Opinión

Vergüenza ajena

Los colombianos tuvimos que vivir la pena ajena por cuenta de varios de nuestros políticos.

27 de febrero 2017 , 10:05 p.m.

La vergüenza, ese sentimiento de incomodidad producido por el temor a hacer el ridículo ante alguien, o a que alguien lo haga, lo que conocemos como vergüenza ajena (pena ajena en algunos países de Hispanoamérica), la tuve que padecer varias veces la semana pasada. Antes de contar las razones, van un par de reflexiones sobre el concepto tomadas de otras personas. Dice Jaime Rubio: “La vergüenza ajena es un término español que da nombre a una emoción universal. Lo recoge la historiadora cultural Tiffany Watt Smith en su 'The Book of Human Emotions', citándolo en castellano y calificando este sentimiento de “tortura exquisita”.

Muchos años antes, en el siglo XIX, Charles Darwin, en su tratado sobre 'La expresión de las emociones en el hombre y los animales', decía que la vergüenza se manifestaba mediante rubor facial, confusión mental, vista caída, una postura descolocada y cabeza baja, y observó síntomas similares en individuos de diferentes razas y culturas y agregaba que “tener vergüenza” significa mantener cierto comedimiento tras la ofensa realizada a otro, mientras que “no tener vergüenza” es proceder sin considerar el mal causado. En este segundo sentido es en el que comúnmente se entiende el término de ‘ignominia’.

Y ahora sí, al grano. Los colombianos, o al menos muchos de nosotros, tuvimos que vivir la pena ajena por cuenta de varios de nuestros políticos. La semana pasada, Vicky Dávila, quien por causa de su voz impostada y su abuso de los diminutivos me produce también vergüenza ajena, entrevistó a Roy Barreras, Rodrigo Lara Restrepo, Andrés Pastrana y, por último, a Ernesto Samper. A cual peor, en términos de suscitar en buena parte de los radioescuchas el sonrojo ajeno.

Los dos primeros, en su orden senador y representante, me producen una mezcla de vergüenza y rabia por culpa de la prosopopeya y lagartería del primero y la desvergüenza del segundo. ¿De verdad creen que la gente les come cuento? Estos dos, junto con sus colegas Horacio Serpa y Armando Benedetti, son profesionales en la generación de la tortura que representa la sinvergüencería de la mano de la vergüenza ajena. En cuanto a Andrés Pastrana, por su pobreza léxica y su frivo-banalidad, ídem. En cuanto a Samper, debería callar; su cinismo también da vergüenza y rabia.

Por el contrario, y para terminar, Obama y Justin Trudeau me producen orgullo ajeno.

MAURICIO POMBO

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