Opinión

Demócratas disonantes

Esta teoría (aún vieja y discutida) puede arrojar algo de luz sobre nuestra intolerancia.

01 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

Un señor llega manejando su carro a la esquina y el semáforo está en rojo. Mira a los dos lados y acelera. Luego se siente mal. Él siempre ha predicado la importancia de cumplir las reglas. Para disminuir su incomodidad empieza a darse explicaciones: no venía nadie y además todo el mundo hace lo mismo.

El sicólogo americano Leon Festinger propuso hace ya más de medio siglo la teoría de la disonancia cognitiva, que explica lo que le pasó a ese señor. La teoría dice, en pocas palabras, que una persona siente estrés cuando se da un conflicto entre sus cogniciones (ideas, creencias) y sus actos. Entonces se ve automáticamente motivada a reducir la tensión, bien sea cambiando de ideas o actitudes, o justificando con nuevas ideas o con argumentos diversos.

El experimento clásico de Festinger y Carlsmith consistió en reclutar dos grupos de estudiantes y ponerlos a hacer una tarea muy aburrida. Después (supuestamente para no interferir con futuros experimentos) le pidieron al primer grupo decir a sus compañeros de clase que la tarea había sido interesante, y le pagaron un dólar a cada uno por su mentira. Al otro grupo le hicieron la misma solicitud, pero le pagaron 20 dólares, y se las arreglaron para que todos se enteraran.

Un par de semanas después los encuestaron, y mientras que el segundo grupo (el de los 20 dólares) mantuvo que la tarea había sido muy aburridora, el primero mayoritariamente dijo que había sido interesante. Según Festinger, las personas de ese grupo debieron justificarse, ante ellas mismas, por la mentira que habían dicho con un pago tan irrisorio, y la forma era ‘creer’ que la tarea había sido interesante. El segundo grupo se autojustificaba plenamente con su pago.

Cada uno oye de manera diferente las noticias, interpreta en forma particular los hechos y califica en las personas la buena voluntad o su ausencia de acuerdo con su filiación.

En otro libro relata Festinger cómo él y otros colegas infiltraron una secta de “ufólogos” que estaban prediciendo la destrucción total de la Tierra, en una fecha precisa que les había sido transmitida por extraterrestres. Después de que la predicción no se cumplió, los sicólogos estudiaron las reacciones de diferentes miembros de la secta. Los menos fieles reclamaron haber sido engañados. Los muy fieles y líderes sacaron un comunicado que decía algo como lo siguiente: “El Dios de la Tierra decidió perdonar el planeta; el pequeño grupo de creyentes, sentado toda la noche, irradió tanta luz que Dios salvó al mundo de la destrucción”. El conflicto generado por la predicción no cumplida lo resolvieron convirtiendo el suceso fallido en un acto de gran heroísmo de su parte.

Para alguien preocupado por la situación de polarización política que vivimos en Colombia, esa teoría (aún vieja y discutida) puede arrojar algo de luz sobre nuestra intolerancia. En los discursos todos dicen estar en favor de la paz, todos quieren que haya justicia, verdad y reparación, todos creen firmemente que la ruta que debe tomarse para lograrlo es la democracia. Pero cada uno oye de manera diferente las noticias, interpreta en forma particular los hechos y califica en las personas la buena voluntad o su ausencia de acuerdo con su filiación.

Un hecho llamativo es cómo parecen haber desaparecido las tradicionales derecha e izquierda entre nosotros. Se califica siempre al otro como de ‘extrema’: extrema izquierda y extrema derecha. Todos estamos convencidos de que para ser demócrata uno debe reconocer legitimidad a posiciones contrarias y debe argumentar, esperando que los votos decidan. Pero íntimamente nos negamos a reconocer esa legitimidad y para resolver la ‘disonancia cognitiva’, y el estrés que la acompaña, señalamos a los otros de ser de extrema y un peligro para la preciada democracia. Pareciera que hay más posibilidades de encontrar soluciones a nuestra polarización en la sicología que en la política.

MOISÉS WASSERMAN

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