Opinión

Jerusalén y la neohistoria de la Unesco

No debería ser posible deformar a tal punto la verdad histórica.

23 de febrero 2017 , 09:30 p.m.

Orwell, con su ‘neolengua’ descrita en la novela '1984', proponía también una ‘neohistoria’. Hay en el libro un informe del “Ministerio de la Verdad” sobre personas que asistieron a una reunión, pero que por conveniencia del partido se registraron como ‘no personas’. Es decir, no solo dejaron de existir, sino que de un momento a otro nunca habían existido.

Los Estados comunistas desarrollaron esta técnica hasta un alto grado de sofisticación. La primera página de 'El libro de la risa y del olvido', de Milan Kundera, es sobrecogedora. El líder comunista Gottwald arengaba al pueblo desde un balcón; era invierno, y su cabeza estaba descubierta. Clementis le dio su sombrero de piel para que se protegiera, y la foto de los líderes fue publicada en todo el país, hasta entró en los textos de estudio. Cuatro años después, Clementis cayó en una purga y fue ejecutado. Las fotos fueron modificadas dondequiera que se encontraran, y quedó un espacio vacío donde Clementis había estado. La única huella de su existencia, que quedó en la historia, fue el sombrero en la cabeza de Gottwald.

El pasado mes de diciembre, el Consejo Directivo de la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, ni más ni menos) adoptó una resolución que niega el vínculo del judaísmo con el Monte del Templo, en Jerusalén. Excluye ese nombre, con el cual es conocido el lugar hace tiempo, y establece como nombre único el de Mezquita Al-Aqsa/Al-Haram Al-Sharif. Ese lugar, que ha sido reconocido como un punto de encuentro de las tres religiones monoteístas –judaísmo, cristianismo e islam–, pasa a ser propiedad histórica de una sola de ellas, por mayoría de votos.

En el futuro, la realidad, antes de ser, tendrá que ser aprobada por votación mayoritaria en algún órgano multinacional.

Es decir que desapareció ese cuento de que el rey David eligió el lugar para erigir un santuario para el arca de la alianza, que Salomón construyó un templo que fue destruido por el emperador babilonio Nabucodonosor II en el año 586 a. C., que se reconstruyó y fue nuevamente destruido por el romano Tito en el año 70, y desde entonces su muro occidental fue lugar de peregrinación y culto para los judíos. Esa misma mayoría de votos seguramente ratifica el hecho, histórico ese sí, de que el profeta voló en un instante de La Meca hasta donde hoy queda la mezquita de Al-Aqsa, en Jerusalén, y que desde la Roca del Domo ascendió al séptimo cielo montado en un caballo alado.

La votación fue decidida por seis votos en contra, 24 a favor –entre los cuales estuvieron Brasil y México (que luego trató de cambiar su voto, sin éxito)– y 26 abstenciones, entre las que estaban Francia, España y Suecia. Imagino que al abstenerse estaban diciendo: ‘a mí no me pregunten, que acabo de llegar’.

Independientemente de las opiniones políticas que haya sobre un conflicto entre naciones, no debería ser posible deformar a tal punto la verdad histórica. No se está hablando de mitos sometidos a interpretaciones diversas, sino de hechos soportados por decenas de documentos auténticos y centenares de estudios arqueológicos. La presencia de judíos en ese lugar durante los últimos 3.000 años (con una interrupción entre 1948 y 1967, cuando Jordania prohibió su acceso) es indiscutible, como lo es el tremendo peso simbólico que tiene el muro del templo, o Muro de las Lamentaciones.

Si se imponen algunas tendencias, hoy en conflicto en el convulsionado Medio Oriente, pronto tendremos que aprender otros hallazgos de la neohistoria: nos enteraremos de que la tal Babilonia jamás existió y de que, por mayoría de votos, ‘desnacieron’ muchos de esos personajes que conformaron nuestras culturas, y hechos que creímos ciertos serán ‘deshechos’. En el futuro, la realidad, antes de ser, tendrá que ser aprobada por votación mayoritaria en algún órgano multinacional.

MOISÉS WASSERMAN@mwassermannl

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