Opinión

Ishiguro y la clonación

El libro me hizo sentir ese argumento con mucha fuerza. La clonación ciertamente repugna a la razón.

10 de noviembre 2017 , 12:00 a.m.

Este año, el premio Nobel de Literatura fue para el escritor británico Kazuo Ishiguro. Solo he leído de él la novela 'Nunca me abandones' (Never Let Me Go), pero prometo corregirme y leer las otras. Es una novela de ciencia ficción que debe estar en el mismo estante con 'Un mundo feliz', de Aldous Huxley, y '1984', de George Orwell. La crítica inglesa lo calificó como el mejor libro del año y lo introdujo en la lista de los 100 mejores de los últimos 100 años.

Es tan magistral la narrativa que me tocaba volver a la portada para constatar que el autor era un hombre cincuentón y no una mujer joven, su narradora: Kathy H. Aborda un tema de enorme relevancia ética que ha dado y dará para reflexiones importantes: el de la clonación de humanos. No usa la palabra clon en el libro, pero poco a poco uno va entendiendo quiénes son esos niños que se educan en Hailsham, un internado para jóvenes brillantes y abandonados, pero en realidad un lugar en el que los educan, aíslan y maduran. El ambiente es tranquilo, incluso parece amable para los niños. El lector tiene un nudo en la garganta durante toda la lectura.

Los inducen a hacer deporte para que sus cuerpos sean sanos. El sexo es libre, solo muy ocasionalmente ligado con el amor, pero la nicotina está radicalmente prohibida. Sus cuerpos son valiosos para el sistema. En Hailsham, el arte y la poesía son importantes. Madame, la dueña de una misteriosa galería que colecciona sus creaciones, es percibida como fría y despectiva al principio, pero Kathy H descubre que en realidad les tiene terror.

Tienen claro que su destino es donar sus órganos para que la sociedad de humanos sea más saludable. No hay ningún tinte de dramatismo, no se rebelan contra ese destino, es su razón de ser.

Saben que son estériles y no tienen padres ni familia. Lo más cercano es un “posible”, que es como los niños denominan a un humano del que hubieran podido ser copiados. Ruth sueña con ser secretaria y emprende con sus amigos una fallida excursión para encontrar, en una oficina de Norfolk, a una mujer que es su “posible”. Kathy H se explica sus urgencias sexuales imaginando que fue copiada de una mujer muy promiscua.

Tienen claro que su destino es donar sus órganos para que la sociedad de humanos sea más saludable. No hay ningún tinte de dramatismo, no se rebelan contra ese destino, es su razón de ser. Donan, hasta que a la tercera o cuarta donación no sobreviven, y entonces “terminan”, ni siquiera lo llaman muerte.

Un rumor generó algo de inquietud: si una pareja llega a amarse y a demostrar que su amor es sincero, puede solicitar un aplazamiento del inicio de las donaciones; no un cambio de vida o un destino diferente, apenas un aplazamiento de tres años. Explican la colección que hacía Madame de sus obras de arte imaginando que tendrían más posibilidad de lograr el aplazamiento si se reconoce su creatividad. Pero el rumor no era más que 'fake news'.

Cuando estudié el bachillerato usábamos como textos de filosofía los del padre Faría. Muchas veces, refutando la teoría de algún filósofo con quien él no estaba de acuerdo, concluía su alegato con un radical “porque repugna a la razón”. Me parecía entonces un argumento flojo. No veía que hubiera algún sustento lógico en una emoción como la de repugnancia. Mucho más tarde, leyendo a filósofos naturalistas que proponen la existencia (generada por la evolución) de un sentimiento moral innato, empecé a pensar que tal vez en ese contexto tendría algún sentido usar el argumento de Faría.

Este libro sí me hizo sentir ese argumento con mucha fuerza. La clonación ciertamente “repugna a la razón”, al menos esa que generaría un individuo no autónomo supeditado a las necesidades de otros. Creo que este relato, totalmente ficticio, estará siempre presente en las reflexiones de filósofos y científicos que analicen la ética de la clonación, así como 1984, de Orwell, está en las de quienes estudian el totalitarismo.

MOISÉS WASSERMAN

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