El gobierno de Juan Manuel Santos tiene muchas virtudes. En el plano internacional, recuperó las relaciones con los vecinos y salvó el TLC. En materia de seguridad, a pesar de algunos altibajos en los indicadores, el índice de homicidios sigue cayendo y los dos más importantes comandantes de las Farc, 'Jojoy' y 'Alfonso Cano', fueron dados de baja. Y en cuanto a la economía, el crecimiento va bien y el desempleo cayó por debajo del 10 por ciento, aun si sigue siendo uno de los más altos de América Latina.
Por el lado de los vicios, la administración Santos tiene uno terrible: su desconcertante incapacidad de ejecutar proyectos de inversión: el porcentaje de cumplimiento de ese rubro del presupuesto resulta el más bajo en décadas. A septiembre, recorridas tres cuartas partes del año, apenas había sido ejecutado poco más de un tercio de lo previsto. Esto es especialmente crítico en las obras proyectadas para enfrentar el desastre invernal. A tal punto que llegó la nueva ola de lluvias, con su carga de aludes, carreteras cortadas e inundaciones, y menos del 10 por ciento de los trabajos está terminado. Con dos millones de damnificados, tener la plata de las obras en los bancos raya en lo criminal.
El otro gran defecto de Santos es su afán por quedar bien con todo el mundo. El problema arranca con la Unidad Nacional: mantener de su lado al 85% de los congresistas implica consultarles demasiadas cosas y cederles importantes tajadas de la burocracia y de los contratos. La cruzada anticorrupción del Presidente merece aplauso. Pero si continúa la repartición de los puestos entre los directorios políticos, la corrupción no cederá. Los nuevos ministerios e institutos costarán $ 300.000 millones. No es poca plata para los hambrientos clientelistas.
Otro ejemplo del afán presidencial de no pelear con nadie -salvo con Álvaro Uribe, que da réditos entre muchos columnistas- es la fallida reforma de la Justicia. En el empeño de sacar un proyecto de consenso con las cortes, los magistrados terminaron ganando el pulso e imponiendo la preservación y hasta la ampliación de muchos de sus privilegios, por encima de lo que buscaba el Ejecutivo: propuestas clave como la eliminación del Consejo Superior de la Judicatura terminaron en la basura. No hubo confrontación con las cortes, es cierto, pero el proyecto se volvió proyectico.
El caso de la reforma educativa se inscribe en el mismo listado. Según Santos, el proyecto era bueno porque ampliaba los recursos y los cupos para la educación superior. Quién sabe. Pero si era tan bueno, ¿por qué lo retiró? Porque en medio de su larga luna de miel con la opinión, las manifestaciones estudiantiles se volvieron una mancha negra en una camisa blanca. En vísperas de la jornada de protesta del jueves, el Presidente anunció el retiro de la reforma. No se ahorró las movilizaciones. Como en el viejo chiste, los líderes de las marchas le mandaron a decir que sí, pero que primero ñaca-ñaca. Y el ñaca-ñaca incluyó un discurso de Piedad Córdoba en la Plaza de Bolívar con un velado homenaje a 'Cano' y un mensaje cifrado en contra de la desmovilización de los guerrilleros que promueve el Gobierno.
A estas alturas, los grupos de presión ya deben de haber tomado nota. Si a algún sector no le gusta una propuesta de Santos, debe oponerle resistencia, protestarle, movilizársele, presionarlo, que al final cederá. Ya me imaginó la negociación de la reforma tributaria el año entrante, con todos los privilegiados peleando por lo suyo. El consenso mata las reformas, decía Virgilio Barco, porque dejar contento a todo el mundo es imposible. Para que las cosas mejoren, hay que pisar callos. Tenerles miedo a esas confrontaciones es lo contrario de gobernar. Aunque por ahora sirva para mantener arriba los índices de popularidad.