los magistrados, y que va mucho más allá de despachar expedientes. Tienen que mantener el ambiente limpio, no pueden ignorar la mugre que hacen sus vecinos y colegas. Todos coinciden en que la reforma de la justicia es necesaria, pero curiosamente fracasa una y otra vez. Hay quienes creen que la solución es un tribunal para aforados, pero tal vez sería más productivo concentrarse en cómo entran al sistema que en cómo se los puede sacar de él.

La última investigación del grupo de sicólogos holandeses muestra que el orden restaurado tiene un efecto más fuerte en el respeto ciudadano por las normas que el orden siempre existente. Se nos deben, entonces, una restauración y una limpieza a fondo de las paredes de la justicia.

MOISÉS WASSERMAN

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