Opinión

La soberbia del Sí

Desde la campaña del Sí, muchos dicen, casi que ordenan, que votemos Sí porque sí.

04 de septiembre 2016 , 12:33 a.m.

Camilo Mendoza es uno de los muchos jóvenes que promueven el Sí en el plebiscito sobre los acuerdos de La Habana, que el presidente Juan Manuel Santos convocó para el 2 de octubre. En una columna publicada en el portal las2orillas.com, acaba de alzar su voz para plantear una autocrítica entre quienes defienden esa opción. “Decimos defender las libertades que trae la paz, como la de pensar diferente (pero) estamos cargados de una elevada prepotencia, convencidos de que nuestra mirada es la única válida (...) nos sentimos la última Coca-cola del desierto por ser los abanderados de la paz”. Según Camilo, olvidan muchos de quienes impulsan el Sí que “por actuaciones como estas empezó el conflicto armado que hoy queremos acabar”.

Que alguien que apenas estrena ciudadanía tenga la película tan clara me da esperanzas sobre el futuro. Porque lo que es el presente... “Al que no le guste la pregunta del plebiscito es delirante, esquizofrénico, peligroso y desea la guerra”, trinó en un muy discutible castellano el senador santista Armando Benedetti. Para no hablar del jefe del Estado, que quiso zanjar la polémica sobre la pregunta con el más pobre de los argumentos: “El Presidente tiene la facultad de redactar la pregunta que se le dé la gana...”. O del jurista Héctor Riveros, a quien tengo por hombre reflexivo: en lasillavacia.com, sugirió a quienes alberguen dudas sobre su voto que no –repito, que no– lean los acuerdos. “Su lectura para decidir el voto lejos de ayudar confunde”, sostuvo, pues “hay apartes, como el de justicia, con un contenido técnico que solo es comprensible por especialistas”. Y claro, como la gente es bruta, mejor que vote Sí... Porque sí.

Sentados en el Olimpo de superioridad ética e intelectual que –suponen– les da promover el Sí, muchos de los defensores de los acuerdos miran por encima del hombro a las pobres mentes inferiores que tenemos dudas. Lúcido y agudo, Juan Esteban Constaín los desnudó en estas páginas el jueves: “El incluyente que excluye, el progresista sectario, el portavoz de la tolerancia y el respeto que humilla a los que no le dan la razón...”. He escrito en repetidas ocasiones cuánto me molesta la pugnaz aspereza de muchos uribistas. Pero esta vez es evidente que sus adversarios les han ganado en la reñida competencia por quién es más intolerante.

Expliqué hace un par de semanas por qué no me convence votar No. Debo decir que, tras la firma del acuerdo y por encima de muchos puntos que no comparto, me sentí tentado a votar Sí. Pero actitudes como las que he descrito me ahuyentan. Espero decidir mi voto en los próximos días y argumentarlo en este espacio no porque pretenda influir en votante alguno, sino como un acto de elemental juego limpio para que los lectores sepan a qué atenerse conmigo.

Mientras tanto, además de las grandes dudas que me despierta el acuerdo –porque me lo leí, sin ser abogado, contra el consejo del doctor Riveros–, guardo recelos sobre el plebiscito mismo, un mecanismo que, no obstante sus aires democráticos, ha sido utilizado muchas veces por las dictaduras. Desde el primer momento, me desconcertó que Santos quisiera hacerle una finta a la responsabilidad que la Constitución le asigna –al Presidente y solo a él– en los temas de paz. Es como si pretendiera obtener el merecido aplauso internacional por sacar adelante la negociación, mientras en el plano interno se lava las manos con el voto popular. Para ganarlo, acude a todas las formas, incluidos el “me da la gana”, la desbordada publicidad oficial, la ‘mermelada’ y la actitud soberbia de quien pretende, por momentos a gritos y trompadas, hacerse con el título de pacificador. Ya que no escucha a quienes tenemos dudas, al menos léase, Presidente, al joven Camilo Mendoza.

MAURICIO VARGASmvargaslina@hotmail.com

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