Opinión

Cleptocracia y cacocracia

Los cleptócratas saben cómo distraernos de sus fechorías; y los cacócratas, de su incapacidad.

03 de junio 2018 , 01:40 a.m.

Mientras el mundo se desgañita debatiendo sobre socialismo, capitalismo, independentismo, populismo y otros ‘ismos’, los ladrones y los ineptos están tomándose cada vez más gobiernos. Ladrones en el poder los ha habido siempre; y gobernantes incompetentes, también. Pero, en estos tiempos, la criminalidad de algunos jefes de Estado ha alcanzado niveles dignos de los tiranos de la antigüedad. Y las consecuencias de la ineptitud de quienes mandan se ven ahora amplificadas por la globalización, la tecnología, la complejidad de la sociedad, así como por la velocidad con la que suceden las cosas.

Ya no estamos hablando solamente de la corrupción ‘usual’: la del ministro que cobra una comisión por la compra de armas o por otorgar a dedo el contrato para construir una carretera. No. En el caso de la cleptocracia, se trata más bien de conductas criminales que no son individuales, oportunistas y esporádicas, sino colectivas, sistemáticas, estratégicas y permanentes.

No es el caso de uno o más individuos deshonestos que se aprovechan de su cargo público para hacer ocasionalmente un negocio sucio. Se trata, más bien, de un sistema en el cual todo el liderazgo de un gobierno es cómplice y se organiza de manera deliberada para enriquecerse –y usar las fortunas acumuladas para perpetuarse en el poder–.

El caso de los tontos en el poder es algo distinto. Las cacocracias proliferan en sistemas políticos degradados y caóticos que repelen a los talentosos y les abren paso a los ciudadanos menos preparados y más ineptos. Obviamente, es posible que a veces se combinen los dos y el Gobierno no solo sea criminal, sino también incompetente.

Un ejemplo que ilustra la conducta de gobiernos cleptócratas lo ofrece el respetado periodista brasileño Leonardo Coutinho. Recientemente, Coutinho reportó el testimonio de Marco Antonio Rocha, un oficial de la aviación boliviana que reveló el tráfico de grandes volúmenes de cocaína de Bolivia a Venezuela y a Cuba. Cuenta Rocha que semanalmente debía pilotar un avión desde La Paz a Caracas y La Habana cargado con las “maletas diplomáticas”, entregadas por los agregados militares de la embajada de Venezuela en La Paz. Solo que en este caso no eran ni maletas ni llevaban documentos diplomáticos. Eran enormes bultos que contenían 500 kilos de cocaína. Una operación de este tipo requiere la complicidad de los más altos niveles de gobierno de al menos tres países. Esta no es solo la historia de una operación más de narcotraficantes, sino que también revela las actividades de una alianza de gobiernos cleptocráticos. En Brasil, el escándalo conocido como Lava Jato reveló una vasta, sofisticada y permanente red de corrupción que involucró durante años a centenares de los más poderosos políticos, gobernantes y empresarios del país.

Un error común es suponer que las cleptocracias solo se dan en los países más pobres y subdesarrollados. Rusia es un buen ejemplo de un país avanzado cuyo gobierno muestra claros signos de ser una cleptocracia. Los exagentes secretos de la KGB convertidos en oligarcas, cuyas enormes empresas trabajan de la mano del Kremlin, son un pilar fundamental de la cleptocracia que gobierna el país.

Es también un error pensar que solo en países con instituciones débiles y sistemas políticos inmaduros pueden llegar a ocupar las posiciones más importantes del gobierno personas que no tienen la capacidad y la preparación necesaria. Lo que estamos viendo en países con una larga tradición democrática en Europa y también en Estados Unidos muestra que ningún país es inmune a la cacocracia.

Como buenos prestidigitadores, los cleptócratas saben cómo distraernos de sus fechorías y los cacócratas, de su incapacidad. Lo hacen hablándonos de sus ideologías y atacando las de sus rivales. Mientras nosotros vemos y participamos en estos torneos ideológicos, ellos roban. O tontean.

MOISÉS NAÍM
En Twitter: @moisesnaim

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